23 adoratrices mártires “con la sonrisa en los labios y bendiciendo a Dios” El 10 de noviembre de 1936, en las tapias del Cementerio de la Almudena, fueron asesinadas 23 adoratrices que murieron sonriendo y bendiciendo a Dios

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Después de comulgar de rodillas, las adoratrices murieron de forma que un testigo relató así a su mujer: “morían con la sonrisa en los labios y bendiciendo a Dios. ¡Qué mujeres!”.

En Paracuellos el 10 de noviembre cesaron las sacas, al nombrar la Junta de Defensa inspector general de prisiones al anarquista Melchor Rodríguez, contrario a ellas, por lo que será apodado “el ángel rojo”. Además de las adoratrices, hay un hospitalario mártir en Montcada i Reixac y un sacerdote diocesano en Albacete.

Respecto a las adoratrices, hay dos fotos de una misma detención, pero obviamente no es la aquí referida, pues el 10 de noviembre ya no llevaban hábito. Sobre estas mártires hay una entrada de blog sin firma, un relato de López Teulón, otro en Youtube -sobre la castellonense Luisa Pérez Adriá en el día de su beatificación en 2007, y página en Wiki Martyres con los nombres y edades de las 23.

Las adoratrices habían visto ametrallada su casa en la calle Princesa al comienzo de la revolución. Para las que no pudieron refugiarse con familias, la superiora general, madre Diosdada Andía, alquiló a primeros de agosto el cuarto piso del número 15 de la Costanilla de los Ángeles, dejando el grupo en manos de la secretaria general de la congregación, madre Manuela Arriola.

En ese lugar, según el cartel que luce actualmente, había vivido Santa Teresa de Jesús durante una primavera (seguramente no lo sabían entonces las monjas, como nadie sabe hoy que ahí vivieron estas mártires).

Allí se refugiaron hermanas llegadas de Guadalajara, Alcalá y Almería, y para servirlas renunciaron al refugio de las casas de sus parientes la madre María Dolores Hernández y la hermana Borja Aranzábal, hasta sumar 23 habitantes en el piso, incluyendo seis “hijas de casa”, colegialas que querían consagrarse a Dios y hacían votos privados. Usaban cajas de madera como sillas y mesas, manteniendo la perpetua adoración de la Eucaristía. Sabiendo que eran religiosas, miembros del Frente Popular las vigilaban regularmente, tratando de incriminarlas por cualquier cosa que les permitiera encerrarlas y acusarlas de enemigas del pueblo. La madre Arriola rezaba con frases como: “Señor confío que no nos darás más de lo que podamos sufrir. Ojalá fuéramos dignas del martirio”. El 9 de noviembre de 1936, alrededor de las 17:30 h, una fuerte explosión -Madrid estaba siendo asaltado por las tropas de Franco- sacudió la calle de Preciados.

Pasada la alarma, llegaron unos milicianos al piso preguntando por las monjas a los que la madre Manuela respondió:
-¡Aquí estamos!
Las llevaron a todas, incluso la hermana Lucila, a la que tuvieron que bajar en una silla y que al parecer sufrió un ataque al corazón, a la checa de Fomento. Y de allí a fusilar a las tapias del cementerio de la Almudena, en la zona que caía ya dentro del término municipal de Vicálvaro. La hermana Rosaura de María, que para que no sospecharan de ella por no ser la superiora, era quien llevaba la comunión, la repartió antes del fusilamiento, según una testigo que declaró haber visto “cómo se han puesto de rodillas, mientras una de ellas les daba la comunión”. En efecto, entre los objetos que después se describirían, la hermana Rosaura llevaba “una cajita de reloj vacía”. El chófer, que las llevó desde la checa de Fomento, referirá a su esposa que “había llevado a fusilar a mujeres; y, que las había visto morir a todas, y la mayoría eran jóvenes; morían con la sonrisa en los labios y bendiciendo a Dios. ¡Qué mujeres! ¡Eran Adoratrices!”. Sus hermanas de congregación encontraron las fotos en la Dirección General de Seguridad (el edificio de la foto, en la calle Víctor Hugo 4, por el que pasaron innumerables mártires, aunque hoy nada lo recuerda).

El hospitalario era Joaquín Pina Piazuelo (hermano Acisclo), de 58 años, que con 37 había ingresado en el postulantado de Ciempozuelos, tomando el hábito de devoción como oblato, ya que por su falta de formación humana no podía profesar como religioso. Pasó por varios hospitales, encargándose de la vela nocturna de los enfermos y, en el asilo-hospital de Barcelona, del cuidado de niños escrofulosos. Durante la guerra, lo acogió la señora Sebastiana Escribano, en la calle Ríos Rosas del Barrio de San Gervasio. El 5 de noviembre, al mediodía, registraron los milicianos la casa y se llevaron a la señora y al religioso a la checa de San Elias. Según declaró ella, Pina fue sacado a fusilar en la noche del 10 de noviembre junto con muchos otros sacerdotes, religiosos y seglares.

El sacerdote albaceteño era Miguel Abdón Senén Díaz Sánchez, de 57 años, párroco de Caudete (su pueblo natal), que sin embargo había desarrollado antes tal labor como ecónomo de Santa Ana en Elda (Alicante) que cuando fue trasladado se reunieron 14.000 firmas para pedir que se quedara en Elda. Durante la guerra, no interrumpió su actividad sacerdotal clandestina hasta que fue detenido el día 14 de octubre y pasó al convento de los PP. Carmelitas convertido en cárcel. Al enterarse los milicianos de Elda que don Miguel estaba detenido, se trasladaron a Caudete para salvarlo, pero no pudieron hacer nada. El comité local lo sacó de la cárcel el 9 de noviembre con intención de llevarlo a Albacete. Mientras los milicianos cenaban en una posada, dejaron al sacerdote al cuidado de los dueños que le aconsejaron que huyera; pero él no quiso. A primera hora del día 10, llegó otro coche en el que recogieron a don Miguel para llevarlo a Almansa y al llegar junto al puente cerca de la venta de la Vega, lo asesinaron a tiros. La documentación de Caudete en la Causa General (legajo 1015, expediente 26, folio 3) da como fecha de su muerte el día 8, y la de Almansa (expediente 10, folio 6) da por hallado el cadáver el día 10.

Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

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