Simularon ponerlo en libertad para matarlo al día siguiente Al anciano sacerdote paúl Benito Quintano simularon ponerlo en libertad en la Cárcel de Ventas, diciéndole que al día siguiente le devolverían su dinero

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Además de un sacerdote paúl martirizado el 12 de diciembre de 1936, hay seis más nacidos en la fiesta de la Virgen de Guadalupe; entre ellos Magdalena Fradera Ferragut, asesinada junto con dos hermanas suyas (de sangre y en religión). Cuando sus familiares fueron a indagar lo sucedido con ellas, les respondió el responsable del comité de Sant Martí de Riudarenes (Girona): “No ha de quedar un solo sacerdote ni una sola monja”.

El padre Quintano.Benito Quintano Díaz, sacerdote paúl, burgalés de Lodoso y de 75 años, asesinado en Madrid y beatificado en la misma ciudad el 11 de noviembre de 2017, fue detenido el 26 de julio de 1936 en Valdemoro, adonde había ido por razones de seguridad, y encarcelado en la DGS y después en la cárcel de Ventas, donde lo soltaron el 11 de diciembre. Al día siguiente regresó para reclamar unos dineros y lo mataron, según el relato publicado por los vicencianos:

¡Pero, hombre, Padre Quintano, con un gabán a cuestas en pleno verano! Y una sonrisa anodina fue la respuesta.
Venga por aquí, que hace menos calor y está el ambiente menos enrarecido: se puede respirar. Mire, siéntese aquí. ¡Pobre! Cuénteme…
Y se sentó, pero dejó caer la cabeza, como si no pudiera continuar el esfuerzo para mantenerla tiesa, y no contaba nada.
Lo supe todo por sus compañeros el P. Teodoro Gómez y el H. Borja. Era su odisea desde Valdemoro a Madrid.
Mientras me lo contaron,, llegó el rancho. No coman de ello, les dije, que aunque no está malo, todos tienen que comer en los mismos platos, sin lavar. Luego vendrá de una fonda un individuo con bocadillos y leche, y les compraré lo que quieran, que tengo dinero suficiente; no me lo han quitado, y eso que me acaban de dar el paseo; cosa rara, pero, en fin…
Mas el camarero no vino aquella noche, y yo, inquieto y nervioso. Me volví desconsolado adonde había dejado al buen, P. Quintano, y me lo encontré comiendo un buen plato de paella.
¿Pero no le da asco? Un ¡je!, la sonrisita consabida y adentro otra pella de arroz.
Tenía lugar esta escena en los calabozos hórridos, indignos, vergonzosos, sólo explicables como mazmorras argelinas, de la Dirección General de Seguridad, calle de las Infantas, en la tarde del día 26 de julio de 1936. Al ser echada en aquel mismo día de su residencia de Valdemoro la comunidad de PP. Paúles, los tres aludidos fueron conducidos a Madrid en una camioneta escoltada por milicianos, y sin que en el camino se registrara ningún incidente lamentable, fuera del natural dolor que les hubo de producir el escuchar a otros milicianos, con los cuales se cruzaron en el camino y que iban por el resto de la comunidad, que aquella tarde iba a ser divertida—lo que dejaba en-trever sus aviesas intenciones—fueron entregados ellos a la autoridad y ésta ordenó su reclusión.
Es de notar aquí que el P. Quintano continuaba perteneciendo a la Casita de la calle de Lope de Vega en Madrid, y sólo unos días llevaba en Valdemoro, adonde se había retirado por razones de seguridad para su persona, pues a ello impulsaron los continuos sobresaltos a que estaban sometidos quienes en aquellos días luctuosos vivían en la capital, y que si se hacían duros y sumamente molestos para todos, a los de avanzada edad como el P. Quintano (75 años) les hacían la vida imposible.
El día 28 del mes de julio, el P. Quintano y sus dos compañeros fueron conducidos en coche celular a la cárcel de Ventas, considerada entonces como un mal menor y hasta como un remedio a posibles y probables fatalidades, pues horas antes a uno de los detenidos en los calabozos de la Dirección le, había dicho el mismo Director de Seguridad, en, calidad de amigo, que el único lugar seguro para él, en Madrid, era la cárcel, y que, entre todas, era preferible la de Ventas.
A los dos días, tuvo el consuelo de ver entrar en su “hotel” a los demás de la comunidad de Valdemoro; y decimos con suelo porque ya se les daba por muertos.
Pasó el verano y se echó encima el crudo invierno. El Padre Quintano continuaba en la cárcel, y mientras otros se aterían de frío, él bonitamente se abrigaba con el gabán de marras.
Pero el dichosa gabán se vengó del dueño, por no haberlo dejado descansar: convirtióse en semillero de miseria; por él corrían “los trimotores” y acampaban libremente, sin que ce les ocurriera levantar el vuelo. El pobre anciano se fue quedando sin vista y no había quien le hiciera una caridad tan necesaria y urgente. Mancomunados con el hambre, la pesadumbre y los achaques, los parásitos redujeron, al infeliz a la tercera parte de lo que era en lo físico, al entrar en la cárcel.
El 11 de diciembre de aquel año 1936 le dieron libertad, a las seis de la tarde. Durmió aquella noche en casa de una bue no mujer de antiguo por él conocida, en, la calle Valverde. Reanimado por el cuido, reposo y el buen yantar, a la tarde del día siguiente, 12, con inconsciencia senil, tan vista en aquel entonces, el P. Quintano dijo que se iba a la cárcel, a pedir que la Administración de la misma le devolviera -no sé qué dineros de que se había hecho depositaria. No le dejó marchar solo la buena señora y le acompañó hasta la plaza de Manuel Becerra; que de allá no se atrevió a pasar: a la boca del Metropolitano le estuvo esperando… y el P. Quintana no volvió.
No se eche en olvido que los alrededores de las cárceles, singularmente la de Ventas, estaban infestados de milicianos, quienes lo menos que hacían era desvalijar a los que llevaban algo para los presos, si es que no les daban, “el paseíto”. Y el P. Quintano, incauto, les diría incluso lo que le llevaba por allá. De presumir es que le dejarían cobrar y después… se cobraron, y el sórdido interés, en comandita con el odio reconcentrado y el furor diabólico, llevólos una vez más al desprecio de la vida ajena.

