El Señor nos está ya mirando, ¿qué miedo puedes tener? El sacerdote almeriense Eduardo Valverde animó a su compañero de martirio diciendo: El Señor nos está esperando, ¿no ves que nos está ya mirando?

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De los 16 mártires beatificados que murieron el 23 de octubre de 1936, el grupo más numeroso es el de los seis pasionistas de Daimiel (dos sacerdotes y cuatro hermanos) fusilados en Manzanares (Ciudad Real) una vez repuestos del primer fusilamiento, que sufrieron tres meses antes. Les siguen tres sacerdotes diocesanos almerienses, tres lasalianos turolenses -los hermanos Ambrosio León, Florencio Martín y Honorato Andrés– de la comunidad de la Bonanova (Barcelona) asesinados en el distrito de Benimaclet (Valencia) junto a su capellán -el oscense Leonardo Olivera Buera-, y dos maristas -los hermanos Egberto y Teófilo Martín, que habían sido compañeros en Palencia del primer mártir del siglo XX en España, el hermano Bernardo– en Cantabria, más un sacerdote secular –Agapito Gorgues Manresa, víctima de un ajuste de cuentas de la CNT contra la UGT-, en Lleida.

El padre Andrés Navarro.Los tres sacerdotes almerienses añadidos a lista de los beatos mártires el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar fueron asesinados en la capital de esa provincia y eran:

Andrés Navarro Sierra, de 54 años y natural de Tabernas (Almería), beneficiado de la catedral. Ya había sufrido persecución violenta veinte años atrás, según relata la biografía diocesana:

En 1916 fue nombrado Párroco de santa Bárbara de Las Pocicas. En esta aldea albojense desarrolló un gran apostolado, creando un coro y representando autos sacramentales. El cacique local, para acabar con su benéfica influencia, llegó a encerrar a los animales en el templo. El presbítero don José Navarro cuenta lo que sucedió: « Sabiendo a lo que se exponía arrojó del templo a las caballerías. La represalia fue inmediata. Por la noche estando el siervo de Dios en casa, cenando, le dispararon dos tiros, obligándolo a saltar a la calle y correr mientras le seguían disparando hasta que pudo refugiarse en la casa de una tía mía. »

Párroco de Senés en 1919, un año después tomó posesión de un beneficio en la Catedral almeriense a la que sirvió hasta su muerte. A pesar de las amenazas, fue detenido por negarse a desprenderse de la sotana y martirizado junto a su amigo el siervo de Dios don Eduardo Valverde Rodríguez.

El padre Eduardo Valverde.El citado Eduardo Valverde Rodríguez, de 58 años y natural de Adra (Almería), era también canónigo catedralicio desde septiembre de 1935:

Detenido por la Persecución Religiosa el catorce de agosto de 1936, fue liberado el día veinticinco tras pagar un rescate su familia. Nuevamente detenido el día veintinueve, fue trasladado desde el convento de las Adoratrices al colegio de La Salle el doce de septiembre. Gravemente enfermo, el médico que lo atendió trató de hospitalizarlo para librarle pero se opuso: « No me retengas más aquí porque te estás jugando tu propia vida, tú deja que hagan lo que quieran. »

Fue martirizado a sus cincuenta y ocho años de edad junto a su amigo, el siervo de Dios don Andrés Navarro. Se ensañaron con él, pues su cabeza apareció cercenada del cuerpo. Un pescador que presenció el martirio contó que al flaquear su compañero, el siervo de Dios lo cogió de la mano y le dijo: « ¿De qué tienes miedo? No tienes que tener miedo, porque el Señor nos está esperando, ¿no ves que nos está ya mirando?, ¿qué miedo puedes tener? ».
Manuel Navarro Martínez, de 57 años y natural de Rioja (Almería), era coadjutor de San Pedro en la capital de esa provincia y dijo a sus asesinos: lo único que puedo concederos es el perdón.

