La desobediencia de los presos evitó una matanza mayor en el Río Segre 14 beatos del 11 de noviembre fueron ejecutados en el cementerio de Torredembarra y procedían del barco prisión Río Segre, en el puerto de Tarragona

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14 de los 15 beatos del 11 de noviembre fueron víctimas de una matanza de presos del barco-prisión Río Segre en el cementerio de Torredembarra (Tarragona). A ellos se suma un claretiano asesinado en Lérida por negarse a blasfemar.

Ese día tampoco hubo fusilamientos en Paracuellos de Jarama, pero en la sesión de la Junta de Defensa de Madrid presidida por el comunista Antonio Mije, en la que el consejero de orden público Santiago Carrillo explica que las masacres se han interrumpido por las protestas de los diplomáticos, se acuerda dar un voto de confianza a Carrillo para que resuelva el asunto de las “evacuaciones”.


30 beatos de 218 condenados
El Río Segre, de 5.000 toneladas llegó a alojar a 300 presos, de los cuales, según Antonio Montero, salieron 218 sentenciados a muerte. Las fechas con mayor número de ejecuciones fueron las del 25 de agosto -60 fusilados: seis beatificados, más tres al día siguiente- el 28 de agosto -siete beatificados- y el 11 de noviembre de 1936.

Los mártires del 11 de noviembre son cuatro carmelitas terciarios de la enseñanza -orden que prácticamente se extingue de esta forma en su rama masculina-, otros tantos carmelitas descalzos, tres sacerdotes seculares, dos hermanos de La Salle y un claretiano.

En la madrugada de ese miércoles, los milicianos de la FAI entraron en el sollado de proa leyendo nombres a los que nadie respondía, porque estaban equivocados.
Formaron la expedición de una manera más simple, despertando a puntapiés a los presos:
– Tú, ¿qué eres?
– Sacerdote.
– ¡Pues, arriba!
– ¿Y tú?
– Religioso.
– ¡Arriba también!
De los 24 que se llevaron, ocho eran sacerdotes, ocho laicos y ocho religiosos. No fueron más porque un claretiano -según relata el miembro de esa congregación Pedro García-, al ver la enorme cofusión que se creó, y dada la poca luz que los alumbraba, se deslizó por la escalerilla lateral y se fue al otro sollado para avisar a los demás:
– ¡Que nos matan! ¡Hoy nos vienen a buscar a todos!
Y así fue. Porque al poco rato volvían los milicianos de la FAI con una nueva lista. El primer nombre leído fue el de un párroco:
– Enrique Rosanes.
– ¡No voy!
La negativa produjo un efecto psicológico fulminante. Los milicianos, furiosos, iban llamando a todos, y todos respondían “¡no voy!”. Emplazaron una ametralladora en la semioscuridad, pero nadie se levantó. Pasó el tiempo, y los asaltantes se fueron. Llevaron a los 24 sacados al cementerio de Torredembarra para ser allí asesinados. En el puente del barco empezaron a rezar todos juntos un salmo -según un testigo, el Miserere-, y ya en fila delante de la tapia del cementerio, gritaron “¡Viva Cristo Rey!” antes de que terminaran con sus vidas los tiros de ametralladora.

De los 14 beatificados, eran hermanos carmelitas de la enseñanza: Julio Alameda Camarero, de 25 años; Bonaventura Toldrá Rodón, de 40; Lluís Domingo Oliva, de 44; e Isidre Tarsá Giribets, de 70.

Los carmelitas descalzos beatificados eran: Damián Rodríguez Pablos (de la Santísima Trinidad), de 40 años; Felipe Arce Fernández (fray Elipio de Santa Teresa), de 58; Pedro (de San Elías) Heriz y Aguiluz, de 69; y Josep Alberich Lluch (fray Josep Cecili de Jesús Maria), de 71.

Los sacerdotes seculares eran: Joan Roca Vilardell, de 31 años, beneficiado salmista de la catedral de Tarragona (su hermana Dolores, misionera de la Inmaculada Concepción, había sido asesinada el 9 de agosto en l’Arrabassada); Miquel Saludes Ciuret, de 59 años, adscrito a Riudoms; y Josep Maria Bru Ralduà, de 66 años, canciller secretario. Este había sido ordenado en 1896, además de canónigo y profesor del seminario era juez metropolitano. Lo detuvieron el 27 de julio en casa de unos amigos.
Los lasalianos eran Mariano Navarro Blasco (hermano Jenaro, de 32 años, tomó el hábito en 1919 y estuvo en Cuba de 1928 a 1931) y Josep Boschdemont Mitjavila (hermano Gilberto de Jesús, de 56 años, trabajó durante 17 en la librería Bruño de Barcelona). El claretiano era Federico Vilà Bartolí, de 52 años, que en 1924 había publicado en Barcelona una Reseña histórica, científica y literaria de la Universidad de Cervera.