El relato de la beatificación aclara que no fue ocurrencia del anciano sacerdote reclamar el dinero, sino que le habían indicado en la Cárcel que lo hiciera; por tanto no fue casualidad que se topara con sus asesinos, sino que se camufló su asesinato simulando haberlo puesto en libertad:

Le dijeron que debía volver a recogerlo por la mañana. Durmió en una pensión conocida en la calle Valverde, pero como no tenía dinero para pagar, volvió al día siguiente a la cárcel a reclamar lo suyo y en las puertas de la cárcel lo mataron. La dueña de la casa donde durmió le acompañó hasta el metro de Manuel Becerra en las inmediaciones de la cárcel. Poco tuvo que costarles acabar con un anciano casi ciego y decrépito por los cuatro meses de reclusión y tormentos.

“Presentarse ante Dios limpias de cuerpo y alma”
Dos nacidos un 12 de diciembre habían sido martirizados antes que ellas: el sacerdote Ricardo Pla Espí, valenciano de Agullent y de 37 años, titular de la capilla mozárabe de la catedral de Toledo, asesinado el 30 de julio de 1936 en el paseo del Tránsito de esa ciudad (beatificado en 2007); y el lasaliano palentino (de Añoza) Sebastián Obeso Alario (hermano Honorio Sebastián), de 25 años, asesinado el 18 de septiembre en Tarragona y beatificado en la misma ciudad en 2013.

Las tres hermanas que habían profesado en la misma congregación, la de las Misioneras del Corazón de María, y que fueron asesinadas juntas el 27 de septiembre en Lloret de Mar (Girona) -y beatificadas en 2007- eran Magdalena, Rosa de Jesús y Carmen Fradera Ferragut, de 33, 35 y 40 años.

Se habían acogido a la casa paterna en Sant Martí de Riudarenes (Girona) con normalidad, continuando sus rezos y trabajando en las labores agrícolas, hasta que el 25 de septiembre se presentaron unos milicianos para realizar un registro y llevarse en dinero “una contribución para la guerra”. El 27 volvieron de madrugada a buscarlas, en nombre del Comité de Gerona, para prestar declaración. Los padres y hermanos se resistieron, pero las religiosas dijeron: “Si vienen por nosotras, ¡abridles!, estamos dispuestas a morir por Cristo”. Rezaron y se asearon porque, según dijo la menor Magdalena, “para presentarse ante Dios hemos de ir limpias de cuerpo y de alma. No nos engañáis, vamos contentas a dar la sangre por nuestro Dios”.

Las llevaron en un taxi a un bosque de encinas llamado Els Hostalets, en Lloret de Mar (Girona) y allí después de numerosas vejaciones y brutalidades, pero defendiendo y conservando su fidelidad a Dios y su virginidad las mataron a tiros de fusil y de pistola. Cuando los familiares de presentaron ante el presidente del comité para preguntar por el paradero de las hermanas, les respondió: “No ha de quedar un solo sacerdote ni una sola monja. Marchaos a vuestra casa, de lo contrario no respondo de lo que va a suceder”.

Los otros tres nacidos un 12 de diciembre son: el hermano de las Escuelas Cristianas Arsenio Merino Miguel (hermano Augusto María), palentino de Cebrián de Mudá y de casi 42 años, asesinado el 29 de octubre de 1936 en El Catllar (Tarragona) y beatificado en 2013; el sacerdote agustino Mariano Revilla Rico, de 49 años y también palentino (de Buenavista de Valdavia), asesinado en Paracuellos de Jarama el 30 de noviembre (beatificado en 2007); y su compañero de orden y sacerdote Miguel Cerezal Calvo, de 65 años, natural de Palencia, y fusilado en el mismo lugar.

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