El mártir de 19 años que regresó para “vivir y morir siendo religioso” El agustino Marcos Pérez regresó en cuanto pudo de casa de sus padres a la comunidad de El Escorial, con la que fue asesinado en Paracuellos

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Cinco mártires del siglo XX en España nacieron un 18 de junio: una religiosa mínima descalza barcelonesa, un sacerdote claretiano de la Rioja, un sacerdote operario turolense, otro misionero del Sagrado Corazón navarro y un agustino de Palencia.

María de las Mercedes Mestre Trinché, de 47 años y natural de Barcelona, es una de las nueve monjas Mínimas Descalzas de San Francisco de Paula asesinadas en Can Boada (Barcelona) el 23 de julio de 1936 junto con la hermana de una de ellas, que las asistía en los quehaceres externos del Monasterio, y beatificadas en 2013. Ingresó a los 26 años en el convento de Monjas Mínimas de Barcelona.

Profesó de votos solemnes el 5 de octubre de 1920. Quienes la conocieron atestiguan de ella que fue siempre muy humilde y trabajadora, asidua a la adoración eucarística y de notable piedad mariana. Alma de profunda vida interior, deseaba gastar su vida por la gloria de Dios y el bien de sus hermanas. Se entregaba al trabajo con espíritu alegre y actitud de humilde servicio.

El padre Marceliano.Marceliano Alonso Santamaría, sacerdote profeso claretiano nacido el 18 de junio de 1906 en Grañón (La Rioja), tenía 30 años cuando lo asesinaron el 13 de agosto de 1936 en Alboraya (Valencia). Fue beatificado en Barcelona el 21 de octubre de 2017. Antes de fusilarle le sometieron a un interrogatorio que, según la biografía de la beatificación, se linmitó a confirmar que era religioso y preguntar si condenaba a la Iglesia porque según los milicianos apoyaba a los sublevados:

El 12 de agosto de 1936 fue detenido en el despacho de D. Francisco Comas Benlloch junto con el P. Gordon, como se ha dicho antes, y llevado ante el Comité de la zona para declarar y después lo encerraron allí.

Al anochecer les dieron de cenar un guiso de patatas con carne, pan y agua abundante, que apenas probaron.

Después de cenar les hicieron declarar ante el tribunal. El primero fue el P. Gordon, después le tocó el turno a él. Su interrogatorio fue más breve y las preguntas un poco más genéricas, pero cargadas con gran dosis de malicia: cómo se llamaba, de dónde era, si era sacerdote, religioso y superior, quienes eran y dónde estaban sus súbditos, si condenaba a la Iglesia por ir a favor de los facciosos. Salió un poco más tranquilo que el P. Gordon, pero con la convicción de que iba al martirio.

Le llevaron de nuevo a la celda, donde estuvo con los PP. Gordon y Galipienzo otras dos horas. Durante ese tiempo se prepararon para el sacrificio con la confesión y la oración.

Hacia las 12 de la noche de ese día 12 fueron sacados de la cárcel. Les esperaban cinco milicianos con sus pistolas ametralladoras, con sus puñales, con lámparas eléctricas, con su boca luciferina vomitando blasfemias sin ton ni son, con gestos de hienas, con autoridad de verdugos: ¡Subid al auto!… y al auto subieron las víctimas. No les ataron las manos porque no se resistían ni huían.

¡Adelante! Dijo el jefe y el chófer dirigió al auto por el puente de la Trinidad a la carretera de Alboraya y a los tres kilómetros de Valencia, en el término municipal de Alboraya, en la partida llamada de Masqueta, al cruzar el ferrocarril con la carretera y una acequia, al iniciarse el camino del Palmaret, giró el auto y se detuvo allí cerca.

Bajaron los asesinos, abrieron la portezuela y les intimaron que bajasen y echaron mano de sus pistolas. La voz del jefe sonó con aspereza:

¡Pónganse en línea!

Y momentos después

¡Echen a andar!

Al descender del auto los tres se abrazaron. La conmoción era grande. El P. Alonso sentía un sudor precursor de muerte. En aquel momento les dirigieron el foco del auto. Prepararon las pistolas y se oyó un grito:

¡Anden! Apuntaron… midieron… apagaron el foco… y se oyó la detonación.

En ese crítico momento el P. Galipienzo se tiró a tierra… y los otros dos, el P. Alonso y el P. Gordon, cayeron. Era la madrugada del 13 de agosto de 1936.

Al caer el P. Alonso murió en el acto atravesado por las balas.

Al oír las detonaciones, el médico del pueblo, Dr. José Lanuza Cervera, y el juez, D. Simeón Tortajada, que estaban tomando la fresca del mes de agosto, se dijeron:

Vayamos a ver lo sucedido.

Ya se lo imaginaban. Con el auto del médico se pusieron en camino, pero a la salida del pueblo los milicianos del Control se lo impidieron. Hacia las cuatro de la mañana volvieron en su intento y no encontraron obstáculos para llegar al Palmaret, donde encontraron a dos hombres jóvenes fusilados. Les miraron la cédula personal, de cuyos datos dedujeron que eran sacerdotes y religiosos. Levantaron los cadáveres y los llevaron al cementerio de Alboraya.

Al hacer el reconocimiento de los cadáveres había buena chusma de gente curiosa, de entre la que destacaban dos mujeres rojas intentando darles con el pie y burlándose, decían:

Para esta noche ya tenemos dos bacalaos…

A lo que contestó el médico:

No los insulten, pues los muertos son dignos de respeto, cualquiera que sea su condición.

