Holocausto católico: Lo mató en plena calle un antiguo monaguillo Amato en la beatificación de Gerona, calificó de holocausto católico la persecución religiosa. Al claretiano Federico Codina lo mató en la plaza mayor de Lleida un antiguo monaguillo

Cuadro del pintor Joan Torras Viver sobre los siete misioneros del Sagrado Corazón mártires beatificados el 6 de mayo de 2017.
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El domingo, tras el rezo del Regina Coeli, el papa Francisco pidió a los fieles invocar por que el martirio de los seis misioneros del Sagrado Corazón beatificados en Girona el día anterior “suscite en la Iglesia el deseo de dar con fortaleza testimonio del Evangelio de la Caridad“. En la homilía de la beatificación, el sábado 7 de mayo en Girona, el cardenal Angelo Amato se refirió a la persecución y los martirios sucedidos durante la Revolución y Guerra Civil Española como a un “holocausto católico”.

Seis mártires del siglo XX en España nacieron un 8 de mayo: un claretiano barcelonés, un lasaliano burgalés y otro palentino, un capuchino leonés, un operario diocesano de Toledo y una laica valenciana, viuda y madre de tres hijos fallecidos.

En la homilía de la beatificación de los siete misioneros del Sagrado Corazón en Girona, el cardenal Amato afirmó que la persecución contra la Iglesia en el siglo XX en España constituyó un auténtico “holocausto católico” (leer en Religión en Libertad y en Diari de Girona):

La palabra de Jesús es una palabra de amor y no de odio. En todas las partes de la tierra, ayer como hoy, el odio contra la Iglesia hace estragos en personas indefensas e inocentes, solo porque son cristianas. La sociedad humana no tiene necesidad de odio, sino de amor. Es el amor su ancla de salvación. Es la misteriosa fuerza del amor la que hace vivir y crecer a la humanidad en la paz y en la concordia. Este suceso nos hace revivir una página trágica de la historia de España, pero también una página de heroísmo cristiano. En los años treinta del siglo pasado estalló una violenta y devastadora persecución contra la Iglesia. Los católicos fueron objeto de una discriminación arbitraria e intolerante. Se prohibió el crucifijo en las escuelas, se suprimieron las congregaciones religiosas y se confiscaron sus bienes, se destruyeron edificios e iglesias, se incendiaron tesoros inestimables de espacios sacros, herencia del ingenio artístico de los siglos pasados. Por donde pasaban los milicianos, dejaban cadáveres y ruinas. Por primera vez en la historia de España, pareció prevalecer la falsa ideología de que la Iglesia fuese un peligro y no, en cambio, un precioso recurso social y cultural para el desarrollo de una nación. Se programó su eliminación no solo jurídica, sino física, matando sin piedad a obispos, sacerdotes y laicos. Se vivió un verdadero holocausto católico.

Ya el 3 de octubre de 2015, en la beatificación de cistercienses en Santander, Amato había hablado de “holocausto cristiano” (minuto 4.18):

Los mártires nacidos un 8 de mayo
El padre Federico Codina.Federico Codina Picassó,  sacerdote profeso claretiano de 48 años, había nacido en Barcelona el 8 de mayo de 1888), donde fue beatificado el 21 de octubre de 2017. Desde 1934 era superior de la comunidad claretiana de Lérida, desde donde escribía el 17 de mayo de 1936 este comentario al asalto sufrido por los franciscanos cinco días antes:

Sin novedad mayor seguimos por ahora gracias a Dios ajenos a sobresaltos de muerte como los padecidos el próximo domingo 17 por los PP. Franciscanos de esta, cuya residencia fue asaltada por una turba, con todo el aparato de pistolas apuntadas al pecho de los religiosos, etc… ¡Bendito sea Dios! Por feliz suerte nadie pierde la serenidad en Casa, confiados todos en la protección del Señor que no faltará.

La biografía de la beatificación narra cómo lo mataron en plena calle por ser sacerdote:

El día 21 de julio de 1936 hacia las 9 de la mañana se refugió en la casa de la Sra. Jaques con los otros miembros de la comunidad a donde habían ido vestidos de sotana y se llevó el copón con el Santísimo reservado. En esa casa dió la comunión al P. Baixeras, que no había celebrado la Misa todavía.

En la casa se quitaron las sotanas y después de un registro, que no dio los resultados apetecidos por los milicianos a causa de su impericia, subieron a la casa de la Sra. Rosa Puig. Comentando los sucesos que ocurrían se ofrecieron a dar su vida por Dios y por España. Todos se arrodillaron y el P. Codina les dio la bendición y la absolución general. Poco después se escondieron en la buhardilla, donde fueron atrapados fácilmente.

En la calle los prisioneros fueron divididos en dos grupos. El primero, formado por seis, sin tomarles declaración, fue llevado directa e inmediatamente a la cárcel provincial. El segundo, formado por los dirigentes, el Superior, P. Codina, y el Consultor Primero, P. Busquet. Al poco tiempo, los milicianos llevaron a los PP. Codina y Busquet de nuevo al piso, donde preguntaron a la dueña si habían estado allí, a lo que respondió afirmativamente. Después los llevaron a la Generalidad donde funcionaba el Gobierno Rojo para declarar.

