Si os he ofendido os pido perdón y si me matáis yo os perdono Antes de perdonar a los milicianos a los que había alimentado en el comedor de caridad, la monja Martina Vázquez les dijo: os pido perdón si os he ofendido

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El número de beatificados entre los asesinados el 4 de octubre de 1936 asciende a 15: nueve hospitalarios, un estudiante franciscano –fray Alfredo Pellicer-, un sacerdote diocesano y la superiora del Hospital y Escuelas de Segorbe (Castellón) en la provincia de Valencia; un sacerdote en la de Murcia y otro en la de Almería, más un dominico -el famoso padre Gafo– en la Cárcel Modelo de Madrid.

Capitana general en Melilla
Martina Vázquez Gordo, segoviana de Cuéllar y de 71 años, según relata el también vicenciano Pedro Gómez, se hizo hija de la Caridad de San Vicente de Paúl en 1896, con 31 años. Fue superiora del Colegio de la Milagrosa en Zamora en 1908, y en 1914 pasó como superiora al Hospital y Escuelas de Segorbe (Castellón), donde fundó un comedor, más La gota de leche para alimentar a los recién nacidos, la Junta Segorbina de Caridad, etc. Entre 1918 y 1923 está en Madrid, y de 1923 a 1926 está como enfermera en Melilla, dándose el caso de que el ministro de la Guerra, Juan de la Cierva, enviara un telegrama nombrándola capitán general para que así los militares (incluido Queipo de Llano) le obedecieran cediendo espacio en el Casino para los heridos. Uno de los jefes moros le regaló una tela de seda para hacer un mantel a la Virgen del Henar en Cuéllar. Pasó de nuevo una década en Segorbe, aunque desde 1933 relevada del cargo de superiora. El 25 de julio de 1936 hace que las hermanas consuman la Eucaristía, justo a tiempo ya que el 26 invaden el Hospital los milicianos y las expulsan, encerrándolas en una casa deshabitada. Sor Martina decía a las demás: “Tenemos que ser fuertes, el Señor no nos va a fallar. Recemos y pidamos fortaleza al Señor”. Así estuvieron hasta el 3 de octubre, cuando un sacerdote que vivía escondido frente a ellas, con el que se comunicaron por señas, les impartió desde lejos la absolución.

A las 21 horas del día 4 fueron a buscarla, e insistieron en llevársela a pesar de que sus hermanas replicaron que estaba recostada por encontrarse indispuesta. Se puso el hábito, emocionada abrazó a cada hermana y les dijo: “Hasta el cielo”. Algunas quisieron acompañarla, pero no se lo permitieron. La metieron en el camión de los paseos y se dirigieron por la carretera de Algar de Palancia (Valencia). Ella, viendo sus intenciones, les dijo: “Me vais a matar, no hace falta que me llevéis más lejos”. La hicieron bajar del camión y ella, sin oponer resistencia alguna, les pidió que, por favor, esperaran un momento. Le pidieron que se volviese de espalda. Pero ella se opuso diciendo: “Morir de espaldas es de cobardes. Yo la quiero recibir de frente como Cristo y perdonar como Él perdonó”. Se puso de rodillas, oró con fervor, y sacó del bolsillo una pilita de agua bendita, se santiguó, besó el crucifijo y reconfortada les dijo: “Si os he ofendido en alguna cosa os pido perdón y si me matáis yo os perdono… ¡Cuando queráis podéis disparar!” Con los brazos abiertos, el crucifijo entre los dedos de la mano derecha, antes de recibir los disparos, confesó su fe así: “Creo en las Palabras de Jesucristo: Quien me confesare delante de los hombres, también yo le reconoceré delante de mi Padre”. Y recibió el primer disparo de perdigones en la cara y cuello. Aún, pudo exclamar: “Ay Dios mío, ten misericordia de mí”, y seguidamente cayó en la cuneta, empapada en su sangre. Los milicianos que le dispararon habían sido alimentados por ella en el Comedor de Caridad.

Dos mártires de Bellreguard
José Canet Giner, de 33 años, sacerdote desde 1930, fue vicario de Catamarruch y encargado de Margarida (pueblos ambos de Alicante). Al estallar la revolución volvió con sus padres a Bellreguard (Valencia), hasta que el 4 de octubre lo arrestaron, maltratándolo como si fuera un criminal. Lo trasladaron al cuartel de las milicias revolucionarias de Gandía y, en La Pedrera (partida de Bajo San Juán, Gandía), lo fusilaron (su paisano, el arriba citado Fray Alfredo Pellicer, parece haber sido asesinado el mismo día, pero en Bellreguard).