“Cristo mira a veces para herir, con herida que da salud”

De las biografías ya tratadas, amplío la del sacerdote Leonardo Olivera, con el texto escrito por el lasaliano Pedro Chico González en Año Cristiano (mes de octubre p. 619 y siguientes):
Leonardo Olivera Buera nació el 6 de marzo de 1889 en Campo, pueblo de la provincia de Huesca y de la diócesis de Barbastro. Se santificó siendo párroco de pueblo, capellán de colegio y mártir de Cristo. Fue un hombre bueno, un sacerdote sereno y valiente, un mártir elegido misteriosamente por el mismo Señor al que él tanto había amado y hecho amar a sus feligreses y a los miles de jóvenes a quienes ayudó a caminar en la vida. Sus padres fueron José Olivera y Paula Buera, honestos y modestos trabajadores, aunque el cabeza de familia cambió varias veces de oficio, probablemente dedicándose a trabajos ambulantes, lo que provocó a la familia varios cambios de residencia.

La madre era muy piadosa y sabía educar a los hijos en la seriedad, en el trabajo y en el orden. El pueblo de Campo es pequeño en extensión y en población. Siempre lo fue. Pero es un pueblo alegre y solidario. Hasta el día de hoy conserva un «Museo del juego» y en él se muestran instrumentos lúdicos para niños, jóvenes, mozas, adultos, ancianos, con hermosos juguetes antiguos, sobre todo del siglo XIX, cuando nuestro mártir nació y vivió en la localidad. La superficie es de 22,9 km2. Está a una distancia de 111 km de Huesca, a una altura de 691 m. Pertenece a la comarca de Ribagorza. A orillas del río Esera, en un valle enmarcado por las altas cimas del Turbón (2.492 m) y el Cotiella (2.912 m), ofrece un paisaje hermoso y sugestivo. Desde él se puede mirar a lo lejos. Sobre todo, se puede pensar en el cielo. Tenía 400 habitantes cuando Lorenzo nació.
Recibió el bautismo en la parroquia del pueblo al día siguiente de su nacimiento, el 7 de marzo. Se sabe que recibió los nombres de Leonardo Tomás Joaquín. Creció con sencillez y aportando al hogar lo que pudieron sus manos infantiles.

Cuando tenía unos ocho años, la familia se trasladó y Leonardo frecuentó la escuela de Castrejón de Sos. También visitó con más frecuencia la parroquia, pues pronto entró como monaguillo. Se granjeó la confianza y la amistad del párroco, que tanto le ayudaría en su crecimiento espiritual y cultural. Su familia, sencilla y laboriosa, le enseñó a trabajar desde los rimeros años. El ambiente era muy bueno. Un tío sacerdote daba el tono de compromiso eclesial y el ejemplo vocacional. Tuvo una hermana, Aurelia, y un hermano, Leovigildo, quienes luego recordarían con nostalgia los datos humanos de los primeros años del futuro mártir. El padre murió prematuramente y la familia vivió en grandes necesidades y en estrecheces durante algún tiempo. Tal vez por eso Leonardo convivió largas temporadas con su tío sacerdote, que le ayudó a desarrollar las virtudes cristianas. No necesitó excesivos impulsos para ser bueno, pues era serio, piadoso, de sanos sentimientos. Desde sus más tiernos años fue aficionado a la lectura. Por eso su vida fue siempre tranquila y sus buenos impulsos le llevaron a una frecuente oración.

El párroco, D. Cruz Plana, protegió siempre a Leonardo y le encargó muchas de las tareas propias de un acólito. Incluso quiso llevarle pronto al Seminario, pero el padre se opuso al principio y ello le demoró el seguir una vocación eclesial para la que sin duda había nacido. Y ello a pesar del interés que la piadosa madre ponía en que su hijo fuera, como el tío, seguidor especial del mismo Jesucristo. Parece que su primer estudio de seminarista lo hizo en Barbastro, como recordaría su hermana, sin que se pueda precisar los cursos que pasó en esta patriarcal ciudad. ero el mismo párroco, que tanto le protegía y apoyaba, fue quien le ayudó a instalarse en Zaragoza, a fin de que le resultara posible el sustentarse sin gastos para la madre, cuando ella quedo viuda y al frente del hogar. Le recomendó como sacristán de las religiosas de Jerusalén, cercanas al Pilar. Ello le proporcionó una casa y un sueldo, aunque modesto.