Al P. Codina le sometieron a una declaración, que ciertamente no era apropiada para defenderse. Se ignora el objeto de la declaración así como el interrogatorio, pero se sabe que muy pronto le sacaron a la calle Mayor en medio de un pelotón de milicianos, que a pie le conducían a la cárcel. Cuando salían de los Pórticos Altos hacia la Plaza de la Pahería, delante del Ayuntamiento, el griterío de la gente era tan grande que los empleados del Ayuntamiento, con el Alcalde a la cabeza, salieron al balcón para ver lo que ocurría. Estos vieron que un grupo de catorce milicianos y gente del pueblo conducían a un hombre alto y delgado con las manos juntas, a quien increpaban e insultaban y en quien reconocí inmediatamente al P. Codina, que se mostraba sereno y sonriente y andando con paso mesurado, como si fuera indiferente a lo que estaba ocurriendo.

Era seguido y acosado por mucha gente, principalmente mujeres, que venían gritando:

Matadlo, matadlo, que este es un sacerdote.

Pero, al parecer, lo que provocó la muerte del P. Codina fue la denuncia de que era el Superior de San Pablo, la iglesia de los Misioneros Claretianos.

Al llegar al centro de la plaza de la Pahería se adelantó uno de los milicianos pegándole un tiro por la espalda, a unos dos metros de distancia, sin que hiciera movimiento alguno de resistencia, ni siquiera de mirar hacia atrás, cayendo al suelo. Este asesino, según voz pública, era un antiguo monaguillo del Padre [una catequista que lo conocía bien, narró que después de la liberación de la ciudad, la comunidad se instaló en su misma casa y que un día el Superior, P. Artigas volvió muy emocionado por habérsele presentado la madre del dicho antiguo monaguillo pidiéndole perdón y que interviniera por él, que estaba encarcelado]. Otro de los del grupo se acercó seguidamente disparándole un tiro de su pistola en la cabeza.

El cadáver del P. Codina fue cubierto por una piadosa mujer con cartelones de anuncio de un teatro. Pasado un buen rato, llegó un auto y sus ocupantes recogieron el cadáver y se lo llevaron. Otra mujer limpió la sangre del suelo con un cubo. Los restos mortales del P. Codina fueron enterrados en la fosa común de los mártires donde es imposible individuar los de cada uno.

Miguel Solas del Val (hermano Anselmo Pablo de las Escuelas Cristianas), de 46 años y natural de Briviesca (Burgos), fue asesinado el 30 de julio de 1936 en la madrileña Casa de Campo, y beatificado en 2013. Es uno de los mártires del grupo llamado de la Editorial Bruño (ver artículo del 21 de enero).

Miguel Francisco González-Díez González-Núñez (padre Andrés de Palazuelo), de 53 años y oriundo de Palazuelo de Torío (León), fue asesinado en la madrileña Pradera de San Isidro el 31 de julio de 1936 y beatificado en 2013. Fue el primer mártir de su orden en la guerra. En 1923 había escrito un estudio sobre los “sucesos de Limpias” (supuestas apariciones) y en 1931 unos apuntes para la historia de los capuchinos de Castilla.

Miguel Amaro Rodríguez, sacerdote operario diocesano de 53 años y natural de El Romeral (Toledo), fue asesinado en Toledo el 2 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Aquí pueden verse abundantes datos biográficos.

Isidro Muñoz Antolín (hermano Ladislao Luis de las Escuelas Cristianas), de 20 años y natural de Arconada (Palencia), fue asesinado en Valdepeñas (Ciudad Real) y beatificado en 2007 (ver artículo del 24 de enero).

La viuda que mendigaba para dar a otros más pobres

Társila Córdoba Belda
, de 75 años y oriunda de Sollana (Valencia), fue asesinada el 17 de octubre de 1936 en Algemesí (Valencia) y beatificada en 2001. Casó en 1884 con Vicente Girona Gozalbo, labrador, que murió en 1922 tras largos años de enfermedad mental, por lo que ella tenía que hacer las labores de labranza. También murieron tres de sus hijos relativamente jóvenes. Socorría a los pobres a través de las Conferencias de San Vicente de Paúl, llegando en ocasiones a dar las sábanas de su casa y dormir sin ellas y mendigando limosnas por las casas, para entregárselas a los más necesitados. Llevaba comida a los pobres, e incluso se la llevó a la mujer del jefe del comité que más tarde ordenaría su ejecución. Era de misa diaria, del Apostolado de la Oración y cofrade de Nuestra Señora del Rosario. El 22 de julio de 1936, cuando fue destruido eltemplo parroquial, se la vio llorar en diversas ocasiones, prueba de lo mucho que amaba a su parroquia. El comité de Sollana ordenó su detención el 10 de octubre y la tuvo en el convento de Mercedarios convertido en prisión hasta el día 16. Dio ejemplo de resignación y al ser trasladada junto con otros 27 detenidos a las tapias del cementerio de Algemesí les exhortó a confiar en Dios, que les recompensaría en la vida eterna.

Como puede verse en la imagen, la documentación de la Causa general (legajo 1370, expediente 1, folio 8) fecha el 10 de octubre el asesinato de 25 personas, entre las que se cuenta Társila Córdoba, asegurando que en él “tomaron parte milicianos desconocidos, seguramente de Sollana, pueblo natal de los asesinados, y los vecinos de esta localidad José Puchades Ferrer y José Torres Ripoll”, fugados, más Teodoro Gimeno Sanchis, Joaquín Castany Miravalls y Ramón Tortosa Mahiques, detenidos.

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