Fulgencio Martínez García, de 25 años y murciano de La Ribera de Molina, sacerdote diocesano y terciario franciscano, llevaba un año ordenado —desde agosto de 1935 era párroco de la pedanía de La Paca (Lorca)— cuando estalló la guerra. Fue detenido el 19 de julio con el pretexto de que «había mostrado alegría al tener noticias de la sublevación del Ejército», y pasó por varias prisiones hasta ser procesado por el tribunal popular que le condenaría a muerte junto a otras nueve personas. La sentencia se cumplió el día 4 de octubre, en el campo de tiro de Espinardo y su entierro fue un hervidero de gente que quería estar cerca del sacerdote. Poco antes, había dicho a su hermano Vicente: «Abrigo la esperanza de que mi vida, que yo ofrezco por el reinado del Corazón de Jesús en España, pueda ser la salvación de La Paca, que no he logrado ver convertida». Beatificado en 2013, no lo ha sido aún el otro sacerdote murciano asesinado con él, Ginés Hurtado Lorente, cuyo proceso diocesano -que incluye a 62 personas- fue clausurado el 1 de diciembre de 2012.

Jamás dio una mala contestación a los que se reían de él
El padre José Ruiz.José Ruiz Berruezo, almeriense de Vera, era párroco de Líjar, contaba 60 años cuando fue asesinado en su localidad natal y beatificado el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar (también en Almería). La biografía diocesana constata que el gobernador civil consintió en su asesinato y que el sacerdote bendijo a los que lo mataron:

La Persecución Religiosa lo sorprendió veraneando en Garrucha y, al instante, fue detenido. Aunque fue liberado, volvieron a detenerle el ocho de agosto de 1936 y sufrió un prolongado cautiverio. Su familia gestionó, más el Gobernador indicó a los milicianos: « Haced con él lo que queráis, es cura. » Su primo, don Francisco Ruiz, narra que: « Cuando fue obligado a realizar los trabajos forzados en las calles de su mismo pueblo, jamás renegó de su fe, jamás tuvo una mala contestación a los que se reían de él, o le maltrataban y torturaban con un látigo para animarle a trabajar y provocar la risa de los espectadores. »

En la madrugada del cuatro de octubre, junto a trece prisioneros, fue amarrado y llevado a la carretera de Garrucha a Vera. Arrodillado y tras bendecir a sus verdugos recibió los disparos. Al errar los tiros, con una navaja le arrancaron la piel donde solía llevar la tonsura clerical. Tuvo tiempo de pedir a sus asesinos: « Que no sepa mi madre que me habéis matado. » Con una gran piedra aplastaron su cráneo para darle muerte.

Creador de los comités paritarios, diputado a Cortes… y asesinado en la puerta de la cárcel

José Gafo Muñiz, de 55 años y asturiano de Tiós (Campomanes), profesó como dominico en 1897 y se ordenó en 1905. La biografía publicada por su orden define su vida como «una no interrumpida campaña apostólica a favor de la clase obrera». Con el padre Tomás Sánchez Perancho recorrió España en busca de información sobre la situación de los obreros y la cuestión social. En Barcelona se entrevistó con el anarquista Ángel Pestaña. Como consejero de Trabajo inspiró la creación de comités paritarios; en 1932 estuvo encarcelado en el Penal de Ocaña. Fue diputado a Cortes en 1934 por Navarra, en representación de los sindicatos católicos. Estaba en funciones de superior del Convento de Santo Domingo el Real de Madrid, y procuró poner a salvo tanto a sus hermanos como a las dominicas del monasterio vecino. Estuvo en una pensión 25 días; optimista, con fe ciega en las clases populares, pero sobre todo en la masa obrera; hasta escribió una carta a Indalecio Prieto confiándole el cuidado de los libros y documentos del padre Alonso Getino y los suyos propios, pero todo se destruyó. Lo detuvieron el 11 de agosto; estuvo en los calabozos de la Dirección General de Seguridad hasta el 14, día en que lo llevaron a la Cárcel Modelo (sobrevivió al asalto cometido una semana después). Lo sacaron en la noche del 3 de octubre, al grito de: «Padre Gafo, en libertad». Fue martirizado al amanecer del 4 de octubre a pocos pasos de la puerta de la cárcel; al contemplar la foto de su cadáver acribillado a balazos, el agustino Carlos Vicuña, compañero de prisión, exclamó: «¡Parecía dormido el gran batallador católico!».

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