Cuantos más tiros recibía, más gritaba Viva Cristo Rey El sacerdote Diego Morata, canónigo de Almería, mientras le disparaban seguía perdonando a sus asesinos y gritando Viva Cristo Rey

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Cinco son las personas beatificadas que fueron asesinadas el miércoles 23 de septiembre de 1936: la laica Sofía Ximénez, con su hermana María de la Purificación y su hijastra María Josefa de Santa Sofía -ambas monjas vedrunas- (más su hijo disminuido, que no ha sido beatificado) en la provincia de Valencia, el prior de la provincia carmelita de la Bética, en la provincia de Córdoba y un sacerdote diocesano en Almería.

Críspulo Moyano Linares (padre Carmelo María), de 45 años, ingresó en los carmelitas de la antigua observancia en 1907 y fue ordenado sacerdote en 1914 en la basílica de San Juan de Letrán en Roma. Fue provincial de la Bética entre 1926 y 1932.

Después del asalto al convento de Hinojosa del Duque (casa provincial de la Bética) el 27 de julio, permaneció arrestado 38 días, hacinado junto con 70 personas más. Fue el sexto y último carmelita de ese convento asesinado y beatificado (en 2013). Los otros cinco lo fueron el 27 de julio -un sacerdote- el 14 de agosto (dos sacerdotes y un postulante) y el 18 (un sacerdote).

Según el testigo Juan Jurado Ruiz, «lo sacaban a hacer operaciones de limpieza pública, como barrendero y trabajos pesados, cargar sacos, regar los árboles del parque. Le golpeaban hasta hacerle sangrar. Pidió ser el último en morir para poder absolver de sus pecados a todos sus compañeros de cautiverio. Su conducta en la cárcel fue ejemplar. Y le oí decir a mi hermano que solía exigirles un perdón positivo de los enemigos».

Si no le pegamos un tiro en la boca, no se calla
Diego Morata Cano, almeriense de Vera y de 55 años, era canónigo de la catedral; fue asesinado en Almería y beatificado el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar, en la misma provincia. Según la biografía diocesana, sus asesinos lo elogiaron por su fortaleza al negarse a blasfemar:

Detenido el uno de agosto de 1936, tras sufrir los envites de la Persecución Religiosa, lo enviaron al Hospital Provincial por su pésimo estado. Al que lo cuidaba confío: «Anoche volvieron los del Comité y quisieron que blasfemara, al no conseguirlo me han emplazado para día que salga de aquí.» Para librarlo el enfermero trató de prolongar el tratamiento, pero el siervo de Dios se opuso: «Estoy en las manos de Dios que me ayudará, ¡no faltaba más! Por mucho que me hagan, el Señor me ayudará a morir, si es preciso como un cristiano.» Al día siguiente, como lo encontraron rezando el Rosario, le dispararon un tiro en el hombro. Él gritó: «¡Dios mío!, ¡Regina Martyrum!». Le dispararon en el cuello y dijo: «¡Señor, es por ti y los perdono! No saben lo que se hacen.»

Al arrastrarlo al cementerio de Almería, fue saludado con estas palabras: «¡Anda Morata, que sí no te he matado antes te voy a matar ahora!». Al amanecer, los milicianos comentaban: «Sería cura, pero era un tío con un par de pantalones. Cuantos más tiros recibía, más gritaba el muy canalla: “¡Viva Cristo Rey!” Y no pedía que le perdonáramos la vida, nos perdonaba él. Sí no le pegamos un tiro en la boca no se calla.»

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