Asesinados a traición tras rendirse la Guardia Civil en Morón Entre los asesinados tras el asalto al cuartel de la Guardia Civil en Morón hay dos mártires salesianos previamente encarcelados

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Cuatro son los beatificados entre las víctimas de la guerra civil española asesinadas el 21 de julio de 1936: un hermano marista en Madrid, el párroco de Mora de Toledo y dos salesianos de la comunidad de Morón de la Frontera (Sevilla). Se desmayó a la vista de un cadáver
León Argimiro GarcíaEn Madrid, el martes 21 de julio fue asesinado el hermano León Argimiro García Sandoval, de 23 años, natural de Calzadilla (León) y beatificado en 2013. Llevaba en el colegio marista de la calle Fuencarral desde 1932. El lunes 20 se presentó allí un grupo de milicianos. Después de tirotear la casa durante un buen rato, entraron y detuvieron a los maristas, custodiándolos en la portería, pistola en mano, y manteniéndolos con las manos en alto. Mientras tanto, se produjo una discusión entre los milicianos y un sirviente del colegio, y aquéllos le pegaron un tiro. Al ver el cadáver, el hermano León Argimiro se desmayó. Los milicianos lo increparon por su supuesta cobardía, lo metieron en un coche que llamaban el auto amarillo y se lo llevaron. El 21 de julio de 1936 lo asesinaron en la Casa de Campo.

El padre Agrícola Rodríguez El caso del párroco de Mora, Agrícola Rodríguez García de los Huertos, al que mataron en cuanto la Guardia Civil se fue del pueblo, lo he contado en el artículo del 18 de marzo. Tenía 40 años, era de Consuegra (Toledo) y fue beatificado en 2007.

Protegidos por la Guardia Civil en Morón
Dos horas más tarde que el párroco de Mora, caían en la localidad sevillana de Morón de la Frontera los salesianos José Limón Limón (sacerdote natural de Villanueva del Ariscal, Sevilla) y José Blanco Salgado (coadjutor oriundo de Souto-San Bartolomé de Ganade, Ourense), ambos de 43 años de edad y beatificados en 2007. Del primero decía su párroco cuando contaba 14 años que “es de conducta ejemplar y se distingue por su piedad y por sus costumbres puras y religiosas”. Se consagró a Dios como salesiano en Sevilla en 1912, y fue ordenado sacerdote en 1919. Trabajó cuatro años en Utrera y otros tantos en Cádiz, antes de dirigir la casa de su orden en Carmona (1927-1930), ser párroco y confesor de novicios en San José del Valle hasta 1933, dirigir la casa de Arcos de la Frontera hasta septiembre de 1935, y en adelante la de Morón. La causa de beatificación resume así su biografía: “Sencillo y bueno. En el año escaso que pasó en Morón se encariñó con los alumnos y el pueblo; despreocupado de sí mismo, se entregaba al bien de todos. Don José era un catequista celoso y de una bondad exquisita, no poniendo reparos cuando se trataba de ayudar a los Hermanos. No le gustaba aparentar, dando siempre la preferencia a otros Hermanos… Se desvivía para que las ceremonias y el culto resultaran dignos… En los recreos siempre iba rodeado de un tropel de niños. Buen religioso, la fama que tenía era maravillosa”. Aún más escueto es el resumen de su hermana Concepción: “era bien visto por todos. Y anhelaba morir por su ideal”.

Para lo sucedido con los salesianos, el relato procede de Rafael Infantes, entonces estudiante de teología:

“Los rumores de golpe militar del 18 de julio 1936, no fueron confirmados hasta la noche por Radio Sevilla. Mientras escuchaban la radio, un empleado de la casa, entró saltando la tapia del huerto para comunicarnos que en Morón unas patrullas de izquierdas iban por las calles, deteniendo sin violencia a los más destacados exponentes de la derecha. A los pocos minutos vimos cómo algunos guardias hacían una ronda cerca del colegio.