El entierro se hizo de esta manera. El Señor de la funeraria, que era de derechas, les dio una caja. Al uno le pusieron en media caja y al otro en la otra media, colocando esta sobre la otra. Pusieron dos o tres sacos encima y los cubrieron de tierra.

El enterrador, el médico y el juez tuvieron cuidado de tomar nota de todo.

Convivió con otro sacerdote que evitó delatarle, pero él se entregó
Lorenzo Insa Celma, de 61 años y natural de Calaceite (Teruel), era sacerdote operario diocesano, fue asesinado en Tortosa (Tarragona) el 2 de septiembre de 1936 y beatificado en 2013. Destinado a ser labrador, la fractura de un brazo producida al caer de una caballería le incapacitó para las tareas agrícolas. En 1888 marchó al seminario de Tortosa, en 1901 fue ordenado y se incorporó a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Durante quince años fue prefecto y administrador del seminario de Zaragoza. En 1916 marchó como rector al de Córdoba, pero ante la insistencia del arzobispo Solevila, regresa a Zaragoza en 1919, el año en que ese prelado recibió el título de cardenal. Conocía personalmente, no sólo a los alumnos, sino también a sus familiares. Promovió la revista Nuestro Apostolado para que los sacerdotes y los fieles de la archidiócesis conociesen más el Seminario y para que los seminaristas se ejercitasen con la pluma. Creó un ambiente de piedad en el Seminario con el Apostolado de la oración. Buscó los mejores profesores, no sólo competentes sino también ejemplares. Ayudaba con su propio patrimonio a los seminaristas más necesitados.

Al estallar la guerra, estaba de vacaciones en su pueblo, Calaceite (Teruel) y salió precipitadamente hacia Valdealgorfa, donde sustituyó al párroco, que se había marchado. Poco después, el comité local mandó salir del pueblo a los forasteros, por lo que Insa se fue a Tortosa, pensando que los operarios estarían en el colegio de San José. Allí encontró a milicianos que, sospechando que era sacerdote, lo maltrataron. Acudió a diversas casas donde no se atrevieron a recibirle. Enterado de que el párroco de Santiago, mosén Audí, que había sido 20 años parroco de Calaceite, estaba en un huerto del Arrabal del Jesús, convivió con él hasta que el 9 de agosto unos milicianos fueron a buscar a mosén Audí. Aunque no estaba, el sacerdote se entregó voluntariamente para evitar un registro que delataría la presencia de Insa. A Audí lo mataron ese mismo día. Insa quiso compartir su suerte, pero le disuadió la familia de su amigo. El operario decidió vivir oculto en el huerto, pero para no comprometer a la familia, el 30 de agosto decidió presentarse ante el comité, sabiendo que lo matarían. Se fue el día 31 y el 2 de septiembre lo fusilaron en Pla des Ametllers, a 7 kilómetros de Tortosa.

El padre José Vergara.José Vergara Echevarría, sacerdote profeso de los Misioneros del Sagrado Corazón nacido el 18 de junio de 1908 en Almándoz (Navarra), tenía 28 años cuando lo asesinaron el 29 de septiembre de 1936 en Pont de Ser (Serinyá, Girona). Fue beatificado el 6 de mayo de 2017 en Girona junto con los otros seis miembros de su congregación conocidos como mártires de Canet de Mar:

Un grupo de siete religiosos (los padres Antonio Arribas Hortigüela, Abundio Martín Rodríguez José Vergara Echevarría y Joseph Oriol Isern Massó, y los hermanos Gumersindo Gómez Rodrigo, Jesús Moreno Ruiz y José del Amo del Amo) anduvo durante casi dos meses por los montes, durmiendo en los bosques, soportando sin indumentaria ni calzado adecuados tormentas y ventiscas. Recorrieton unos 140 kilómetros desde Canet de Mar hasta Sant Joan Les Fonts, donde fueron detenidos el 28 de septiembre. Encerrados en la escuela tras ser interrogados, pasaron la noche en oración, vigilia de la fiesta de San Miguel, protector de su Congregación.
A las cuatro de la tarde del día 29 de septiembre, los sacaron atados y los condujeron en un autobús hasta Pont de Ser, entre Bañolas y Besalú (Gerona), donde fueron fusilados.
Uno del Comité de Sant Joan narró a la vuelta los detalles: «Primero echamos abajo a cuatro, ordenándoles colocarse de espaldas. ¿Y no se nos enfrenta uno de los tíos, negándose a dar la espalda? Y nos sale diciendo que eso era de cobardes y criminales, y que para ellos el morir por ser curas era una gloria. En esto va otro y les da la bendición. La descarga los dejó fulminados. En cuanto abatimos a aquellos cuatro, bajamos a los otros tres y, sin escuchar más monsergas, los liquidamos junto a los otros.»
Sus cuerpos fueron trasladados al día siguiente al cementerio de Seriñá.

Volvió de casa de sus padres para ser mártir con 19 años
Marcos Pérez Andrés, de 19 años y natural de Villasarracino (Palencia), era aspirante agustino en El Escorial, fue asesinado en Paracuellos de Jarama el 28 de noviembre de 1936 y beatificado en 2007. Por su corta edad y haber muerto en una de las matanzas masivas, podría pasar desapercibido, pero la imagen que aporto constata la devoción existente (probablemente en su pueblo, donde, como se ve, le han hecho un himno), y el detalle biográfico de que “tuvo que regresar a su casa por razones de familia, pero, en cuanto pudo, volvió al convento. Decía que no tenía más aspiración que vivir y morir siendo religioso“.

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