Antes de ejecutarle, para comprobar que era religioso, trataron de obligarle a blasfemar
El beato Isidro Costa.Isidro Costa Hons fue uno de los 109 claretianos beatificados en Barcelona el 21 de octubre de 2107. Religioso profeso de 27 años, era natural de Taradell (Barcelona) y fue asesinado en Sant Pere dels Arquells (Lérida). La biografía de la beatificación explica que por ayudar a sus hermanos religiosos arriesgó la vida hasta perderla:

Cuando se dispersó la comunidad de Vic el día 21 de julio de 1936, el H. Costa se fue a refugiar directamente a el Vivet, de donde había marchado para el noviciado. Al llegar el H. Casals al lugar y escasear el espacio, el H, Costa pasó a la casa de campo La Roca, donde le emplearon en las faenas del campo. Durante este tiempo llevó vida piadosa y procuró que la familia rezara el santo rosario con él.

El H. Costa tenía pasaporte, o sea el imprescindible pase o salvoconducto para desplazarse. En efecto, tenía el carnet de la F.A.I, o del sindicato agrícola revolucionario, del sindicato de la U.G.T. como labrador, por lo que se había puesto tan moreno y le habían salido tantos callos que nunca le pidieron el pase. Así sirvió de enlace. Casi todos los sábados iba a Vich, donde se movía con mucha libertad y conocía a mucha gente por sus oficios anteriores. A Barcelona fue varias veces y se ofreció para ir a La Selva del Campo para informarse de la suerte de los Misioneros de aquella casa. Se llegó hasta Montblanc, donde se enteró de la muerte del estudiante claretiano Jaime Franch, hijo del Sr. Franch, dueño de el Vivet, donde estaban refugiados algunos Misioneros.

Animado por el éxito de sus anteriores viajes decidió ir a Mas Claret para informarse y dar una mano a sus hermanos religiosos. Para ello fue a pedir permiso a la autoridad del P. Agustí, consultor provincial, quien se lo dio con reservas. Como era resuelto y no tenía miedo, el día 8 de noviembre se despidió de sus bienhechores de La Roca, quienes intentaron convencerle del peligro que corría. Al partir, como despedida, les dijo:

Si no he regresado el martes de la semana siguiente, ya podéis rezarme el padrenuestro.

El día 9, hacia media tarde, llegó a Vergós, pueblecito cercano a Mas Claret, y se hospedó en la casa del Sr Ramón Pomés, que frecuentaba mucho la finca. Como el H. Costa se sentía seguro viajaba al descubierto, por lo cual fue reconocido en Vergós. Un vecino le preguntó al Sr. Ramón:

¿No es este hombre uno de los Hermanos de Mas Claret?

No, es un dependiente que yo tuve en Barcelona, respondió.

El día 10 lo pasó en casa controlando las cuadras, gallineros y otros animales.

La familia Pomés intentó disuadir al H. Costa de ir a la finca, pero no consiguió nada ante su decisión y es que el Hermano ignoraba que el 19 de octubre habían fusilado a 19 Misioneros, quedando sólo el H. Bagaría. El H. Costa, todo resuelto, le dijo:

No tenga miedo, voy muy documentado, no me pasará nada.

Mire Vd., que aquí en Cervera, el Comité no respeta carnets, ni documentos de ninguna clase, dijo el Sr Ramón.

¡No me importa que me cojan, moriré si Dios quiere, moriré por Dios!

El día 11 se dispuso a salir diciendo: Me voy, al mediodía estaré aquí para comer.

Llegó a la finca de Mas Claret y al principio no le reconocieron los criados. Siguió allí con la idea de encontrar al H. Bagaría. Entonces pensaron que era un desconocido y mandaron a un tal Serra, que fue detrás de él pistola en mano y le dijo:

¡Manos arriba! ¿Qué busca?

Busco trabajo

¡Documentos!

El H. Costa sacó la documentación, pero al comunista no le convenció y lo encerró en una habitación. Llamó al antiguo criado Tomás Aresté y le dijo:

¿Conoces a este?

Sí, es de la Universidad, respondió este criado que era un bendito y de no muchos alcances.

Para estar seguros de que era religioso, le sometieron a una prueba “clásica”, hacerle blasfemar, a lo que el H. Costa se negó.

Cuando hacia la una y media de la tarde cuatro pistoleros le llevaban a fusilar en la era cerca de la casa, el H. Costa pudo ver al H. Bagaría en el patio de la casa y así se despidieron. Antes de ser fusilado el H. Costa, que estaba tranquilo y sereno, les dijo a los asesinos

que le perdonasen, que él, por amor de Dios, les perdonaba a todos.

El Serra fue el primero en disparar con su pistola al que inmediatamente siguieron las descargas de los fusiles de los otros tres. Todo había acabado a la una y media de la tarde.

Hacia las tres le enterraron allí mismo no sin antes haberle despojado de todo lo que les pareció útil.

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