Las religiosas se dieron pronto cuenta de que aquel muchacho, joven y con vocación sacerdotal, era una buena ayuda para su iglesia y por eso le acogieron y le apreciaron durante los años de su formación sacerdotal. Con la ayuda de ese pequeño oficio y con lecciones articulares, que daba a estudiantes que lo demandaban, pudo sufragarse los estudios en el seminario de Zaragoza hasta llegar a su ordenación. En los años juveniles ingresó en la Tercera Orden Franciscana y cultivó siempre una tierna devoción a San Francisco. En ocasiones firmó en sus cartas y en algunos artículos que escribiría como «terciarlo franciscano». Los estudios del seminario los realizó como externo. Le condujeron sin especiales dificultades hacia el sacerdocio. Según los testimonios recogidos con motivo de su proceso de beatificación, es seguro que su piedad y su decidida vocación nunca tuvieron vacilaciones. Sobresalió ya desde joven por su amor a la Virgen María y por su responsabilidad en el cumplimiento de sus deberes. Como excelente seminarista, supo armonizar la piedad y los estudios con diversas actividades apostólicas. Fue trabajador, reflexivo y en ocasiones hasta audaz.

Llegó a ser director del periódico carlista La Lucha, que se publicaba en Zaragoza. Publicó en el periódico nacional El Debate algunos artículos, aunque firmaba con el pseudónimo León Ardo. Luego escribiría también hermosos artículos en la revista del colegio del que sería abnegado capellán en Barcelona. Se ordenó sacerdote el 17 de junio de 1916. Y quedó luego como párroco de Moverá, en Puente Gallego, Zaragoza.

Allí estuvo doce años como sacerdote apostólico y ejemplar. Construyó el cementerio. Cuidó la antigua iglesia parroquial, que era de 1774 y estaba dedicada a Santa María de Moverá. Era una iglesia de estilo neoclásico, con edificio adjunto en ladrillo, con ventanas típicas del siglo XVIII El pueblo era pequeño, sencillo y muy zaragozano, a unos 11 km del centro de la ciudad del Pilar y en la margen izquierda del Ebro. Tuvo sus dificultades, pues era serio y cumplidor y sus parroquianos, por ser una población muy dispersa, tenían dificultades para los actos religiosos. Los niños, empleados prematuramente en los trabajos del campo, apenas si acudían a las catequesis. Y muchas veces el trabajo de los domingos estorbaba seriamente la vida religiosa de los parroquianos. Él sufría por ello e hizo todo lo que pudo por cambiar la situación con un trato personal y agradable, que después los campesinos recordarían con agradecimiento.

La cercanía con Zaragoza le permitía ir con frecuencia a la capital y enlazarse en diversos apostolados que su espíritu juvenil de sacerdote celoso le demandaban. Así fue como conoció a los Hermanos del colegio La Salle, del Instituto de las Escuelas Cristianas, pues frecuentó, como confesor de los alumnos, su colegio urbano. La seriedad, la fidelidad, la puntualidad y el celo que D. Leonardo manifestó movieron un día a los superiores de los Hermanos a invitarle a ir a Barcelona, para ser el capellán del gran centro que en la ciudad condal animaba esta Institución, el colegio de Bonanova. Le desagradó la idea al principio, pues estaba muy encariñado con su parroquia y con su ambiente. Pero algunas voces amigas le aconsejaron aceptar la propuesta, pensando en algunas nuevas posibilidades apostólicas y otras consideraciones.

Aceptó el fin el traslado y en atención a su anciana madre que vivía en su compañía hizo el traslado en los comienzos del curso de 1928. En Barcelona y en el colegio, en la hermosa casa del capellán que entonces tenía el centro, estuvo 6 años como director espiritual y capellán del millar largo de alumnos que el colegio educaba. La seriedad y el celo, orden y la puntualidad, la disponibilidad y la piedad fueron sus notas más significativas. Además de los actos de culto y de las horas de confesionario, tuvo tiempo para diferentes apostolados complementarios. Escribía con frecuencia en la revista del colegio de Bonanova sobre temas de espiritualidad y animación de jóvenes. Escribió en esos años los artículos editoriales con los que comenzaba la publicación. Incluso se dedicó a ayudar a otros centros en las tareas sacerdotales, como la atención sacramental que semanalmente ofrecía en el colegio cercano de adoratrices.

