El odio oprimió la libertad y la democracia para destruir la Iglesia en España Según el Cardenal Becciu, el odio hacia la Iglesia prevaleció y oprimió la dignidad humana y los principios de libertad y democracia


Dos mártires del siglo XX en España terminaron su pasión el 12 de noviembre de 1936: el agricultor algemesinense José Medes Ferris, de 51 años (beatificado en 2001) y su hermana cisterciense Úrsula (madre María Natividad), de 55 y beatificada en 2015, a quienes mataron junto con otros dos hermanos carmelitas, y que al morir vitorearon a Cristo Rey y al Sagrado Corazón.

En Ucrania  se conmemora hoy el martirio del obispo san Josafat Kuncewicz (1623) y en Polonia además los de los santos Benito, Juan, Mateo, Isaac y Cristiano (1003); en México el del sacerdote san Margarito Flores García (1927). En Rusia, la Iglesia ortodoxa ha glorificado como mártir de este día al protodiácono Mateo Kazarin (1942).

Beatificación en Barcelona


En la homilía de la beatificación que tuvo lugar el sábado 11 de  noviembre de 2018 en Barcelona, el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos proclamó que “estos testigos de la fe han vivido con generosidad y coraje los valores de la vida religiosa, lo que provocó el ensañamiento de sus perseguidores decididos a destruir la Iglesia en España“, en “un tiempo caracterizado por un clima de persecución de aquellos que se declaraban miembros de la Iglesia católica, fueran consagrados o fieles laicos”, los nuevos mártires “aceptaron la muerte ya que no negaron su identidad como religiosos, religiosas o laicos comprometidos. El motivo por el que los mataron fue únicamente religioso, determinado por el odio de los opresores hacia la fe y la Iglesia católica, puesta en el punto de  mira en aquel contexto histórico de las persecuciones religiosas de la primera mitad del siglo XX en España. El odio hacia la Iglesia prevaleció y oprimió la dignidad humana y los principios de libertad y democracia“.

Los mártires “vivieron la detención y la  muerte con una gran confianza en Dios y en la vida eterna”; en ellos “la Iglesia reconoce un modelo a imitar, para que los creyentes de todos los tiempos caminen más derechamente hacia aquella Jerusalén celeste donde ellos ya habitan”; “también hoy, en esta sociedad fragmentada, marcada por las divisiones y la cerrazón, el que quiere crecer y ser útil al prójimo está llamado a dar testimonio de la lógica del grano de trigo; los que quieran hacer fecunda la propia vida deben tomar decisiones en la lógica de un compromiso que requiere sacrificio sin excluir el sacrificio de su propia vida”.

Los mártires invitan a pensar en los cristianos hoy día perseguidos; por último “debemos pedir también para nosotros la valentía de la fe, de la completa fidelidad a Jesucristo, a su Iglesia, tanto en el momento de la prueba como en la vida cotidiana. Nuestro mundo, con demasiada frecuencia indiferente o inconsciente, espera de los discípulos de Cristo un testimonio inequívoco, como el de los mártires que hoy celebramos: Jesucristo está vivo. La oración y la Eucaristía son esenciales para que vivamos de su propia vida. Nuestro cariño a la Iglesia es una sola cosa con la fe. La unidad fraterna es la señal por excelencia del cristiano”.

El ejemplo de los mártires, continúa el cardenal “constituye también una denuncia silenciosa, pero más elocuente que ninguna otra, de la discriminación, del racismo y de los abusos contra la libertad religiosa que como ha comentado recientemente el Santo Padre Francisco es un bien supremo que se debe tutelar, un derecho fundamental, baluarte contra las pretensiones totalitarias”.

Tras el rezo del Ángelus el domingo 11 de noviembre de 2018 en la Plaza de San Pedro el papa Francisco recordó la beatificación de estos mártires, añadiendo: “alabemos al Señor” por su valiente testimonio y pidiendo “un aplauso para ellos”.

Al final de este artículo comento el libro de Jesús Hernández: Yo, ministro de Stalin en España.

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