Vengadme como cristianos: devolviendo bien Bartolomé Blanco, patrón de la juventud católica cordobesa, pidió a su familia que respondieran perdonando y devolviendo bien a sus asesinos

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El número de los beatificados entre quienes hallaron muerte violenta el 2 de octubre de 1936 asciende a 18: cuatro salesianos -entre ellos, Enrique Saiz y Pedro Artolozaga– y un sacerdote -el padre Isidoro– de los Sagrados Corazones en Madrid; en Alicante dos sacerdotes que eran hermanos y una catequista y obrera (Florencia Caerols); dos sacerdotes, también hermanos, en Almería; una servita y un salesiano en Valencia; un escolapio y un operario diocesano –Isidoro Bover– en Castellón; dos dominicos en el barco prisión Cabo Quilates, en Bilbao; un claretiano en Fernán Caballero (Ciudad Real) –Felipe González-Heredia Barahona, el último de los asesinados allí- y un laico en Jaén.

Salesianos detenidos el 1 de octubre

Uno de los salesianos detenidos el 1 de octubre en la pensión Nofuentes era Manuel Borrajo Míguez, orensano de San Juan de Seoane de Alláriz y de 21 años, que profesó en 1932. Hacía prácticas en Salamanca desde 1934 y estaba pasando el verano en Carabanchel Alto. Siguió la misma suerte que Artolozaga y su cadáver apareció el 3 de octubre en el kilómetro 10 de la carretera de Castellón.

Si me matan, más pronto iré al cielo

El cuarto salesiano mártir de este día, Mateo Garolera Masferrer, de 47 años, era gerundense, según el buscador de la Conferencia Episcopal de un lugar llamado San Miguel de Oladells que no existe. Lo más parecido es la iglesia de Sant Miquel de Cladells en Santa Coloma de Farners. Había profesado en 1916, era coadjutor de la comunidad de la Ronda de Atocha y, cuando fue asaltada, alineado con otros hermanos de cara a la pared, bajo la amenaza de los fusiles, sacó serenamente su rosario y comenzó a rezar. Alguien lo tachó de imprudencia, pero él replicó: «¿Por qué nos vamos a avergonzar de aparecer lo que somos?». Uno de los milicianos le instó amenazadoramente a que lo tirara, él se negó. «¡Qué importa que me maten! —dijo—, más pronto iré al Cielo». Y siguió rezando. La llegada de unos guardias de asalto los liberó. Garolera se dirigió entonces a la portería del domicilio de los condes de Plasencia, en la calle Juan Bravo 32, donde estuvo refugiado quince días. Luego fue a la calle Santa Isabel 40, en casa de una cooperadora salesiana. También tuvo que marcharse de allí ante la hostilidad de algunos vecinos. Fue a la pensión Loyola, donde le detuvieron el 1 de octubre. Al pedirle la documentación, presentó unos libros religiosos. Su hablar lento y calmoso en el interrogatorio sirvió a los milicianos para dictaminar: «Hasta en el habla se le conoce que es fraile». Fue conducido a la checa de Fomento y no se sabe dónde murió.

Hermanos y sacerdotes, no quisieron esconderse y fueron a morir cantando letanías

Los hermanos Juan Bautista y Elías Carbonell Mollá, de 62 y 66 años, eran coadjutores en su localidad natal de Cocentaina (Alicante). Elías se ordenó en 1893 y ejerció siempre en su pueblo natal como confesor de monjas y administrador del Hospital y Asilo de Ancianos Desamparados. Juan se ordenó en 1898 y también ejerció siempre en Cocentaina, donde era organista. Al estallar la revolución los dos hermanos no disimularon su condición, ni buscaron recomendaciones para salvar su vida. Juan rechazó trasladarse a una casa que tenía fácil salida, pues dijo que no había hecho mal a nadie y permanecería en su sitio. Fueron detenidos por unos milicianos el 1 de octubre por la mañana. Los metieron en el Convento de Santa Clara, convertido en cárcel. Don Elías mandó pedir el breviario y un escapulario de la Virgen del Carmen. Animaba a todos los que estaban en la cárcel, recomendándoles que se preparasen a morir por la fe. Cuando los sacaron de la cárcel para morir, iban rezando las letanías. En la madrugada del 2 de octubre de 1936 los sacaron en un coche hasta el término municipal de Sax (Alicante) y allí, en la carretera, los mataron.

“Por mí tendría miedo, pero como no me fío de mí, Dios me dará lo que necesito”

María Francisca Ricart Olmos (madre María Guadalupe), de 55 años y valenciana de Albal, con 15 ingresó en el Monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, de las siervas de María, en Valencia, donde sería procuradora (1926), maestra de novicias (1928-1931 y 1934-1936) y priora (1931-1934). Tras la  quema de conventos de 1931 tuvieron que irse a vivir con sus familias dos meses, y después de las elecciones de febrero de 1936 hubieron de abandonar tres veces el monasterio. El 18 de julio dos seglares amigas le manifestaron su temor a no ser fieles ante la tribulación. La madre María Guadalupe les dijo: «Yo, por mí, tendría miedo, pero como no me fío de mí, sino de Dios, si él me quiere mártir, me dará lo que necesito para serlo».

