La monja mártir que casi ahogó a su asesino Joaquina Rey aguirre desafía los tópicos sobre la mansedumbre, ya que cuando la llevaban a fusilar casi ahogó a su asesino

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Con la beatificación de los cuatro sacerdotes benedictinos que atendían la iglesia de Montserrat en Madrid y fueron asesinados entre el 29 de septiembre (el prior José Antón Gómez) y la nochevieja de 1936 (el monje Luis Vidaurrázaga) eran ya 1.584 los santos y beatos que dieron su vida como mártires en la España del siglo XX. Más detalles en la página oficial y en Wiki Martyres.

Además, cuatro mártires fueron asesinados el 29 de octubre de 1936: dos Hijas de la Caridad, un párroco valenciano y un lasaliano.

La monja mártir que casi ahoga a su asesino

El caso de Joaquina Rey Aguirre, mártir el 29 de octubre de 1936, desafía los tópicos sobre la mansedumbre, e incluso sobre la valentía en dar la cara. Nada hay de malo en ocultarse y huir. El mártir debe aceptar la muerte, pero ni buscarla ni, necesariamente, ir como un corderito… Para resumir su vida, he optado también por la fórmula de simular una entrevista.

La religiosa que presumía de amistades izquierdistas

Sor Joaquina, veo en la biografía escrita por Elías Fuente que, como buena bilbaína, era usted de armas tomar…
-De Begoña, para más señas (nací en víspera de la Nochebuena de 1895), o sea, que tenía 40 años cuando nos mataron.

¿Nos? ¿No iba usted sola?
-Iba con otra hija de la Caridad, Victoria Arregui Guinea, de 41 años y también vasca -aunque como los de Bilbao podemos elegir el lugar de nacimiento, ella había nacido en Castro Urdiales (Cantabria)- que como yo trabajaba en la Casa de Beneficencia de Valencia, y el sacerdote José Ruiz Bruixola, por lo que hace a los beatificados. Pero con nosotros llevaron y mataron a dos sobrinos suyos, Vicente y José María Ruiz, uno de los cuales era sacerdote, y a otros tres hombres, Antonio Bueno, Miguel Torres y Vicente Segura. Puede verlo en estos documentos sobre Gilet.

¿Cómo vivieron los primeros momentos de la Guerra?
Por dificultades familiares yo no pude ingresar como Hija de la Caridad hasta los 30 años. Hice las pruebas en el Hospital de la Princesa de Madrid. Aunque sor Victoria había ingresado en 1921 y yo cinco años más tarde, para ambas la Casa de Beneficencia de Valencia fue el primer y único destino como religiosas. Cuando los revolucionarios nos echaron, ella fue a Masalfasar, cuyo comité la expulsó del pueblo, así que yo fui a buscarla para llevarla a Foyos, donde estaba con la superiora sor Juliana en casa de la familia de otra monja, sor Encarnación.

¿Tuvieron problemas por el camino?
-Alguien empezó a decir que éramos monjas, a lo que yo respondí con toda la cara que pude echarle: “¡Dos monjas! ¿Esta infeliz? ¿No ves que ha tenido el tifus, y viene del hospital? ¡Vamos, vamos a Foyos a por abaecho!” (Bacalao en valenciano.)

¿No es cobardía no haber reconocido su condición?
-Nadie está obligado a decir la verdad a quien no merece saberla, porque no la busca sino para hacer daño injustamente. Naturalmente uno es libre de entregarse sin esconderse, pero yo había ido allí para ayudar a esa hermana religiosa, de modo que tenía que ocultar cuanto le dañara: no estaba solo mi vida en juego. En todo caso no mentí. Eso habría sido evitar el mal con otro mal. Si repasa lo que dije, verá que no negué que fuéramos religiosas y que todo lo que dije era cierto.

¿Seguían en Foios el 28 de octubre, cuando el alguacil del pueblo les comunicó la orden de presentarse en el ayuntamiento “para hacerles unas preguntas”?
-Sí, y podría sospechar, si quiere, cobardía, porque no fuimos. Muchos otros fueron mártires por obedecer órdenes así, pero una orden que es una trampa injusta tampoco hay por qué obedecerla.

