El mártir Narciso Basté, un patrono para la juventud obrera El jesuita Narciso Basté dirigió el Patronato de la juventud obrera de Valencia y es uno de los dos beatificados nacidos un 16 de diciembre

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Tres mártires del siglo XX en España nacieron un 16 de diciembre: Narciso Basté Basté, director del Patronato de la Juventud Obrera de Valencia, el claretiano Eusebio de las Heras Izquierdo y el laico profeso agustino José Dalmau Regás.

Patrono de la juventud obrera
Narciso Basté Basté ingresó con 24 en la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1899, haciendo la profesión perpetua en 1901. Fue director del Patronato de la Juventud Obrera en Valencia, donde lo fusilaron los revolucionarios el 15 de octubre de 1936 cuando contaba casi 70 años (es uno de los cuatro beatos de ese día). Carlos Martínez Herrer, profesor de la Universidad Católica de Valencia que hizo sobre él su tesis, me confirma que es este beato y no Narciso Sitjà, quien nació el 16 de diciembre:

“Nació Basté el 16 de diciembre de 1866 en el municipio de S. Andrés de Palomar, hoy barrio anexionado por la ciudad de Barcelona. Su padre era un próspero empresario de carros, de nombre Andrés, y su madre un ama de casa, de nombre Mercedes, que se destacaba por su ejemplaridad de vida. El niño Narciso tuvo dos hermanas, María y Teresa. Estudió el Bachillerato en el Colegio de la Congregación de Hijos de la Sagrada Familia de Jesús, María y José (los PP. de la Sagrada Familia) de su pueblo. Narciso Sitjà nació el 1 de noviembre de 1867 también en S. Andrés de Palomar. El apellido Basté es de origen francés y muy corriente en Cataluña, y concretamente en S. Andrés de Palomar hubo un “Can Basté” desde hace más de tres siglos. Posiblemente ambos beatos fueran familia, pero ese extremo no lo tengo comprobado”.

Quedó en actitud de bendecir
Narciso Sitjà Basté tenía casi 69 años cuando lo fusilaron en Barcelona el 9 de agosto de 1936: es uno de los 21 mártires beatificados de esa jornada en la que fueron martirizados algunos tan conocidos como el obipo de Barbastro, el gitano Ceferino Giménez Malla (El Pelé), o los siete hospitalarios colombianos de Ciempozuelos. Beatificado el 13 de octubre de 2013 en Tarragona, aunque no corresponda hoy su biografía por fecha de nacimiento, la mantengo porque suele dar esta fecha errónea incluso su congregación (Hijos de la Sagrada Familia), que lo describe como “sacerdote benemérito. Maestro de novicios y consultor general de San José Manyanet y de la Congregación. Fue un educador, director y consejero espiritual sin parangón. Asceta y místico, sobresalió en el ejercicio de todas las virtudes religiosas, en el ministerio de la predicación, especialmente a los religiosos y sacerdotes, en el confesionario y en la promoción de la devoción a la Sagrada Familia. Era notable poeta y compositor. Refugiado en casa de sus familiares, en donde seguía ejerciendo el ministerio sacerdotal, fue detenido y asesinado en la Riera de Sant Andreu en la madrugada del día 9 de agosto de 1936, quedando en ademán de bendecir o perdonar a sus verdugos. Sus restos mortales, debidamente identificados por sus familiares, fueron inhumados en el cementerio de Sant Andreu de Palomar”.

En cuanto a José Dalmau Regás, de 50 años y natural de Calella (Barcelona), fue asesinado el 30 de noviembre de 1936 en Paracuellos de Jarama, por tanto el día en que hasta ahora hay más beatificados tanto de la Guerra Civil (72) como en particular de Paracuellos (67 de los anteriores), y eso que todos los beatificados son de la saca de la prisión de San Antón (hubo otros fusilados de una saca de la prisión de Ventas). Es también el día con más agustinos beatificados: 51 de los 67 de Paracuellos (el resto eran siete lasalianos, siete hospitalarios y dos dominicos). Según el padre Modesto González Velasco, 54 agustinos fueron “llamados a primeras horas de la mañana. Tres de los convocados se vieron libres cuando ya estaban maniatados en los autobuses o a punto de subir. Ellos son testigos de estos momentos al salir de la prisión. Se animaban mutuamente. Los sacerdotes impartían la absolución. El padre Monedero y alguno más recibieron la noticia de ser llamados con alegría y como una buena noticia. Consideraban el martirio como una gracia especial que Dios les concedía. Realizaron el trayecto hacia Paracuellos cantando como se canta en la iglesia, según relataban algunos conductores de autobuses, al regresar a la prisión. Ante los piquetes que los fusilaron en grupos de unos diez, todos daban muestras de gran serenidad”.

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