Llevó unos años de vida casi monacal. Dedicaba por la mañana una hora de oración y tres cuartos de hora por la tarde. Todo el dinero que ganaba, diría después un sacerdote amigo, lo gastaba en libros, pues era un asiduo lector. Su biblioteca era la envidia de los sacerdotes y amigos que le visitaban. En Barcelona vivió con su madre y, algunas temporadas, le acompañaba su hermana, que había quedado viuda y tenía un hijo. En casa tenía una sirvienta muy piadosa. Era la que atendía a la familia con abnegación. La vida se había estabilizado y podía haber durado muchos años en una actividad fecunda, silenciosa y hermosa, pues pronto los alumnos descubrieron en él un auténtico consejero y eran muchos los que frecuentaban su conversación.

También los Hermanos del colegio, que eran unos 35 en su mayor parte jóvenes, sintonizaron con él y le consultaban muchos de sus problemas. El capellán don Leonardo llegó a ser protagonista de una actividad apostólica enormemente fecunda, como la de todo el que se dedica a las tareas de ayudar cada día a los jóvenes estudiantes y a las personas que necesitan consejeros serios y amables. Se prometía D. Leonardo, a sus 47 años de edad, servicio eclesial largo y felices días de apostolado con la juventud. Sin embargo Dios tenía otros planes.
[Al estallar la revolución.] Se quedó en su casa vestido con su sotana, aunque los Hermanos del colegio comenzaron a dispersarse y le aconsejaron buscar otro lugar más seguro. El día 19 de julio los revolucionarios de la ciudad, movidos por los más extremistas dirigentes de los sindicatos obreros, asaltaron el colegio hacia las doce del mediodía. Cinco Hermanos trataron de refugiarse en la casa de D. Leonardo, que estaba al extremo de los patios colegiales y tenía acceso independiente desde la calle. Otros que quedaron en el centro fueron detenidos y algunos lograron esconderse en otros lugares de la ciudad. Los asaltantes saquearon el colegio y un grupo de ellos rodeó la casa del capellán. Llamaron a la puerta y D. Leonardo y los que estaban dentro trataron de disimular su presencia sin bajar a abrir. Alguien dijo que acaso era otro Hermano del colegio que pedía asilo.

Que Dios les perdone. No saben lo que hacen, dijo al besar la bala que le hirió

Ante la sugerencia, el capellán, inquieto por la suerte de la comunidad, abrió la puerta vestido como estaba, es decir con su sotana sacerdotal. «Un cura, un cura», gritó la turba desde fuera. Uno de los asaltantes disparó una ráfaga de metralleta, al tiempo que uno de los Hermanos se abalanzaba sobre D. Leonardo y le retiraba del punto de mira de los escopeteros. La acción del intrépido salvador no impidió que una bala le atravesara el brazo izquierdo y que la sangre comenzara a brotar. Ante el hecho, los asaltantes no se empeñaron en entrar, tal vez por la prisa en regresar al colegio y participar en el saqueo. La reacción del herido fue decir al Hermano que le había empujado: «Me han herido, estoy herido… Pero no diga nada a los Hermanos para que no se asusten».

Le subieron a una habitación del piso superior y trataron de hacer una primera cura ante la dificultad de salir al exterior por lo que estaba aconteciendo en la calle. Los hermanos Ciríaco Domingo y Venceslao Juan le intentaron contener la hemorragia y le hicieron una cura primera. Lograron extraerle una bala, que le había perforado el brazo. Le limpiaron con agua oxigenada. La bala cayó al suelo. D. Leonardo la cogió y la besó diciendo: «Que Dios les perdone. No saben lo que hacen… Es mi instrumento de sufrimiento». Al poco rato, los que estaban con el herido lograron llegar a la cercana clínica particular del doctor Rabaza para pedir que atendiera al herido. Mientras tanto los que quedaban, con el herido, se trasladaron a una casa cercana, donde unos buenos vecinos alemanes les acogieron y escondieron, pues esperaban que los asaltantes regresaran en su búsqueda sin tardar mucho, como así aconteció ya sin encontrarles.

