Con el cuerpo destrozado, perdonó a sus asesinos y les besó las manos Antes de morir de resultas de las torturas, Bartolomé Rodríguez, párroco de Munera (Albacete), besó las manos de sus asesinos

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Hay 32 mártires del siglo XX del 29 de julio: 31 asesinados el miércoles 29 de julio de 1936 y uno dos años más tarde, todos religiosos menos un laico y dos sacerdotes seculares. El grupo más numeroso es el de los 12 carmelitas de la antigua observancia de Tárrega asesinados en Cervera (Lérida); seguidos por siete dominicos de Calanda (Teruel) junto con el coadjutor de esa localidad; en la provincia de Barcelona fueron ejecutados un lasaliano francés, un sacerdote claretiano y el hermano hospitalario Juan Bautista Egozcuezábal Aldaz; en Tarragona un claretiano; en Valencia un salesiano  y el coadjutor de Ibi (Alicante); el párroco de Munera (Albacete); y en Madrid tres maristas con un amigo laico. El mártir del 29 de julio de 1938 es el lasaliano ilerdanense Francesc Salla.
Al arreciar el anticlericalismo, se ofreció a volver a España sustituyendo a otro
Hermano Louis de JesúsEn Barcelona, los Hermanos de las Escuelas Cristianas perdieron ese día al hermano de nacionalidad francesa Joseph-Louis Marcou Pecalvel (hermano Louis de Jésus), de 54 años, natural de Peyrégoux (Albi) y beatificado en 2007. Había vivido en España desde 1907, con un paréntesis durante la Primera Guerra Mundial, cuando sirvió en el ejército francés. En 1930,volvió a Francia, pero tres años más tarde, al empeorar la situación, se ofreció a sustituir a algún hermano, y fue destinado al colegio de Josepets, el segundo que los lasalianos tenían en el barrio de Gràcia, abierto en 1912 (el otro, que llevaba el nombre del barrio, se había fundado en 1892). El 19 de julio, al dispersarse la comunidad, el hermano Louis se refugió en casa del doctor Turó, amigo del colegio. Al día siguiente volvió al colegio y pudo retirar la Eucaristía, la llevó a la iglesia y la entregó al sacerdote. Se celebró la última misa y consumieron todas las formas consagradas para evitar profanaciones. El hermano Louis fiado de su nacionalidad, se atrevió a hacer otras visitas al colegio para retirar algunas cosas que podían ser útiles a los hermanos. El 29 de julio, a las 4 de la tarde, se despidió diciendo que iba al Consulado francés a recoger el pasaporte. Pero no llegó, ya que entró en el colegio y alguien le estaba esperando. Algunos vecinos dijeron que más tarde sacaron un cuerpo en una camilla.

Nada me importa morir, si Dios lo quiere

El beato Cándido Casals.También en Barcelona martirizaron ese día al sacerdote claretiano Cándido Casals Sunyer, de 38 años (había nacido en La Nou, Barcelona, el 22 de agosto de 1897), que fue beatificado en la ciudad condal el 21 de octubre de 2017. Era el superior de la casa de Gràcia y desde el 19 de julio logró colocar a sus habitantes en casas de familias. El relato de la beatificación sugiere que fue torturado y asesinado junto con el hermano lasaliano recién mencionado:

El día 19 de julio de 1936 cuidó de que todos, excepto los enfermos atendidos por el P. Provincial y P. Montaner, salieran del convento a las familias asignadas de antemano a cada uno como refugio. A última hora, a instancias del P. Provincial P. Goñi, salió de la casa provincial ya en ruinas y se dirigió, bajo un tiroteo realizado desde varios puntos, a la casa de unos amigos, la familia Casal, que proveía de pescado a la comunidad. Durante el trayecto salvó la vida de milagro, ya que había fusileros apostados y dispuestos a disparar a los transeúntes sospechosos. La llegada de la guardia civil montada creó un poco de confusión y el Padre pudo pasar inadvertido. De esta manera siguió su camino aunque no faltaron los disparos realizados desde varios lugares, que providencialmente no le alcanzaron. Así pudo llegar a la casa de sus amigos.