¿Les sirvió de algo?
-De poco. Esa misma noche a las 22.30 llamaron unos milicianos a la puerta. Le dije a la dueña de la casa: «Rosa, ¿usted sabe que esto me huele mal?». Sor Victoria se lamentó: «¡Ahora nos matan!». Como para calmarla, le dije: «Bueno, me voy a mudar; porque esta dice que nos van a dar dos finitos». Y dándole una palmada a la propia sor Victoria: «Ponte bien chula, y vamos a ver qué quieren esos canallas».

¿No despertaron a la superiora, sor Juliana?
-No, por lo mismo que le dije antes de que no hay por qué cumplimentar una orden injusta como en ese caso era llevarse a las religiosas: al menos trataríamos de evitar que a ella se la llevaran. Uno de los milicianos advirtió que faltaba, pero otro dijo: «Deixen a la abuela, que nos va a costar molt de carregar».

¿De allí las llevaron detenidas al ayuntamiento?
-Y a medianoche nos sacaron con el sacerdote José Ruiz Bruixola, de 79 años, párroco de San Nicolás, de Valencia, y sus dos sobrinos. Siguiendo al norte hacia Sagunto, pasamos por Rafelbunyol y allí subieron a otra persona. Llegamos a Gilet, en la falda norte de sierra Calderona. Entramos en el cementerio, que tenía a su derecha una ampliación reciente, en la que se entraba por una brecha del muro antiguo. El casi octogenario sacerdote José Ruiz, que no había dejado de rezar en voz alta durante el trayecto, nos animaba, pues no en vano había sido dieciséis años confesor de las monjas vicencianas en Valencia.

¿Qué pasó en el momento de ser fusilados?
-Yo me lancé sobre un miliciano, tratando de ahogarlo, ante la sorpresa del resto. Quizá la situación podría haber dado un vuelco, pero algo me detuvo…

¿Los milicianos?
-Qué va. Ya le digo que se quedaron pasmados. Fue el anciano sacerdote, que me dijo: «¡Por Dios, sor Joaquina, que perdemos el Cielo! Mire, ya bajan los ángeles con la palma del martirio. Un instante, y para siempre seremos felices».

¿Y qué pasó?
Me calmé y, entre sollozos y de rodillas, pedí perdón al miliciano. Luego, me levanté y me uní a mis compañeros.

¿Es cierto, como dijo un testigo, que usted primero mencionó sus amistades con izquierdistas, como tratando de congraciarse con los matarifes?
—Es cierto que había hecho amistad con la mujer de Blasco Ibáñez y que antes de la guerra mi optimismo me hacía dudar de que fueran a perseguirnos, diciendo en tono irónico: ¿Quiénes serán las mártires de esta casa?

En todo caso, se lo esperara o no, está claro que llegado el momento de la persecución, supo echar mano de unos cuantos recursos.
-Quizá por eso uno de los que intervinieron dijo: «No matamos a una monja; matamos a un abogado».

¿Qué puede decirnos del cuarto mártir beatificado de ese día 29 de octubre de 1936?
-Era un lasaliano, o sea un Hermano de las Escuelas Cristianas, Arsenio Merino Miguel (hermano Augusto María), de cuarenta y un años, tomó el hábito en 1910, trabajó en Manlleu y Bonanova, con una interrupción por el servicio militar en Marruecos en 1920 y otro año de convalecencia por una pleuresía en 1931. Durante la guerra, se alojó en el hotel Nacional de Tarragona con otros tres hermanos de La Salle, hasta que los denunció una empleada y los llevaron a fusilar a las afueras de la ciudad. Durante el viaje, amparándose en la oscuridad y la lluvia, saltó del camión y se escondió. La noticia de su búsqueda se difundió, y el empleado de una masía lo denunció al comité. Cuando lo detuvieron apenas podía tenerse en pie, pero aún dijo: «¿Por qué queréis matarme si Dios ya me libró una vez de la muerte? Dejadme, soy hermano de las Escuelas Cristianas y puedo dedicarme a instruir a vuestros hijos». No obstante, lo metieron en un coche y, camino de Tarragona, lo mataron en Playa Larga (El Catllar).

Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

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