Me matáis, pero no podréis matar la religión. ¡Cristo triunfara! Entre los mártires nacidos un 26 de febrero hay un lasaliano que recordó a sus asesinos que no podrían matar la religión

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Seis mártires del siglo XX en España nacieron un 26 de febrero: un carmelita granadino, un capuchino leonés, un lasaliano castellonense, un marista burgalés, un sacerdote diocesano de Valencia y un agustino de Palencia.

En vez de viva el comunismo gritó Viva Cristo Rey

José María González Delgado, de 28 años (nacido en 1908 en Gabia Grande, Las Gabias, Granada), sacerdote carmelita de la antigua observancia, fue asesinado el 27 de julio de 1936 en Pueblonuevo del Terrible (Córdoba) y beatificado en 2013. Era maestro de seminaristas en la Casa Provincial de la Bética y Seminario Menor de Hinojosa del Duque, donde habitualmente residían más de veinte religiosos y 50 marianitos, que estaban de vacaciones al estallar la guerra. La localidad no fue ocupada por las fuerzas republicanas hasta el 27 de julio, cuando llegaron 40 hombres en camiones. Condujeron a Pueblo Nuevo a varios detenidos, entre ellos el padre González Delgado. El carmelita fue sacado a la plaza para hacerle el llamado Comité Revolucionario un juicio. Al negarse a dar vivas al Comunismo y gritar en cambio “¡Viva Cristo Rey!”, fue inmediatamente fusilado.

Ángel de la Red Pérez (padre Arcángel de Valdavida), sacerdote capuchino de 54 años (nació en 1882 en Valdavida, León), fue asesinado en Jove (Asturias) el 14 de agosto de 1936 y beatificado en 2013, con los mártires de esa matanza de Gijón, que relaté el 19 de febrero.

“¡Ánimo, Miguel, que la victoria es nuestra!”
Ildefonso Alberto Flos (hermano Luis Alberto), de 56 años (nació en 1880 en Benicarló, Castellón), era hermano de las Escuelas Cristianas, fue asesinado en su pueblo el 15 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Ingresó en el noviciado lasaliano en 1896 junto con su hermano Miguel (hermano Exuperio), también benicarlando, de 54 años. El hermano Luis Alberto era director de La Barceloneta desde 1928 y en 1933, con la Ley de Congregaciones, tuvo que cambiar para ser director de Las Corts. El 21 de julio, salió junto con los de su comunidad para Alcora (Castellón), donde al encontrar el colegio saqueado y abandonado, marchó a casa de su otro hermano (laico) en Benicarló. Un coche de milicianos fue a buscarlo pero, gracias a la presencia de su hermano, no se lo llevaron.

El 1 de agosto llegó su otro hermano lasaliano, Exuperio, que estaba en Sant Feliu de Guixols cuando estalló la guerra. Durante varios dias se dedicaron a las faenas agricolas, pensando que pasarian inadvertidos. Pero el 14 de agosto, a medianoche, un coche de milicianos paró a su puerta reclamando a “los dos frailes”. Ambos salierion de una habitación contigua y dijeron “Aqui estamos”. Los llevaron a la cárcel y al día siguiente los subieron en un coche, llevándolos a un lugar llamado Torre Fibla, hacia Vinaroz. Como el hermano Exuperio tardaba en bajar, el hermano Luis le dijo: “¡Ánimo, Miguel, que la victoria es nuestra!”. Luego dijo a los milicianos: “Vosotros me matais, pero no podréis matar la religión. ¡Cristo triunfara!”. Después, los dos hermanos gritaron juntos “¡Viva cristo Rey!”, antes de caer muertos.

Mártires de la Puerta del Cambrón, junto con el hijo de Moscardó
Julián Iglesias Bañuelos (hermano Cipriano José), marista de 43 años (nació en 1893 en Los Valcárceres, Burgos), fue asesinado el 23 de agosto de 1936 en la Puerta del Cambrón de Toledo y beatificado en 2013. Con su hermano Luis y otros ocho maristas (entre ellos un francés), más el deán de la catedral, José Polo, forma parte de los 11 beatificados entre los 80 asesinados esa madrugada en Toledo.