Allí pasó la noche, pero no se acostó ni durmió pensando en los enfermos que habían quedado en la casa. Más aún, su amargura se acentuó al ver desde la casa las llamas que consumían la casa y la iglesia. Varias veces quiso volver al convento para ayudar a los suyos, pero sus amigos le disuadieron de tal propósito y él respondía: Nada me importa el morir, si Dios lo quiere.

Al día siguiente por la mañana, para evitar las molestias de un registro a sus amigos, demostrando la nobleza de su corazón, salió de casa acompañado por dos hijos de la familia para instalarse en casa de unos primos suyos. Mientras el Padre y sus acompañantes bajaban por la escalera, los milicianos subían en el ascensor para llevar a cabo el temido y terrible registro.

Con sus parientes estuvo hasta el día 25 de julio dando muestras de tranquilidad y de conformación a la voluntad de Dios. Por su condición de sacerdote aceptaba la muerte. Al parecer en estos días intentó trasladarse a Francia, para lo cual se dirigió al Consulado francés a fin de obtener el pasaporte, pero no lo consiguió. Por la noche del día 25 fue donde otro primo, médico, el Dr. Sunyer.

El día 27, como otras veces anteriores, fue a visitar a unos sobrinos suyos, que estaban de pupilo en otra casa en Barcelona. La casa estaba rodeada de milicianos por dos salesianos, allí hospedados y atrapados en otra calle, y las patrullas marxistas estaban registrando la casa. El Padre, sin darse cuenta de la situación, subió la escalera y al entrar le reconocieron el aire de sacerdote. En efecto, un miliciano le quitó la boina y vió la coronilla y le dijo:

Tú eres cura.
Sí lo soy, respondió el Padre.
Entones los milicianos reconvinieron a la dueña de la pensión

¿También coronillas en casa?

Por las indagaciones llegaron a saber que era el superior de la casa del P. Claret, donde, según ellos, se habían resistido, por lo cual se lo llevaron a base de culatazos y la consabida sarta de blasfemias e insultos, y le detuvieron junto con otros tres salesianos, los dos que estaban allí y otro que llegó en esa hora. Les hicieron subir a un camión, también entre golpes, que presenciaron muchos curiosos que había en la calle. Según información de un sobrino del Padre, los cuatro fueron conducidos a una checa, el sindicato de Gracia, y torturados horriblemente para arrancarles alguna declaración que fuera de interés.

Nada se sabe de la hora y lugar donde fueron ejecutados. Sus cadáveres entraron en el Clínico a las 7 de la mañana del día 28. La fotografía de su cadáver fue reconocida por los que le hospedaron. Poco después fue reconocida la fotografía de su cadáver por sus parientes en el Palacio de Justicia en que aparecía asesinado con una bala en las sienes. Se supone que fue sepultado en el cementerio de San Andrés de Palomar, pues allí también fueron enterrados los salesianos en una fosa común.

Le prometieron un salvoconducto y en lugar de dárselo, lo mataron
Jaume Mir Vime, de 46 años y natural de Ciutadilla (Lérida), era uno de los siete claretianos de la comunidad de Tarragona, tres de los cuales serían mártires. Profeso desde 1907, se ordenó sacerdote en 1915 y desde entonces fue profesor en Cervera, Solsona y Tarragona. El 17 de julio de 1936 había comenzado a predicar ejercicios a las Carmelitas de la Caridad de l’Espluga del Francolí, haciendo muchas referencias a la posibilidad del martirio, asegurando que “las escenas de dolor y heroísmo de los primeros cristianos se repetirían en nuestro tiempo”. El retiro terminó bruscamente el día 21, al aparecer centinelas en la puerta del colegio. El padre Mir, después de comer, tomó el Santísimo Sacramento y lo llevó a la casa vecina del cura. El día 22 todas las religiosas tuvieron que abandonar el Colegio. Cuatro de ellas se refugiaron en la casa del cura. El padre Mir aún les predicó algunos sermones. Esos días, pasó muchas horas en su habitación haciendo oración y leyendo la vida de Jesús. El día 27 supo que el Comité de l’Espluga del Francolí había dado salvoconductos a los religiosos Paúles. El día 28 fue a pedir uno, y se lo dieron para volver a Tarragona. Pero a medianoche los del Comité le dijeron que devolviera el pase, porque solo valía para el día en que se lo habían concedido. Al día siguiente volvió a pedir el salvoconducto y le respondieron que había que ir a Montblanc. Subió al coche del Comité. Ese mismo día 29 fue asesinado en el cerro de la Oliva de Tarragona. Llevaba consigo una reliquia de San Antonio María Claret. Su cuerpo fue enterrado en un lugar indeterminado del cementerio de Tarragona.

