Avisó a sus verdugos de que serían medidos con la medida que usaban Buenaventura de Puzol predicó y absolvió a sus compañeros de martirio -entre ellos su padre y un hermano- y avisó a sus verdugos de que serían juzgados

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Diez son las personas beatificadas entre las que fueron asesinadas el sábado 26 de septiembre de 1936: un sacerdote y tres laicos en Almería; en la provincia de Valencia dos hermanas de la doctrina cristiana sexagenarias –sor María del Calvario y sor Amparo-, un cooperador dominico y un capuchino; en Madrid un amigoniano -el padre León María de Alacuás, y un salesiano –Antonio Cid Rodríguez– en Bilbao.
El beato Jaime Calatrava.Yo voy donde vaya mi padre

El más joven de los cuatro mártires asesinados ese día en Tahal (y que serían beatificados el 25 de marzo de 2017 en la también almeriense Roquetas de Mar) era el abogado y miembro de Acción Católica granadino Jaime Calatrava Romero, de 22 años. La biografía diocesana recuerda que también fue adorador nocturno y que murió por acompañar  su padre, asesinado el día anterior:

Vinculado a los Padres Dominicos, ingresó en el noviciado de Almagro pero descubrió que su auténtica vocación era el matrimonio. El uno de febrero de 1936 contrajo matrimonio con doña Elvira Enciso Reynaldo en la Iglesia Parroquial de Santiago de Almería.

Detenido junto a su padre, el Siervo de Dios don Rafael Calatrava Ros, sufrieron prisión junto a los Beatos Ventaja y Medina Olmos. El veintiséis de septiembre sucedió lo que recordaba un testigo ocular: «Por referencias recogidas de los que sobrevivieron al martirio en el barco prisión Astoy Mendi, el Siervo de Dios no iba en la lista de esa saca, pero al escuchar el nombre de su padre se levantó para acompañarlo a donde fuera trasladado. Le dijeron que a él no le habían nombrado, a lo que Jaime respondió: “No importa, yo voy donde vaya mi padre”. Le dijeron: “No te conviene”, pero él contestó: “No importa”. Los condujeron juntos a los pozos de Tabernas donde fueron martirizados. No hubo juicio ni defensa, sólo matar.»

Tenía veintidós años y sólo había transcurrido medio año desde su enlace. Su esposa, doña Elvira, se encontraba embarazada del primer hijo del matrimonio.

El padre Ginés Céspedes.Ginés Céspedes Gerez, almeriense de Garrucha y de 34 años, era párroco de Fernán Pérez. La  biografía diocesana recuerda que se presentó para evitar la persecución de sus padres y que no quiso renegar de la fe:

Por la Persecución Religiosa buscó refugio junto al párroco del Alquián. Los milicianos, al no hallarlo, registraron la casa de sus padres y los amenazaron. Para alejar el peligro de los suyos, se presentó él mismo ante sus verdugos el 26 de agosto de 1936 y fue preso en el barco Astoy Mendi. Al ofrecerle la libertad sí se enrolaba en la propaganda antirreligiosa, contestó: «¡Sí veinte veces naciera sería siempre sacerdote; el mundo no termina en España!». A sus treinta y cuatro años fue martirizado en el Pozo de Cantavieja.

Adolfo Martínez Sáez, almeriense de Alhabia, a sus 38 años era maestro y adorador nocturno. Fundador de un colegio y viudo, lo arrestaron por negarse a entregar un crucifijo:

Al iniciarse la Persecución Religiosa trataron de arrancarle el Crucifijo de su Colegio, pero dijo con valentía: «¡Para quitarme el Cristo es necesario pasar por encima de mi cadáver! ». Por esta razón, fue detenido y sufrió prisión en las Adoratrices y en el barco Astoy Mendi. Recibió el martirio en el Pozo de Cantavieja.

Su compañero de prisión don Manuel Román evocaba así su memoria: «Fue al martirio plenamente convencido y murió confesando sin miedo su recio y operante cristianismo, siendo sometido a duras pruebas en aquellos difíciles momentos. Hombre piadoso, de acción apostólica, encontró en la enseñanza el instrumento y cauce idóneo como medio de luchar y trabajar en la formación de la juventud en momentos de desorientación y peligros. Sirvió la causa de Cristo hasta la muerte.»
El beato Andrés Casinello.Andrés Casinello Barroeta, almeriense de 50 años, ingeniero y presidente de la Adoración Nocturna desde 1924, la biografía diocesana recuerda que se le encargó construir el monumento al Sagrado Corazón y que su cortijo dio nombre al barrio de los Ángeles:

Por su extraordinaria valía y el respeto que suscitaba su persona nada temió al iniciarse la Persecución Religiosa. Pero, como recordaba su hija doña María Pilar: «A papá le detuvieron el trece de agosto de 1936. Yo presencié la escena. Se presentaron en el cortijo unos milicianos en un coche, diciéndole a mi padre que tenía que acompañarlos a hacer unas declaraciones. No llegó a despedirse de mi madre, que descansaba en ese momento, convencido de que sería un puro trámite y que regresaría pronto. Pero no volvió más.» (Estuvo) detenido en el Convento de las Adoratrices y posteriormente en el barco Astoy Mendi.

Un patrón para el Museo de las Artes y las Ciencias
A Rafael Pardo Molina, valenciano de 36 años, las necesidades de su familia le habían impedido consagrarse a Dios hasta los 20 años, y al no poder estudiar optó por ser hermano cooperador en la orden dominicana, trabajando como sacristán. Procuró poner a buen recaudo los utensilios sagrados, para evitar su profanación. Al mismo tiempo maduraba la idea martirial bajo el lema de que lo mejor es «sellar con la propia sangre la fe en Jesucristo». Reclamó ante el ayuntamiento por el expolio de cosas sagradas y la custodia del convento, y consiguió que quedasen protegidos. Denunciado, cambió de refugio, pero fue descubierto, detenido y fusilado en la carretera de Valencia a Nazaret, en el Azud de Oro (Acequia del Oro, en la imagen en amarillo), en la ribera del Turia.

Fusilado junto a su padre, su hermano y otros 11 a los que absolvió

Julio Esteve Flors (el padre Buenaventura de Puzol), de 39 años y natural de esa localidad valenciana, era un sacerdote capuchino de la comunidad de Masamagrell, que había hecho la profesión perpetua en 1918. Se doctoró en Roma y allí fue ordenado sacerdote en 1921. Profesor de Filosofía y Derecho Canónico en el Estudiantado Capuchino de Orihuela, además de predicador, llegada la revolución se refugió en la casa paterna en Carcaixent. El 24 de septiembre fue arrestado por orden del comité de Puçol alegando que tenía que prestar declaración. En la noche del día 26 fue llevado al cementerio de Gilet. Había otros 13 presos que iban a ser fusilados con él, entre ellos su padre y su hermano, y a todos ellos se dirigió y les dio la absolución sacramental. Antes de morir avisó a sus verdugos de que serían medidos con la medida que ellos entonces usaban, palabras que tuvieron que recordar al ser juzgados en la posguerra.

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