La matanza de Toledo la relata Jorge López Teulón, en su obra Toledo, 1936, ciudad mártir. La causa -o excusa- inmediata de los sucesos fue que, el 22 de agosto, los aviones del ejército republicano que bombardeaban el Alcázar de Toledo, erraron en su puntería matando a varios soldados de su propio ejército. Los mandos de la cárcel tenían “programado” un plan para la matanza: “No hay nada de improvisación; sólo faltaba saber cuándo”. Para cuando un grupo de agitadores se presentó a las puertas de la Prisión Provincial, ya el patio de la misma era “un hervidero. No han necesitado que nadie los empuje para solicitar venganza y nuevas muertes; o por lo menos, las mismas muertes que las causadas entre sus propias filas”.

Entre los presos amarrados de dos en dos estaban los hijos del coronel Moscardó (el protagonista de la sublevación en la ciudad, atrincherado en el Alcázar), Luis y Carmelo, que llevaban en prisión junto a su madre, María de Guzmán, desde el 25 de julio, tras la famosa llamada telefónica para amedrentar a su padre. La madre estaba en el departamento de mujeres, sin saber nada de lo que pasaba. Un miliciano decide salvar a Carmelo, que solo cuenta 16 años.
-¡Eh, camaradas! ¡Soltad a ese muchacho!
-¡Es hijo de Moscardó!
-¡No importa! ¡Tan niño, es una cobardía! ¡Anda, muchacho, vuélvete a la cárcel!
Entonces Luis Moscardó es atado a las muñecas de José Polo Benito, de 57 años. Ordenado sacerdote en 1904, fue desde el año siguiente catedrático en la Universidad Pontificia de Salamanca. Trabajó en la diócesis de Plasencia de 1911 a 1923 y desde entonces en la de Toledo. Colaborador habitual en prensa, escribió varios libros sobre temas de actualidad social y dos novelas que fueron traducidas al alemán: El falso Rembrandt y Guerra y Amor. Según resumen algunos testigos, “cabían en él todos los valores humanos y sobrenaturales”.Arrestado en los primeros días de la guerra, fue llevado a la cárcel de la Diputación, donde animaba a los presos “a ser mártires de Jesucristo, a ser siempre valientes y a reconciliarnos con Dios, en el sacramento de la confesión, por si acaso por la noche éramos sacados para el martirio”. El 25 de julio fue trasladado a la prisión de Gilitos.

Detrás de la pareja Moscardó-Polo, iba el maestro de ceremonias de la catedral, Segundo Blanco Fernández de Lara, atado con el anciano y casi ciego coadjutor de la parroquia de San Martín, Raimundo Ramírez Gutiérrez. El teniente vicario general de la diócesis, Agustín Rodríguez Rodríguez, iba con Fausto Roncero Cantero, beneficiado de la catedral y capellán del convento de Santa Clara. A Manuel Hernández Díaz-Guerra, coadjutor de Portillo, lo ataron con Feliciano Lorente Garrido, párroco de Arcicóllar y Camarenilla, quien antes de la guerra tuvo un percance con las autoridades locales: mientras leía desde el púlpito un escrito del arzobispo durante la misa, subió el alcalde, se lo arrebató de las manos y le dijo que, sin su expreso permiso, no podía leer al pueblo nada. Al estallar la guerra se refugió en el campo; pero, sabiendo que le buscaban, se entregó a las autoridades de Camarenilla, que él consideraba más razonables, quienes lo condujeron a Toledo. Gregorio Martín Paramo, capellán de San José, iba atado con Emilio López Martín, capellán mozárabe de la catedral. A Calixto Paniagua Huecas, chantre de la catedral de Cádiz, lo ataron con Antonio Arbó Delgado, beneficiado de la de Toledo. Además de estos 11 sacerdotes, había 10 hermanos maristas; faltaba uno de la comunidad, el hermano Jorge Luis, que había continuado con su tarea de cocinero en la cárcel, y al que a la hora de la matanza no reconocieron como religioso. Dijeron que les llevan al Penal de Ocaña, medio centenar de kilómetros hacia el este.

