Almas, Señor, tantas cuantas gotas de sangre llevo en mis venas Entre los mártires nacidos un 12 de marzo se cuenta el sacerdote José Aparicio, que quería salvar tantas almas cuantas gotas de sangre tenía

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Seis mártires del siglo XX en España nacieron un 12 de marzo: un claretiano gerundense, un carmelita ilerdense, un laico almeriense, un sacerdote secular valenciano -del que procede la oración que da título a este artículo-, un minorista oscense y un dominico turolense.
El beato José Casademont.José Casademont Vila, clérigo profeso claretiano de 21 años y natural de Sant Feliu de Pallarols (Girona), fue asesinado el 26 de julio de 1936 en Lleida y beatificado en  Barcelona el 21 de octubre de  2017. Desde 1926, su vida religiosa transcurrió entre Cervera, Vic y Solsona, volviendo a finales de agosto de 1935 a Cervera para continuar los estudios de teología; allí le sorprendió la revolución; la biografía de la beatificación no aporta datos particulares de su martirio, aparte de que fue fusilado en Lleida. Con él mataron a  otros 13 clérigos y dos sacerdotes claretianos con él beatificados; de menor a mayor en edad:

Antonio Cerdá Cantavella (16 años) Javier Amargant Boada (19) Onésimo Agorreta Zabaleta, Amadeo Costa Prat y Vicente Vázquez Santos (20), Luis Hortós Tura, Senén López Cots y Teófilo Casajús Alduán (21, como Casademont), Luis Plana Rabugent, José Elcano Liberal y Pedro Caball Juncà (22), Amadeo Amalrich Rasclosa y Miguel Oscoz Arteta (24), y los sacerdotes Javier Sorribas Dot (26) y Manuel Jové Bonet (40 años).

Masacre de 74 religiosos y sacerdotes en Lleida
Jaume Perucho Fontarro (padre Silverio de San Luis Gonzaga), sacerdote carmelita descalzo de 72 años, natural de Corroncuy (Lleida), fue asesinado en la saca de la cárcel de Lleida del 20 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Esa madrugada fusilaron a 74 religiosos y sacerdotes en el cementerio de Lleida.

En la noche del 19, la cárcel estuvo a oscuras y en silencio hasta las 23.30, cuando se oyó ruido de cadenas y cerrojos, y a los milicianos entrar en las celdas leyendo nombres y atando a los presos de dos en dos por los sobacos. Los hacinaron en camiones, en grupos de cinco parejas, hacia la una de la madrugada. A la 1.15 pasaron el cementerio, llegando al cruce de las carreteras de Tarragona y Barcelona. Entonces dos centenares de milicianos les obligaron a retroceder hasta el cementerio. Los presos iban cantando el Ave maris stella, el Magníficat, vitoreaban a Cristo rey, invocaban a María. Los tiraron desde los camiones, a culatazos y empujones. Atados de dos en dos, en grupos de catorce, fueron puestos ante el muro interior del cementerio y fusilados a la luz de los focos de un camión. Cuando se oía la orden de “apunten”, los presos gritaban: “¡viva Cristo rey!, ¡Madre mía!”. Se cuenta que el padre Tomás Campo Marín, mercedario, entonó el Cantemos al amor de lo amores. Pasó un miliciano dando el tiro de gracia, pero ni se molestaron en enterrarlos. Al día siguiente los empleados del cementerio los echaron en una fosa común.

Manuel Martínez Jiménez, abogado y agricultor de 67 años, almeriense de Oria, fue asesinado el 13 de septiembre de 1936 en  Tahal y beatificado el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar (Almería).

“Tantas almas cuantas gotas de sangre llevo”
José Aparicio Sanz, de 43 años y natural de Enguera (Valencia), localidad de la que era arcipreste, fue asesinado el 29 de diciembre de 1936 en el picadero de Paterna y beatificado en 2001 (de hecho da nombre como primero de la lista a la causa de los 233 mártires valencianos de que hablamos ayer) junto con su su coadjutor Enrique Juan Requena y con el radiotelegrafista y abogado José Perpiñá Nácher.

Aparicio fue un niño precoz que aprendió a hablar antes que a andar. Ordenado en 1916, durante la epidemia de gripe de 1918 adquiere en Oliva el mote de el santet por su dedicación a la gente. Profundo devoto de la Eucaristía, no solo instaura la devoción de las 40 horas, sino que él mismo en 1922 ingresa en la Congregación Sacerdotal de Misioneros Eucarísticos. Desde 1930 es arcipreste de su pueblo natal. Para evitar interpretaciones políticas, a principios de 1936 suspende los círculos de estudio que daba para jóvenes en la parroquia, aunque no merma su petición: “¡Almas, Señor, almas! Tantas almas cuantas gotas de sangre llevo en mis venas”. Según se acerca la revolución, oculta algunos objetos de culto: “Para ser mártires hay que aceptar la muerte, sin defendernos, como venida de la voluntad de Dios”, dice. Cuando confiscan el templo, celebra misa en la antigua iglesia del convento. El 2 de agosto queman la parroquia, incluida la talla de San Miguel de 1754. Expulsado de la casa rectoral, se recluye en casa de una prima, pero no se oculta: “Quiero ser víctima con mi sotana”. El 11 de octubre le detienen y le llevan al seminario. Al día siguiente, al gobierno civil y la cárcel Modelo. Allí estuvo dos meses con su vicario. El 29 de diciembre está en cama cuando le llaman para fusilar; aún le da tiempo para pedir al franciscano fray Lorenzo que le absuelva.

Antonio Mascaró Colomina, de 23 años y oriundo de Albelda (Huesca), era religioso minorista, del colegio Sagrada Familia de Barcelona, fue asesinado el 27 de enero de 1937 (ver artículo del día del aniversario) en el cementerio de Montcada i Reixac (Barcelona) y beatificado en 2013.

José María Laguía Puerto, de 49 años y natural de Albarracín (Teruel), hermano cooperador dominico en el convento de La Felguera, fue asesinado el 2 de septiembre de 1937 en el cementerio del Salvador (Oviedo) y beatificado en 2007 (último en morir de los mártires del año 1937). Profeso desde 1909, en La Felguera atendía la escuela de párvulos. Vivió cinco meses oculto en una casa donde podía ir a misa diaria; luego fue a otro domicilio hasta que le apresaron el 30 de julio de 1937. Encarcelado en Sama de Langreo, después lo llevaron a Gijón, a la cárcel de la iglesia de los jesuitas. Obligado a trabajos en una carretera, en los primeros días de septiembre lo sacaron de la prisión con otros, lo llevaron a La Felguera y a Tudela de Veguín; de allí al cementerio del Salvador de Oviedo, donde en una fosa común apareció su cadáver con el rosario.

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