La mañana del 19, después de la Misa de las 8’30, el colegio permaneció inmerso en una soledad inusitada. Bien cerrada la cancela, quedamos en casa sólo cuatro salesianos. A las diez se presentó un grupo de asaltantes dispuesto a hacer un registro. El buen director soportó impávido sus vejaciones y las repetidas amenazas de fusilamiento. Yo los acompañé a la Iglesia, donde lo husmearon todo sin cometer ningún desmán. Al Sr. Blanco, que les acompañó en el registro de la despensa y de la cocina, le habían puesto un cuchillo al cuello varias veces para que descubriera el escondite de las armas.

Prefirieron llevarnos a la cárcel, con las manos atadas para mayor vergüenza. Salimos tal como estábamos, -el director y yo con sotana, don José con su traje de domingo-, recorriendo las calles más concurridas. La gente afluía curiosa. La comitiva se detuvo ante el Ayuntamiento; nueva tentativa de fusilarnos por la espalda. Pero seis guardias municipales se hicieron cargo de nosotros y nos metieron en la cárcel. Eran las doce en punto.

Al día siguiente, lunes 20, temiendo que invadieran e incendiaran la cárcel, los guardias civiles consiguieron que, hacia mediodía, los 32 encarcelados pasaran al cercano cuartel de la Guardia Civil. Nos defendían unos cincuenta y, entre ellos, José Blanco, mientras el señor director y yo estábamos con los hijos de los guardias, casi todos alumnos del colegio. Pero la resistencia resultaba inútil. El cuartel ardía por varias partes. Un grupo de los asediados acudió a don José Limón para confesarse, a lo que se prestó con serena bondad. Por la noche, dormitamos alrededor de la radio en espera de la aurora del martes, 21 de julio, día del martirio.

Desde la casa de enfrente incendiaron la puerta del cuartel. Al ver que el incendio invadía los locales, el teniente, habiendo hablado con los rojos, ordenó salir a las mujeres y niños que, tras despedirse con dolor, se dirigieron al Ayuntamiento. Unos minutos de vacilación y también nosotros optamos por el peligro menos inminente: salir. Mientras íbamos hacia la puerta, yo empecé a despojarme de la sotana, interrogando con la mirada al Sr. Director, que me respondió: Nos conocerán igualmente. Y si hay que morir, mejor con la sotana puesta. Salimos a la calle, manos en alto. Nos cachearon y nos mandaron avanzar hacia la plaza del Ayuntamiento. Vimos a más de veinte hombres parapetados en los balcones. Se oyó una descarga cerrada. Nuevos disparos. Y todos yacíamos en el suelo. Eran las siete y media de la tarde.

Una hora después, las sombras acompañaron el arrastre y amontonamiento de las víctimas en la caja de un camión, tras disparar de nuevo contra don José. Yo, gravemente herido por una descarga de perdigones, pude seguir de cerca su agonía, ya que mis pies se apoyaban en su pecho. Oía sus ¡ayes! sofocados, entremezclados con palabras de perdón: ¡Jesús, misericordia! ¡Perdón, Señor! Recorrieron todo el paseo, dejando en el suelo, junto al último farol, las once víctimas. Don José, arrojado de un golpe, dejó escapar un débil ¡ay!, último suspiro truncado por una descarga que acabó con su noble existencia. Eran las diez de la noche del 21 de julio. Al fin todos los milicianos se marcharon, y se hizo el silencio”.

Rafael Infantes escapó hacia la ribera del río Guadaira. Al día siguiente, José Limón y otras 15 víctimas fueron sepultados en una fosa común al fondo del cementerio. José Blanco había escapado tras el fusilamiento y se le halló, ya cadáver, en la tarde del 22, con el pulmón derecho perforado por una bala, en el primer piso de un comercio local llamado Eladio. Al coadjutor salesiano una enfermedad le impidió profesar como religioso regular. Su estado civil laical permitió que en Morón, donde residió desde 1930, fuera responsable de la escuela salesiana, salvo en los años 1933-34, en que tuvo a su cargo la finca de San José del Valle.

En junio de 1966, los restos de estos dos salesianos, recibieron definitiva sepultura en el atrio de la iglesia de María Auxiliadora de Morón de la Frontera. Entonces Rafael Infantes era el director de la comunidad religiosa salesiana. Con ellos, son 88 los salesianos beatificados como mártires de la guerra civil española.

Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

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