José Calasanz MarquésEl salesiano de Valencia era el provincial José Calasanz Marqués, de 63 años y oriundo de Azanuy (Huesca). En 1886 había conocido en Sarriá a Don Bosco, quien ya se encontraba en esa época cansado y sufriendo. Se hizo salesiano en 1890 y sacerdote en 1895. Fue secretario de Felipe Rinaldi (rector mayor de la Congregación Salesiana entre 1922 y 1931) y superior provincial en Perú y Bolivia. Regresó a España como provincial de Tarraconense. Fue capturado junto con otros Salesianos mientras llevaba a cabo un Retiro en Valencia, y asesinado de un disparo en la cabeza mientras lo llevaban en una camioneta.

No aceptó marcharse sin permiso del párroco
El coadjutor de Ibi (Alicante) se llamaba Joaquín Vilanova Camallonga, tenía 47 años y era de Ontinyent (Valencia). De niño quiso ser franciscano, pero tuvo que estudiar y trabajar de panadero hasta quedar huérfano con 14 años. Entonces pudo estudiar por libre y ordenarse sacerdote en 1920, siendo destinado a Ibi. Se dedicó al Patronato Virgen de los Desamparados para la juventud obrera, como centro catequístico y de entretenimiento. El 24 de julio de 1936 se recibió una orden del Comité revolucionario para cerrar las Iglesias y entregar las llaves, prohibiendo las funciones sagradas. Tanto el párroco como el coadjutor continuaron celebrando misa en sus domicilios, hasta que el 29 de julio se presentaron en casa del coadjutor tres milicianos armados, conminándole, de parte del Comité, a que saliese del pueblo aquella misma tarde y se trasladase a Ontinyent. Les contestó: “Para poder marcharme yo de aquí, necesito el permiso del señor cura; si él no me lo concede, no me marcharé”. Fue a la casa parroquial, y le dijo al párroco: “¿Puedo marcharme tranquilo de conciencia? ¿No pecaré, ni faltaré por marcharme?”. Obtenido el permiso se arrodilló y le dijo: “Señor cura, bendígame y si en algo le he ofendido, perdóneme. Dispuesto estoy a todo lo que Dios disponga: la muerte, el martirio, la cárcel, lo que Dios quiera”. Los milicianos de Ontinyent lo detuvieron y maltrataron hasta matarle (una mano le fue agujereada con un clavo) en un campo en el término municipal de l’Olleria (Valencia).

Rezaba jaculatorias mientras le orinaban en la boca

El párroco de Munera (Albacete) se llamaba Bartolomé Rodríguez Soria y era sacerdote desde 1918. En 1926 fue destinado a la parroquia de San Sebastián de Munera. Lo sucedido en los tres días -desde el 27- que el párroco pasó preso en la iglesia, fue publicado en 1967 por Enrique García Solana, quien citó las palabras del párroco cuando se quitó la sotana sin que se lo pidieran sus agresores:
-No tengo miedo, no. Pero así ofendéis al hombre y no al sacerdote. Así será todo menos grave ante Dios.
Los más de 30 vecinos encerrados con él “no le oyeron una sola queja, pese a que el vientre se le hinchaba apresuradamente y los huesos de la columna vertebral, desunidos por las continuas palizas, ya no le permitían andar derecho. Con menos de un metro cuadrado de espacio por persona y una ventana encristalada junto al techo, la respiración se iba haciendo difícil para todos. Entonces fue cuando don Bartolomé sintió sed y vio cómo uno de los sicarios se le orinaba en la boca. El asombro de los compañeros de cautiverio creció cuando comprobaron que aquel abrir y cerrarse de los labios de su cura, no era para lamentarse, ni para escupir la suciedad, sino un continuo repetir de sus jaculatorias más preciadas. El padre Joaquín Ferragut, sacerdote escolapio, detenido también en el mismo lugar, aunque los rojos no llegaron a conocer su identidad, habíase abierto camino entre los presos y recibido la última confesión del mártir. Al darse cuenta de que la vida se le escapaba, sin darle tiempo a sufrir un poco más, don Bartolomé pareció recuperarse un momento. Abrió de nuevo los ojos, quiso incorporarse y pretendió cubrirse las amoratadas carnes con los jirones que de la camisa le colgaban desde los hombros. Estábase preparando para realizar el acto decisivo de su inmolación. Ninguno de los presentes sospechó lo que vendría después. La emoción creció súbitamente.