El 20 de julio, las monjas servitas tienen que abandonar definitivamente el claustro, refugiándose en casa de un antiguo portero, hasta que los milicianos las obligan a marcharse a sus pueblos respectivos. Ella va a Albal (Valencia), hospedándose en casa de una sobrina y de su hermana Filomena. Allí permanece sin salir de casa, pero sin esconderse. A sus sobrinos, que la visitan asiduamente, les anima a mantenerse fieles en la fe, señalando el valor del martirio como supremo testimonio de amor. El 2 de octubre, hacia la una de la madrugada, un coche se detiene ante su puerta, y los milicianos registran la casa, buscando armas. La madre Guadalupe se viste rápidamente, se encomienda a la Virgen y con gran tranquilidad, sale de su habitación:

—¿Es usted la monja?

—Sí, soy monja y lo sería mil veces.

—Pues es preciso que se venga con nosotros.

—Vamos, entonces.

Se despide de su hermana y su cuñado, a quien le agradece cuanto ha hecho por ella, y sube a un camión: «No lloréis por mí, pues me llevan para matar y dar la vida por aquel que primero la dio por mí. Así se me abrirán las puertas del Cielo». Luego se dirige a los milicianos: «¿Me queréis matar porque soy monja? Vosotros ignoráis el bien que me hacéis: en un instante se me abren las puertas del Cielo. Siempre os lo agradeceré rezando por vosotros». Viendo dudar a los milicianos, una miliciana les grita: «¡Cobardes! Si no la matáis vosotros, lo haré yo». La camioneta recoge a otras tres religiosas naturales de Albal, y cerca de la caseta de Sarión, donde concurren los términos de Silla y Picassent, se detienen y matan a la madre Guadalupe, que muere al grito de «¡viva Cristo Rey!».
Eran las cuatro de la madrugada. Su cuerpo quedó boca arriba, descubierta de la cintura para abajo y presentaba un disparo de fusil en los genitales. Las otras tres religiosas fueron asesinadas en lugar próximo.

Besó el cadáver de su hermano antes de morir

El padre Antonio FuentesLos sacerdotes Antonio y José Fuentes Ballesteros (de 48 y 51 años, ambos naturales de Mojácar), eran respectivamente párroco y coadjutor de Lubrín, fueron asesinados en Los Gallardos y beatificados el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar (siempre en Almería). Del párroco dice la biografía diocesana:

Iniciada la Persecución Religiosa marchó, junto con su hermano, a Mojácar. Se alojaron en una fonda de Garrucha, hasta que fueron denunciados y expulsados. En una cueva próxima al cortijo veratense de san Antón buscaron refugio. Hasta allí fueron perseguidos por los milicianos, que a garrotazos los devolvieron a Mojácar. Su sobrino cuenta que: « Lo tuvieron una vez detenido, dos días de sol a sol haciendo con un pico una acequia en el pueblo, y a los dos días lo mataron. Yo vi cómo le sangraban las manos que mi madre le curaba por la noche. »

A las doce de la noche fue llevado al empalme de los Gallardos. Nada más llegar descubrió el cadáver martirizado de su hermano y lo besó. De rodillas, abrió los brazos y perdonó a sus verdugos antes de ser martirizado a los cuarenta y nueve años.

Obedeció el bando del comité que mandaba a los forasteros presentarse

Álvaro Sanjuán Canet, alicantino de Alcocer de Planes, de 28 años, profesó como salesiano en 1925, estudió en Turín y se ordenó en Barcelona en 1934. Fue destinado al colegio salesiano de Alcoy.

Llegada la revolución estuvo varios días en una casa con otros salesianos, luego pasó a Cocentaina con su familia. Un bando del comité mandó presentarse a todas las personas llegadas a la población con posterioridad al 18 de julio, y así lo hizo Álvaro. El día 27 de septiembre dos milicianos se presentaron en su casa. Él se despidió de su madre y se fue con ellos. Estuvo detenido en el antiguo Convento de las Esclavas del Sagrado Corazón. El 1 de octubre lo visitó una hermana suya, a la que comentó que estaba seguro de que iban a matarle y le pidió que velara por sus padres. Aquel mismo día fue fusilado.

