El párroco de Rubí, mártir cuyas iniciativas alabó Chesterton Cuando el ayuntamiento republicano prohibió tocar las campanas, el párroco de Rubí iluminó el campanario para comunicarse con sus feligreses

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Tres mártires del siglo XX en España nacieron un 21 de junio: el párroco de Rubí (Barcelona), un claretiano gerundense y un marista burgalés.

“La comida puede esperar, pero el feligrés no”
José Guardiet Pujol, de 57 años y natural de Manlleu (Barcelona), era párroco de Rubí, fue asesinado en L’Arrabassada (Barcelona) el 3 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Ordenado en 1902, le habían oído decir unos jóvenes de Terrassa, siendo párroco del Espíritu Santo en esa localidad: “¡Rubí, Rubí, quien pudiera vivir en tu pueblo y dar por ti su sangre!”. En 1917 fue nombrado párroco en San Pedro de Rubí, donde le llamaron “el párroco de la sonrisa”, y se le conocía por la frase: “La comida puede esperar, pero el feligrés no debe”. Llegada la República, el Ayuntamiento prohibió el toque de campanas y Guardiet ideó y puso en práctica la iluminación de los ventanales del campanario con distintos colores: luz blanca para un bautizo; rosa para una boda; azul para exequias de niños, violeta para las de adultos; roja para fiestas solemnes, verde para las sencillas. La revista dirigida por Gilbert K. Chesterton se hizo eco de la iniciativa, comentando: “hemos de ser implacables con el error, aunque condescendientes y respetuosos con las personas que lo sostienen”.

Ramón Ratés, hombre de ideas opuestas a las del Dr. Guardiet, escribe en su libro Memòries d’un cafeter de noranta-sis anys (Barcelona, 1980): “Comenzada la guerra civil y tras algunos asesinatos, supe que se proponían matar al Dr. Guardiet, y por primera y única vez, de prisa y corriendo, me fui a la rectoría para ofrecerle refugio en mi casa, el lugar más seguro, porque nadie sospecharía que estuviese escondido en casa Ratés. El hombre, conmovido, me abrazó y me dio las gracias, pero rehusó el ofrecimiento”. El médico Parellada, la mañana del 19 de julio fue a buscar al párroco, para decirle que a las tres cerraban la frontera, que se marchaba y que si no se iba con él ya no tendría tiempo de marchar. El Dr. Guardiet le dio las gracias y declinó la invitación: “Mi sitio está junto a mis feligreses”, le dijo. El lunes 20 abrió la iglesia y dio la Comunión cada cuarto de hora, como hacía siempre. Al llegar la noche gente amenazadora se apostaba en torno a la parroquia.

Según el relato del vicario Josép Tintó, “un tiro a media noche fue la señal de ataque convenido. Momentos después llamaba estrepitosamente a la puerta de la casa rectoral un numeroso grupo de gente armada exigiendo las llaves del templo y la presencia del Señor Guardiet. Se presentó conmigo en la plaza; le obligaron a abrir la Iglesia y encender las luces. La mayoría de los asaltantes se mostraban cohibidos ante la serenidad y autoridad moral del Dr. Guardiet, pero, instigados por el que capitaneaba el grupo, irrumpieron atropelladamente en el templo. El Dr. Guardiet se dirigió al jefe de los asaltantes y le pidió autorización para retirar el Santísimo Sacramento a su casa. El jefe se la dio. Una vez en la rectoría miraba por una ventana preguntándose esperanzado si se limitarían sólo al saqueo, pero el ruido de apilar los bancos, las explosiones de las botellas de líquido inflamable y los primeros fogonazos de las llamas que consumían en pocos instantes la obra de muchos siglos, desvanecieron su esperanza. El Dr. Guardiet pasó ante Jesús Sacramentado en amistoso coloquio las cuatro horas que faltaban hasta el amanecer, disponiéndose para el martirio que sabía próximo. Al apuntar el nuevo día, en una de sus reacciones características que reflejan su personalidad, bajó a la plaza completamente solo con un cubo de agua con la vaga esperanza de salvar lo poco que restaba por destruir. Volvió por otro cubo una y otra vez hasta que uno de los revolucionarios que quedaba por allí, amistosamente le convenció de que en interés de todos volviera a la rectoría”.

El martes 21, el párroco fue detenido y llevado entre un griterío amenazador a la cárcel de Rubí. Allí pasó 15 días rezando y dando consuelo religioso a los demás detenidos.El 3 de agosto, a las tres de la madrugada, unos milicianos forasteros le sacaron de la cárcel y con otros dos vecinos de Rubí le llevaron a l’Arrabassada, y le asesinaron en el lugar conocido por el Pi Bessó (el pino gemelo). Según la documentación enviada por el ayuntamiento a la Causa general (legajo 1598, exp. 20, folio 9), los otros asesinados eran el aprestador de 48 años Antonio Moliner Fuster (había sido concejal) y el pintor José Grau Corominas, “elemento de derechas y cabo de Somatén”.

El beato Antonio Perich.Antonio Perich Comas,  clérigo profeso claretiano nacido el 21 de junio de 1911 en Sant Jordi Desvalls (Girona) tenía 25 años cuando lo mataron en Castellbell i el Vilar (Barcelona) el 16 de septiembre de 1936. Fue beatificado en Barcelona el 21 de octubre de 2017. Había llegado a la comunidad claretiana de Cervera (Lleida) el 10 de julio de 1936, de donde huyó 11 días más tarde, según relata la biografía de la beatificación:

El día 21 de julio de 1936, al igual que la mayor parte de la comunidad, tuvo que abandonar la casa con rumbo a Solsona, pero por circunstancias adversas tuvo que quedarse en San Ramón. Al día siguiente junto con los PP. Juan Alsina, Leache y Martija, y el Estudiante Font Not y un grupo de niños postulantes fue a Castell de Santa María.

El día 27 de ese mismo mes fue detenido en el tren cuando se dirigía a Manresa para continuar hacia su casa natal. En la cárcel siguió la misma suerte que el P. Juan Alsina continuando los rezos que les permitían. Desde la cárcel escribió a su casa una postal, al menos, informando que estaba retenido y que podían ir a verle. La respuesta por carta la debían dirigir a D. Francisco Blanch.

El 16 de septiembre de ese año 1936 fue sacado de la cárcel y fusilado junto con el P. Juan Alsina. El cadáver del Estudiante presentaba una herida de bala en el corazón y en un pulso. Todo ello demuestra que fue fusilado. Además tenía una fuerte contusión en la cabeza.

Las matanzas del 25 de septiembre de 1936 en Bilbao
Luis Huerta Lara (hermano Luis Fermín), de 31 años y oriundo de Torrecilla del Monte (Burgos), es el único beatificado (en 2013) de las 70 víctimas de las matanzas llevadas a cabo en Bilbao el 25 de septiembre de 1936 (ver artículo del 15 de abril). Él estaba en el barco-prisión Cabo Quilates.
Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

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