Don Bartolomé, impotente para realizar todo lo que acababa de intentar, miró al cielo un instante y luego, con admirable serenidad llamó a sus verdugos. De boca en boca de los detenidos fue corriéndose la voz hasta llegar a los guardianes. Cuando terminaron de apalear a uno de los detenidos, los verdugos entraron a ver qué quería el cura.

Don Bartolomé, pese a que su vista ya debía estar muy nublada, los reconoció enseguida. Este era el que de un empujón lo tiraba al suelo y aquel que venía detrás, el que le echaba un pie al cuello para así poderle golpear más tranquilamente, impidiéndole todo movimiento.

Al verlos, al reconocerlos, pareció alegrarse el moribundo y sus ojos se llenaron de vida. No les guardaba rencor por haberle impedido despedirse de su anciana madre, ni por quitarle el colchón, ni por los golpes feroces con los que le destrozaron el cuerpo, y ni siquiera por la sucia bebida que, entre risotadas, le habían vertido en la boca poco antes. Todo eso ya lo había olvidado aquel santo varón.

Ahora quería decirles algo trascendental. No iban a ser ni los inexistentes secretos sacramentales que ellos pedían, las blasfemias con que se hubieran contentado unas horas antes. ¡Era algo más grande!, ¡algo más sublime y espiritual!

Don Bartolomé les hizo acercarse hasta poderles coger las manos. Ellos se las dieron, casi sin saber lo que hacían. Entonces, aquel hombre que moría desgarrado cruelmente, reunió todas las fuerzas que le quedaban y les dijo que les perdonaba cuanto de malo habían hecho con él, ¡que les perdonaba de todo corazón!, y después, en prueba de lo que acababa de decir, les besó emocionado las manos que seguía aprisionando cariñosamente entre las suyas.

Una vez cumplido aquel deber cristiano, se dejó caer de nuevo sobre la losa ya salpicada con su sangre (que se conserva, como puede verse en la fotografía, en la actual capilla donde reposan sus venerados restos). Mientras tuvo alientos, don Bartolomé siguió repitiendo sus jaculatorias:
-¡Por tu pasión, Jesús mío!, ¡por tu pasión!”

La comunidad de los Hermanos Maristas de Chinchón partió para Madrid el 29 de julio. Al no poder refugiarse en ninguno de los colegios maristas, porque todos hablan sido asaltados, tres religiosos y uno de sus ayudantes, laico, fueron a casa de doña Paula Aparicio, que había fundado el colegio de Chinchón con su hermana Fidela y su ahijado Alfredo de la Peña. En esa casa fueron arrestados y, el mismo día de su detención, los cuatro fueron asesinados en la Casa de Campo de Madrid. Se llamaban: Saturnino Jaunsarás Zabaleta (hermano Herminio Pascual, 24 años, navarro de Irurzun), Fermín Zabaleta Armendáriz (hermano Felipe Neri, 36 años, navarro de Artajona) y Severino Ruiz Báscones (hermano Feliciano, 51 años, oriundo de Fuencaliente de Lucio, Burgos), más el laico que les acompañaba, Julián Aguilar Martín (23 años, de Berge, Teruel).

Beato hermano Pere Magí.El hermano de las Escuelas Cristianas Francesc Salla Saltó (hermano Pere Magí), de diecinueve años, fue martirizado el 29 de julio de 1938 en Juncosa (Lérida). Había tomado el hábito en 1935 y era escolástico en Cambrils; en Tarragona estuvo detenido en el barco prisión Río Segre, pero sus padres lograron sacarlo por ser menor de edad. Estuvo nueve meses de servicio militar, pero alguien de su pueblo (Els Omellons, Lérida) lo denunció como religioso, lo que sirvió para encarcelarlo a él y a dos de sus hermanos (de familia) que fueron asesinados con él el 29 de julio.

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