A D. Leonardo le proporcionaron un traje civil y le obligaron a desprenderse de la sotana, lo que hizo con mucho sentimiento y por prudencia, a fin de evitar incluso comprometer a los mismos protectores. Obtenida la autorización, le trasladaron ya por la tarde al centro sanitario. Apenas llegó, el doctor le hizo la cura conveniente y le inmovilizó el brazo, después del tratamiento adecuado. En la clínica quedó internado, dado que la herida era grave. Su estancia en ella se prolongó 40 días. Los Hermanos sólo se retiraron para buscar su propia protección cuando llegó su hermano Leovigildo, que fue oportunamente avisado, y quedo al cuidado de D. Leonardo.

Pero los milicianos, que habían seguido la pista del sacerdote herido, se presentaron en la clínica al día siguiente y el herido fue detenido y llevado al hotel Colón. Este era el lugar requisado por la revolución y convertido en lugar de interrogatorios por los militantes del POUM. Ante los interrogadores, D. Leonardo se declaró sacerdote. En este desplazamiento al lugar de interrogatorios le acompañó un alumno del colegio, que en ese momento había acudido a visitarle y auxiliarle. Era Enrique Guilera Sansó, que luego relataría el tono valiente de las respuestas del sacerdote ante las insolentes preguntas de los milicianos. Según este testimonio, en ningún momento negó ser sacerdote y afirmó su labor de dedicación a los alumnos y a los jóvenes. Dejó en claro su misión de capellán. Y dio cuenta de dónde era y de qué iglesia había sido párroco antes de llegar a Barcelona.

Las varias horas que estuvo en el centro fueron duras. Pero al fin, ante el requerimiento de que debía ser sometido a otra inmediata e inaplazable intervención quirúrgica, le dejaron partir de nuevo hacia la clínica. A los pocos días, a pesar de su situación delicada y de su herida preocupante, se sometió al ruego de sus hermanos y de los miembros de la comunidad de Bonanova, que pudieron mantenerse en relación con él. Huyó de Barcelona y con él marcharon también varios Hermanos que llegaron a Valencia. Los Hermanos se instalaron en fondas y casas amigas. Al conocer el lugar donde D. Leonardo vivía con su hermana Aurelia, se pusieron discretamente en contacto con él para continuar sus conversaciones espirituales y animarse mutuamente en aquellas difíciles circunstancias. Fue precisamente en esa casa donde quedo escondido un par de meses. Incluso dio acogida en su compañía a otro Hermano, Bertrán Dionisio, mientras que los demás se albergaron en pensiones cercanas a la espera de que la situación mejorara algo.

En aquellos aciagos días, los jóvenes Hermanos encontraron en D. Leonardo un hombre fuerte y sereno en las adversidades. Siempre les decía palabras de consuelo y fortaleza. No mostraba miedo por lo que pudiera suceder. Animaba a todos con su sola presencia y con la tranquilidad de su rostro.

Un día, el 22 de septiembre, dos de ellos, los hermanos Honorato Andrés y Florencio Martín, fueron interceptados por los milicianos en la calle. Se habían atrevido a pedir trabajo en la enseñanza pública para poder vivir y habían demandado su certificado académico a Barcelona. En el documento constaba su calidad de Hermanos de las Escuelas Cristianas y ello fue suficiente para ser detenidos.

Bien por las confesiones que con malos tratos les arrancaron los milicianos, bien por haber sido objeto de seguimiento anterior, dieron la pista de dónde se hallaban escondidos el H. Ambrosio, que hubo de sumarse a la comitiva que inmediatamente les condujo al sacrificio, y en dónde vivía el capellán D. Leonardo. Los tres Hermanos fueron asesinados esa misma noche en un basurero de la calle Sagunto de Valencia. A don Leonardo le llevaron por separado. Tenía puesto un pijama de color rosa cuando entraron en la casa los perseguidores. No le permitieron que se pusieran otra cosa ni que recogieran sus enseres o medicinas. Mientras uno de ellos vigilaba y contenía las protestas de su hermana, los otros dos del piquete se dedicaron a registrar y saquear las cosas de valor que había en la vivienda. Eran tres pistoleros que hacían alarde de sus armas y con ellas amedrentaban a los indefensos observadores de la casa. Los datos recogidos después coinciden en que D. Leonardo quedo sereno, valeroso y resignado. Eran las cuatro de la tarde cuando fue detenido. Le ordenaron subir a un vehículo que se hallaba frente a la puerta. No se supo más de él ni del otro grupo que había llevado a los Hermanos.

