A sus verdugos: Os perdono a todos, no sabéis el bien que me vais a hacer El capuchino padre Pedro de Benisa murió perdonando y agradeciendo a sus asesinos: "no sabéis el bien que me vais a hacer"

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Entre los asesinados el jueves 27 de agosto de 1936 han sido beatificados diez: dos dominicos –José María López Carrillo y Pedro Ibáñez Alonso, que habían sido misioneros en China– y un capuchino –Quirino Díez del Blanco (padre Gregorio de La Mata)– en Madrid; otro sacerdote de la misma congregación en Dènia (Alicante); dos sacerdotes diocesanos en la provincia de Valencia; un sacerdote agustino –Florencio Alonso Ruiz-, un paúl en Asturias, un marista –Casimiro González García (el hermano Crisanto)- en la provincia de Lleida y una religiosa de San José en Barcelona.
Esta es la de beatificación más cercana, el 5 de septiembre de 2015 en Girona junto con otras dos religiosas de su congregación que fueron asesinadas el 30 de agosto. La hermana Facunda (Catalina Margenat Roura) estaba visitando un enfermo cuando su convento barcelonés fue asaltado, así que permaneció refugiada con una familia, hasta que la portera la delató. Al marchar hacia el martirio, se despidió amablemente de su delatora. En tiempo de persecución había comentado: “¡quisiera dar la vida para que se conviertan estos asesinos que van contra Dios y la Iglesia! Hermanas, recemos por su conversión” (más en la biografía de su congregación y en Wiki Martyres).

Perdonó con agradecimiento a sus asesinos
En Dènia (Alicante), el sacerdote capuchino Alejandro Mas Ginestar (padre Pedro de Benisa), de 59 años y natural de esa localidad alicantina, fue fusilado en La Alberca. Profesó en 1894 y recibió la ordenación sacerdotal en 1900. Estaba empeñado en la pastoral juvenil y en la catequesis de los niños; era predicador y confesor. Cuando se vio forzado a abandonar el Convento de la Magdalena de Massamagrell (Valencia), se refugió primero en casa de unos amigos y después en casa de una hermana suya en Vergel (Alicante). Lo detuvieron el día 26, y ya de noche se lo llevaron en coche. Murió perdonando y agradeciendo: «Os perdono a todos: no sabéis el bien que me vais a hacer».

Le habían expulsado el Viernes Santo y le insistieron en que renegara de Cristo
Ramón Martí Soriano, de 33 años y valenciano de Burjassot, fue ordenado sacerdote en 1926. Era coadjutor de Vallada (Valencia), donde se ocupó de la catequesis y de cuidar de los enfermos, atendiendo personalmente a un enfermo de lepra con el mayor sigilo, y haciendo de enfermero con el anciano párroco, de carácter difícil y de salud mental endeble. El Viernes Santo de 1936 le expulsaron del pueblo por haber animado a los fieles a perseverar hasta el martirio. Al estallar la guerra estaba en Burjassot, en la casa de una hermana casada, y siguió atendiendo a las hermanas trinitarias, de las que era capellán, hasta que se dispersaron. Pasaba los días en oración, vistiendo su sotana y serenando a sus familiares. El 27 de agosto fueron a buscarlo cuatro milicianos. Los recibió asegurándoles que no renegaría de Dios ni de su religión, y que podían matarlo si ser sacerdote era delito. Se despidió de su familia y fue llevado al comité. Se le propuso renegar de Jesucristo y así salvarse. Él se negó. Aquella noche insistieron en que renegara. Él dijo que no. Fue llevado a la carretera de Godella a Bétera y allí fusilado.