En Castellón, Francisco (de Nuestra Señora de Lourdes) Carceller Galindo, castellonense de Forcall y de 35 años, tuvo dos hermanos agustinos, dos escolapios y una hermana dominica. Él mismo hizo la profesión perpetua como escolapio en 1922 y fue ordenado sacerdote en 1925. Destinado a varios colegios escolapios de Barcelona, fue muy estimado por los alumnos, como hombre y como sacerdote. Cuando llegó la revolución estaba en su pueblo con su familia, supo que lo buscaban, se negó a esconderse y afirmó que la mayor gracia que podía Dios hacerle era la del martirio. Era el 29 de agosto y se despidió con entereza de sus padres y familiares. Llevado a la cárcel de Castellón, permaneció allí hasta el 2 de octubre.

La segunda gran matanza del Cabo Quilates

Los dominicos que fueron víctimas de la segunda gran matanza a bordo del Cabo Quilates en Bilbao eran José María González Solís, ecónomo de la provincia, de 59 años y asturiano de Santibáñez de Murias (Aller), que residía en Atocha, y Raimundo Joaquín González Castaño, de 71 años y de Oñón (Mieres, Asturias), vicario de las monjas dominicas de Quejana (Álava). González Solís hizo la profesión solemne en 1897 y fue ordenado en 1900. Era síndico de la provincia desde 1926.

Para restablecer su salud e impartir ejercicios a las monjas, fue enviado el 1 de julio de 1936 a Quejana, donde convivió con el capellán González Castaño, que había profesado en 1884 y se ordenó en 1889. Este fue designado en el capítulo de 1909 para restaurar la Provincia Dominicana en Portugal, de donde regresó a España debido a la revolución. Fue capellán real y en 1932 destinado a la vicaría de las dominicas de Quejana (Álava). Solía decir: «Todo me cansa, menos el sagrario». Hasta el 25 de agosto (en que fue apresado), siguió cumpliendo sus ministerios.

Ese día un grupo de milicianos llegó al convento y se llevó detenidos a los dos religiosos a Bilbao, primero a La Bilbaína y luego a la cárcel de Larrínaga. A finales de agosto o inicios de septiembre de 1936 fueron trasladados con otros prisioneros desde Larrínaga al Cabo Quilates, donde los metieron en la  bodega número 3, un recinto de 150 metros cuadrados con 178 presos.
Especialmente los religiosos sufrían malos tratos y frecuentemente les hacían subir a la cubierta para trabajar en malas condiciones, escarneciéndolos, blasfemando y obligándolos a cantar La Internacional. Según el fiscal de la Causa General en Vizcaya (legajo 1333, expediente 12, folio 16), los que organizaron la matanza el 2 de octubre, sin resistencia de los vigilantes del barco, eran de la dotación del acorazado Jaime I. Leyeron una lista de 38 presos, entre los que se encontraban los dos dominicos, y los mataron en cubierta. Intentaron también subir al otro barco prisión, el Altuna-Mendi, pero allí, tras la matanza de septiembre, se puso una dotación de guardias de asalto y guardias civiles, que les impidieron el acceso.

El patrón de la juventud católica cordobesa

En Jaén, ese mismo día, fusilaron a Bartolomé Blanco Márquez, de 21 años, natural de Pozoblanco (Córdoba, diócesis donde, tras su beatificación en 2007, fue nombrado patrón de la juventud) y huérfano de madre desde los tres años y de padre desde los once. A partir de los doce años trabajó como sillero con uno de sus primos. Fue catequista del oratorio del Colegio Salesiano de Pozoblanco. Desde 1932 era secretario de la Juventud de Acción Católica en su pueblo y en 1934 Ángel Herrera Oria le facilitó el ingreso en el Instituto Social Obrero, con el que viajará por diversos países para conocer organizaciones católicas. A su vuelta, fundó varios sindicatos católicos en Córdoba. Al estallar la guerra, estaba haciendo el servicio militar en Cádiz y fue detenido el 18 de agosto mientras estaba de permiso en Pozoblanco. El 24 de septiembre lo trasladaron a Jaén y allí lo juzgaron el 29. Debido a su elocuencia y la firmeza con la que defendió sus convicciones religiosas, trataron de ganarlo para su causa al comprobar sus cualidades como líder social, pero no lo consiguieron. En la mañana del 2 de octubre, antes de ser conducido al lugar de ejecución, se descalzó para ir como Jesucristo al Calvario. Al ponerle las esposas, las besó con reverencia, afirmando: «Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del Cielo». No aceptó, según le proponían, ser fusilado de espaldas o vendado. «Quien muere por Cristo, debe hacerlo de frente y con el pecho descubierto. ¡Viva Cristo Rey!». Murió de pie, junto a una encina, con los brazos en cruz, perdonando a quienes lo mataban.

Antes había escrito a sus familiares:

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la misericordia divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo. Mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón. Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de  hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. En el Cielo os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Os sirva de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Y también escribió a su novia:

Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los Cielos. Solo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el Cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará. ¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el Cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si no acertamos a salvar el alma.

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