Al día siguiente el cadáver fue encontrado a unos 8 km de Valencia, en el camino que lleva a El Saler. Probablemente el crimen tuvo lugar hacia las 6 de la tarde. En el momento de su detención, un médico que hacía visita a los enfermos de su demarcación y le había atendido a él mismo, observó a los que le llevaban detenido. Cuando a la mañana siguiente este doctor atravesaba el paraje llamado «El Pinedo», vio el cadáver que todavía tenía el brazo sujeto al cuello por el cabestrillo y que llevaba puesto el pijama de color rosa. Él mismo identificó al sacerdote asesinado por una ráfaga de balas. Luego de dar aviso a sus familiares y su testimonio, llegó uno de los sobrinos que también realizó la identificación. Era el 23 de octubre de 1936.

Un crimen impune se había cometido y un mártir más había volado al cielo. Su cuerpo fue enterrado por sus hermanos en el cementerio de Valencia. Los horrores posteriores de la guerra y la abundancia de enterramientos de aquellos días fue causa de que su cuerpo se perdiera en aquel torbellino de muertes, venganzas y atropellos que ensangrentaron los días de la guerra e incluso los tiempos posteriores. Iniciada la causa de beatificación martirial después de la guerra, el proceso de beatificación siguió su curso lento, uniendo su figura sacerdotal con el grupo de Hermanos que fueron asesinados en Valencia.

El proceso culminó el 20 de diciembre de 1999 en la sala del consistorio y en presencia del Santo Padre, de los miembros de la Congregación para las Causas de los Santos y de los postuladores, cuando se promulgó el decreto que autorizaba a la beatificación. El mismo Papa los beatificó el 11 de marzo de 2001 con sus tres Hermanos de huida a Valencia y otros dos que murieron en lugares cercanos por los mismos días en la ceremonia conjunta de los 233 mártires de la persecución religiosa en Valencia de los años 1936-1939.

En una de las revistas colegiales del colegio Bonanova, don Leonardo escribía poco antes de terminar el último curso que pasó en el colegio: «¡Qué tendrá Cristo bendito que con una palabra de paz suscita la guerra más encarnizada! Hablando sólo palabras de amor, levanta tempestades de odio; y, bendiciendo a todos, muchos le maldicen. Y ¡qué tendrá, sobre todo en sus ojos, que mira a uno, por enemigo que sea, por rebelde que sea, aunque le haya negado, aunque le haya blasfemado, aunque le haya perseguido, y lo gana, lo rinde, lo convierte y cambia su corazón por entero, atrayéndolo a la vida divina de su gran Corazón! Porque Cristo mira a veces para herir, con herida que da salud».

Los seis pasionistas fusilados por segunda vez
Los seis pasionistas cuya muerte relaté en otro lugar someramente sin decir sus nombres, han sido biografiados en el volumen de octubre de Año Cristiano:

El hermano Honorino (de la Virgen Dolorosa) Carracedo Ramos: palentino de La Lastra y de 20 años.

José María de Jesús CuarteroTomás del Santísimo Sacramento CuarteroEl hermano José (José María de Jesús) Cuartero Gascón, de 18 años (foto de la izquierda), y su hermano Tomás (del Santísimo Sacramento), de 21 (a la derecha), ambos zaragozanos de Tabuenca.

El sacerdote Justiniano (de San Gabriel de la Dolorosa) Cuesta Redondo, de 26 años y palentino de Alba de los Cardaños.

El hermano Eufrasio (del Amor Misericordioso) de Celis Santos, de 23 años y palentino de Salinas de Pisuerga.

El sacerdote Anatolio (Ildefonso de la Cruz) García Nozal, 38 años, palentino de Becerril del Carpio.

Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

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