Todas las noches nos hacía rezar por nuestro padre y por el alma del asesino Carmen, hija del mártir Miguel Aguado, recuerda cómo su madre le hacía rezar todas las noches por su padre y por el alma del asesino

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Del 27 de noviembre de 1936 hay dos mártires beatificados: un hermano de la Congregación de la Misión asesinado en Vicálvaro (Madrid) y un laico miembro de la Asociación de la Medalla Milagrosa asesinado en Paracuellos, ambos beatificados en Madrid el 11 de noviembre de 2017 con otros 58 vicencianos.
Toreado en Hortaleza y asesinado en Vicálvaro
El hermano Bartolomé Gelabert.El hermano Bartolomé Gelabert Pericás, de 64, era de Consey (Mallorca). Era uno de los 13 vicencianos que vivían y fueron detenidos en su casa de Hortaleza (Madrid), donde trabajaba como hortelano, el 20 de julio de 1936:

En un minucioso registro de la cárcel Modelo le sacaron un rosario del bolsillo del chaleco y el miliciano después de una blasfemia le dijo: ¿Pero no ves que no existe Dios? ¿Para qué quieres esto? El H. Gelabert contestó: Porque yo creo que esto triunfará. Le dejó el rosario tirándoselo. La tarde del 22 de agosto los milicianos ayudados por los presos comunes quemaron la leñera del horno de la segunda galería. Aquella noche de terror todos se prepararon para morir y, salvo raras excepciones, todos (religiosos y seglares) se confesaron. Dice la crónica del Muruzábal: “El efecto fue como el de una misión que después se notó mucho”. El 17 de noviembre lo condujeron al colegio de Padres Escolapios de la calle de Porlier, convertido en cárcel, y el 21 le dieron libertad con otros mayores de 60 años.

Al salir de la cárcel se fue a una pensión de Madrid, pero como no tenía dinero, un día de madrugada se dirigió a la carretera de Madrid a Hortaleza, en busca de Paulino Abad, amigo suyo y padre de Zacarías, el mayoral que tenía en las fincas de Hortaleza como encargado. Paulino traía por las mañanas leche a Madrid. No encontró a Paulino. En cambio, le vio un vecino de Hortaleza. Enterado el comité marxista de Hortaleza ordenó que fueran a buscarle con un camión, lo encontraron, lo llevaron a Hortaleza, le pusieron en la plaza pública para que le viera todo el pueblo y le insultaron. Se dijo que hasta lo torearon, daba lástima verlo. Después de estos insultos le mataron los milicianos en el término municipal de Vicálvaro (Madrid). Era el 27 de noviembre de 1936, festividad de la Virgen Milagrosa.

El beato Miguel Aguado.El otro vicenciano era un laico miembro de la Asociación de la Medalla Milagrosa, Miguel Aguado Camarillo, de  33 años y natural de Humanes (Guadalajara), sacado de la Cárcel de Porlier y asesinado en Paracuellos (la última saca de Porlier documentada ese mes tiene fecha del 26, por tanto o bien hay que adelantar a esa fecha la muerte o suponer que sucedió ya de madrugada):

Lo denunciaron los vecinos como católico, porque iba a misa todos los días. El 29 de octubre de 1936 fue apresado a traición y conducido a la comisaría de Buenavista, y dos días más tarde a la cárcel Modelo. La esposa era muy valiente y soportando las mayores humillaciones y groserías, acudía a la cárcel con los cuatro niños. El 16 de noviembre lo trasladaron a la cárcel de Porlier. Sin juzgarle y sin darle la menor posibilidad de defensa, el nombre de Miguel Aguado Camarillo, aparece en las listas de una de las sacas de la cárcel de Porlier, fechada el 26 de noviembre. El martirio tuvo lugar el 27 de noviembre de 1936, festividad de la Virgen Milagrosa, de la que él era congregante, en Paracuellos de Jarama con otros 25 compañeros. Las primeras noticias y los detalles sobre el martirio las tuvo la viuda directamente por el H. Joaquín Saldaña, portero de los Paúles y amigo de la familia, que había coincidido con Miguel en la prisión en Porlier.

La esposa del mártir es un buen ejemplo del perdón cristiano y de la fortaleza que Dios da a quienes se abandonan en Él. Viuda a los 30 años, con cuatro niños, sin más ayuda que la Providencia, nunca demostró odio ni sentimiento de venganza. De su hija Carmen es este testimonio actual y vivo: “La recuerdo siempre vestida de negro, trabajando en todo lo que podía para sacarnos adelante. Siguió muy devota de la Milagrosa y nos inculcó a todos a confiar en Dios. Todas las noches antes de acostarnos nos hacía rezar por nuestro padre para que esté en el Cielo y por el alma del asesino, para que Dios le convierta y le lleve al Cielo. Mi madre se confesaba en la basílica y también con el Jesuita hoy santo, P. José M.ª Rubio. No me cabe la menor duda de que mi padre aceptó la muerte por el Señor, porque era un buen cristiano”. Esta misma convicción perdura en la Asociación de la Virgen Milagrosa de la basílica de Madrid. Carmen nunca faltó a la novena de la Virgen Milagrosa. Falleció en la misma fecha de la beatificación de su padre, dos años antes.

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