El párroco de Turís ofreció su vida y perdonó a sus asesinos
Fernando González Añón, de 50 años y valenciano de Turís, fue ordenado sacerdote en 1913. Tras varios destinos, en 1931 fue trasladado a su pueblo, donde impulsó el culto al Santísimo Sacramento y a la Virgen de los Dolores, patrona de la parroquia, y también la catequesis y la labor apostólica con los pobres y enfermos. Poco antes de julio de 1936 fue detenido por el ayuntamiento, por no consentir los atropellos cometidos con la iglesia y otros lugares sagrados de Turís. En la fiesta de la Inmaculada de 1934, día en que -treinta años antes, en 1904- fueron martirizados los seglares católicos de Valencia, Salvador Perles y Juan Perpiñá, hizo un ofrecimiento a la Virgen que repitió en estos días: «Madre de Dios de los Dolores, si queréis mi sangre para salvar a Turís, tomadla». El 27 de agosto de 1936, pistoleros a sueldo de paisanos suyos, le obligaron a dejar la casa rectoral y lo mataron en la carretera, en el término municipal de Picasent. Uno de los que se ufanaban de haber asesinado al párroco decía: «Después de unos tiros en el vientre, revolcándose por el suelo, aún gritaba: “Perdónalos, Señor. ¡Viva Cristo Rey!”». Se sabe también que sus últimas palabras fueron: «¡Señor mío y Dios mío!».

Superando el miedo, fue a predicar en la fiesta del Carmen
El paúl asesinado en Soto del Barco (Asturias) era Pelayo-José Granado Prieto, de 41 años y conquense de Santa María de los Llanos. Había hecho los votos en la Congregación de la Misión en 1916, y tras estudiar en Hortaleza (Madrid), se ordenó sacerdote en 1923, trabajando desde ese año en Écija y desde 1935 en Gijón, donde reconocía con frecuencia: «¡Tengo un miedo a este Gijón!». El 15 de julio alguien le sugirió que dijera a su superior que era imprudente salir a predicar un sermón para el día del Carmen, a lo que él se negó. Según relató el padre Lozano:
“Una noche, en un cafetucho, supe por los milicianos venidos del frente de Luarca después de una gran derrota, que, a causa del avance de las tropas nacionales, el pueblo en que había predicado el padre Granado había sido evacuado forzosamente por los rojos, y que de allí se habían traído a un cura, cuyas señas coincidían con las de nuestro buen hermano. Avisado por el párroco, el padre Granado, con sus hábitos sacerdotales, pues no había llevado ningún traje a prevención, se dispuso a ocultarse. Salió de casa en compañía del mismo párroco, que ya se había vestido de aldeano, y a través de los campos se dirigieron a una casita aislada.
—Vaya usted a aquella casita —le dijo el Párroco—, que yo iré a esconderme en otra.
Como un mendigo, con la zozobra y la ansiedad pintadas en su rostro, nuestro hermano llamó a las puertas de aquella casa que no conocía, mendigando cobijo. Triste y sangrante realidad. Los que el Sr. Cura creía amigos, como tantos otros, en las horas de bonanza, se negaron a recibirle. Tenían miedo de verse comprometidos. El pobre padre tuvo que volverse a la casa rectoral. Ninguna más conocía en el pueblo, adonde había ido por primera vez. Estaba sola la hermana del Sr. Párroco. Sola y atemorizada, se siente desfallecer, cuando ve llegar al que para seguridad suya había despedido hacía un momento. Lo recibió como las circunstancias lo permitieron, y se dispuso a esconderle. Todo inútil. Apenas habían recorrido la casa en busca de algún escondite seguro, una turba de forajidos comenzó a golpear la puerta, entre amenazas y blasfemias. Venían a por el párroco y el fraile.
A pesar de que la mujer logró ahuyentar a los perseguidores, que fueron a buscar una autorización del comité, el religioso no quiso marcharse: Horas después los energúmenos, en mayor número, exaltados con el documento ridículo en las manos y perfectamente armados, entraban en la casa arrollando a su defensora, se echaban sobre el pobre padre desamparado y lo cargaban en una camioneta, para llevarle como un cordero al lugar del suplicio. Se desconoce cómo murió”.

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