Canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio En carta a su familia, el joven claretiano Ramón Illa les pedía que agradecieran a Dios "el don tan grande y señalado como es el martirio"

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Seis mártires del siglo XX en España dieron su vida el 25 de octubre de 1936: cuatro religiosas asesinadas junto con su anciana madre (de casi 84 años, no quiso separarse de ellas) en Alzira (Valencia) y el operario diocesano Recaredo Centelles, a quien sus propios asesinos le pidieron la bendición antes de rematarlo. Esta fecha es también aniversario de la primera beatificación de más de un centenar de mártires de la Revolución española, que tuvo lugar el 25 de octubre de 1992.

Fue la cuarta beatificación de mártires del siglo XX en España, y con sus 122 beatificados triplicaba los 40 hasta entonces beatificados en las ceremonias de 1987 (3 carmelitas), 1989 (26 pasionistas de Daimiel) y 1990 (10 lasalianos y un sacerdote pasionista: los 10 mártires de Turón ya canonizados con san Jaime Hilario). También fue la primera con más de una causa, ya que eran dos grupos: los 71 hospitalarios -entre ellos los primeros mártires colombianos– de la causa encabezada por Braulio María Corres y los 51 claretianos de Barbastro, causa encabezada por Felipe de Jesús Munárriz.

La beatificación levantó cierta polémica de la que solo he encontrado (en ABC el 7 de noviembre de 1992, página 89) una huella, referida a una carta pastoral publicada entonces por el arzobispo de Valladolid, Monseñor José Delicado Baeza, que titulo nada menos que “Víctimas inocentes, héroes rojos y mártires cristianos”.

Entre los mártires claretianos estaba Ramón Illa, que al despedirse de su familia les pidió: “canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme”.

Esta frase fue citada en la homilía de san Juan Pablo II en la beatificación (celebrada al día siguiente de la fiesta litúrgica de san Antonio María Claret), en la que también hizo referencia al quinto centenario del descubrimiento y evangelización de América, a cuya celebración ese año contribuía la beatificación de los primeros mártires colombianos.

En la homilía no se identificaba al claretiano autor de la frase, así que lo he buscado y transcribo aquí la carta completa que escribía a su familia Ramón Illa Salvía, de 22 años y natural de Bellvís (Lleida), que formaba parte del grupo de 18 alumnos de teología claretianos que, junto con dos hermanos cooperadores de la misma congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, fueron asesinados en Barbastro el 15 de agosto de 1936.

“No cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros”

La carta que el joven escribió a sus familiares, fechada el 10 de agosto de 1936, decía:

Con la más grande alegría del alma escribo a ustedes, pues el Señor sabe que no miento: no me cansaría y -lo digo ante el Cielo y la Tierra- les comunico con estas líneas que el Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio; y en ellas envío un ruego por todo testamento: que al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme.
Hace ocho días fusilaron al P. superior y a otros Padres. Felices ellos y los que les seguiremos. Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros; ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida.
Voy a ser fusilado por ser religioso y miembro del clero, o sea, por seguir las doctrinas de de la Iglesia Católica romana. Gracias sean dadas al padre por Nuestro Señor Jesucristo.

La pastoral del arzobispo Delicado

La citada pastoral del arzobispo vallisoletano era correcta al resaltar que “con este gesto, la Iglesia no pretende ser parcial, sino que desea testimoniar el valor universal de la vida humana” y de “una confesión heroica de fe y del amor más grande”. Luego comparó ese mérito de los mártires con los de los “héroes rojos” (con apelativo tan real como cada vez menos del gusto de quienes se afanan por mostrarse herederos del “bando republicano”, y el atrevimiento de exaltar a esos supuestos héroes en las barbas de una población que vivió toda la guerra en el bando nacional).

Delicado expresó su respeto hacia esos héroes “por su ideal de vida y la coherencia de la persona”, afirmando que por sus “experiencias y búsquedas sinceras” estaban “incluso próximos a los valores evangélicos” y que sus decisiones serían miradas por Dios “a la luz de la verdad, teniendo en cuenta las limitaciones y desviaciones que implique esta clase de testimonios”.

A esa supuesta inocencia e ideal de vida, se añadiría en el caso de los mártires cristianos el testimonio de fe y amor a Dios y a los hombres “en aras del cual, pudiendo evitarlo, entregan gustosos sus vidas, perdonando incluso a los que se las arrebatan injustamente”.
Olvida Mons. Delicado referirse, puesto que habla de personas comparables a los mártires, a los héroes del bando nacional, olvido que resulta cuando menos extraño, como ya he referido, tratándose del arzobispo de Valladolid, siendo esta la única ciudad que aún hoy esgrime en su escudo la Laureada de San Fernando precisamente por el heroísmo mostrado por sus ciudadanos en la guerra civil (como es sabido, esa condecoración colectiva se otorgó también a la región navarra, pero su parlamento dejó de usarla en los años de la Transición, renunciando oficialmente a ella el 21 de diciembre de 2012; el 18 de abril de 2013 el ministro Morenés precisó que la región navarra no tiene competencias para anular el decreto por el que Franco le concedió la condecoración en 1937, que no aparece en el escudo regional promulgado válidamente en 2003).

Podría decirse que en 1992 Delicado trató de “renunciar” a la laureada de Valladolid, dejando de referirse a ella, y con el gesto de reconocer un heroísmo en el bando revolucionario que podría ser comparable al de los mártires. Gesto de buenismo que presupone un heroísmo al quehabría que preguntar si mostró su disconformidad con la matanza de inocentes que supuso el martirio de tantos miles de cristianos. Por las mismas, claro, para reconocer su mérito a los héroes nacionales, hay que examinar que no hayan tenido connivencia con crímenes cometidos en su bando.

En definitiva, el arzobispo Delicado se atrevió a tocar un tema espinoso, siendo correcto en el fondo, pero haciendo poco uso de su apellido en las formas. Era necesario separar el heroísmo de los mártires del de los combatientes:son cosas distintas y para evitar la mezcla se tuvo las causas de beatificación paradas durante 20 años… Pero no era necesario ofender a los héroes de un bando ignorándolos, y menos invocando a los héroes (al menos supuestos) del otro bando. ¿O sí era necesario? El señor arzobispo, por lo visto, era partidario de una terapia de shock; si acertó, espero que no pueda alegar en mi juicio que no le he comprendido, si se equivocó, por mi parte se lo disculpo, pues le debo agradecimiento por haber sido feligrés suyo (en concreto, por haberme confirmado).

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