En un camión, los milicianos cargaron ametralladoras y municiones. Se dieron órdenes de apagar el alumbrado en la Puerta del Cambrón, donde las murallas al noroeste de la ciudad se abren al paseo de Recaredo y al del Cristo de la Vega, y sus alrededores. Los 80 hombres elegidos, en parejas de dos en dos y en grupos de diez, salieron de la prisión de Gilitos, rezando el rosario, en las primeras horas del 23 de agosto. Los milicianos que van por delante con linternas, al llegar a la Puerta del Cambrón, ahuyentan a los vecinos a grandes voces. Al pasar la Puerta, un grupo es conducido, por la izquierda, hacia la explanada posterior del Matadero, cercana al Puente de San Martín; y otro grupo, por la derecha, hacia la fuente del Salobre. El camión había salido una hora antes, y los de las ametralladoras ya estaban situados en la carretera frente a las murallas.
Los sacerdotes daban y recibían absoluciones. En la explanada del Matadero, José Polo se encaró con los ejecutores:
-Dios es testigo del crimen colectivo que van a consumar. Dios les pedirá cuentas. Él, en nombre de todos nosotros, les perdona.
Después se dirigió a sus compañeros y comenzaron los disparos de ametralladoras y fusiles, mientras los moribundos daban vivas a Cristo Rey y a España. Cuando fueron a rematar al deán Polo Benito, estaba rezando la recomendación del alma, y un miliciano comentó:
– Oye, este es el del sermoncito, ¿no?
Sin esperar respuesta, le partió la cabeza a culatazos:
– Que se vaya con sus sermoncitos al cielo.
En el Salobre, los presos fueron apartados de la carretera, junto al pilar del abrevadero. Los vecinos de la barriada oyeron un rumor, como de sorpresa y protesta, rápidamente acallado por los disparos.

El francés quiso ir con los demás a la muerte
El colegio de maristas de Toledo empezó a funcionar en 1903. Al comienzo de la guerra, fue invadido por 500 milicianos que dejaron ir a su casa al portero y al camarero, llevándose a la cárcel a los 11 hermanos. Informados de que el hermano Jean-Marie Gombert era francés, lo apartaron, pero él pidió ir con los demás. Cuando, después de la matanza, volvieron los milicianos a prisión, se dieron cuenta de que estaba el cocinero hermano Jorge Luis, y este no ocultó ser marista, así que lo mataron al día siguiente, 24, junto a la escalerilla de la Puerta del Cambrón, y lo enterraron con los demás. Los nombres y edades de estos 11 maristas eran: Francisco Alonso Fontaneda (hermano Eduardo María) y Ángel Ayape Remón (hermano Bruno José), de 20 años; Emiliano Busto Pérez (hermano Anacleto Luis) y Jerónimo Alonso Fernández (hermano Javier Benito), de 23; Amando Noriega Núñez (hermano Félix Amancio), de 24; Florencio Pérez Moral (hermano Evencio), de 36; Julio Múzquiz Erdozáin (hermano Julio Fermín), de 37; Luis Iglesias Bañuelos (hermano Abdón), de 41 y hermano de Julián; Lorenzo Lizasoáin Lizaso (hermano Jorge Luis), de 50; y Félix-Célestin Gombert Olympe (hermano Jean-Marie), de 63.

Vicente Pelufo Corts, de 68 años (nació en 1868 en Alzira, Valencia), capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, fue asesinado en su pueblo el 22 de septiembre de 1936 y beatificado en 2001.

Era “archivero municipal”, según el estado 1 enviado por el ayuntamiento a la Causa General. Aparece (folios 4 a 7 del expediente 13, legajo 1369) junto con más de 200 personas asesinadas en Alzira y se dice que su cuerpo fue arrojado al Júcar.

Heliodoro Merino Merino, sacerdote agustino de 35 años (nació en 1901 en La Puebla de Valdavia, Palencia), fue asesinado el 30 de noviembre de 1936 en Paracuellos y beatificado en 2007.

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