Matanzas de Fernán Caballero y Gijón. El ferroviario Álvaro Santos Cejudo Entre los cinco mártires nacidos un 19 de febrero hay víctimas de las matanzas de Fernán Caballero y Gijón, así como un laico ferroviario

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Cinco mártires de la Revolución Española nacieron un 19 de febrero: un claretiano cacereño, un capuchino leonés -uno de los seis mártires entre un centenar de asesinados en Gijón-, un laico ferroviario manchego –Álvaro Santos Cejudo-, un dominico asturiano y una Hermana de la Caridad vasca.

En Zafra (Badajoz), la revolución también empezó en mayo de 1936
Primitivo Berrocoso Maíllo, estudiante claretiano de 23 años (nacido en 1913 en Jerte, Cáceres), fue uno de los 14 estudiantes claretianos asesinados en Fernán Caballero el 28 de julio de 1936, beatificados en 2013.

Los claretianos que estaban en Ciudad Real habían abandonado el Teologado de Zafra (Badajoz) ante las amenazas contra los 66 habitantes de ese centro, acompañadas de pedradas y mueras en el desfile del primero de mayo. El superior pidió protección al alcalde, y éste al Gobernador. El edificio quedó bajo custodia del ayuntamiento y los religiosos marcharon a Ciudad Real. El 4 de mayo estaban todos en un caserón de Ciudad Real, donde permanecieron hasta que, tras estallar la guerra, el día 23 de julio el padre provincial ordenó que se dispersaran. El 24 a mediodía, 15 hombres armados ordenaron el desalojo, para lo que el superior exigió una orden escrita del gobernador civil. Se organizó la salida, pero la impidieron mineros de Puertollano y Almadén, que pretendían tirotear, quemar o tirar al río a los religiosos. A las cuatro de la tarde, un delegado del gobernador, apellidado Carnicero, comunicó a los claretianos que quedaban presos en la casa de ejercicios aneja. Les cachearon, les quitaron todas sus pertenencias y les prohibieron siquiera asomarse a la ventana. Ante el calor sofocante, permitieron los milicianos que dos religiosos llevaran un botijo de cuarto en cuarto. Por la tarde, llevaron a sus mujeres y novias para exhibirles a los presos, y ellas se pasearon vestidas con ornamentos sagrados y tocadas con bonetes clericales.

El salvoconducto no valió para los 14 mártires
El martes 28, el gobernador extendió un salvoconducto para que todos vayan a Madrid. El primer grupo salió con el superior, padre Máximo, y don Eutiquiano, padre de tres estudiantes. Fueron a la estación del ferrocarril en taxis vigilados por milicianos. El tren llegó a las cuatro y cuarto de la tarde, con un contingente de milicianos de Puertollano hacia Madrid. Estos impidieron subir a los claretianos, de hecho pretendían matarlos y se enfrentaron por este motivo a los socialistas de Ciudad Real, que querían que decidiera al respecto la Dirección General de Seguridad. Al fin, los subieron a todos en el vagón de cola, desalojando a varias personas. Durante el trayecto, los milicianos revisaron la documentación de los religiosos y, al llegar a Fernán Caballero, dos milicianos ordenaron al maquinista no poner el tren en marcha hasta nuevo aviso. Sacaron a catorce muchachos, los colocaron entre las vías número 2 y 3, mientras les apuntaban desde la vía 1, a unos 10 metros. Se produjo una descarga, pero no todos murieron. Se dice que al caer algunos gritaron “¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva el Corazón de María!”. Los que se arrastraron hacia los vagones fueron rematados con un tiro entre ceja y ceja.

El estudiante más joven, Cándido Catalán, que no murió, se arrastró hasta la estación a pedir agua. La esposa del jefe de estación le atendió, limpiando las heridas de bala. Pidieron una ambulancia e incluso la Guardia Civil le presentó a unos sospechosos para que los identificara, negando él con la cabeza que fueran quienes le dispararon. Montado en la ambulancia, no llegó vivo a Ciudad Real. Los cadáveres quedaron cubiertos con lonas y al día siguiente unas mujeres del pueblo prestaron sábanas para envolverlos y enterrarlos en el cementerio. Los nombres y edades de los 14 beatos son: Cándido Catalán Lasala (20 años); Antonio María Orrego Fuentes y Angel Pérez Murillo (21); Jesús Aníbal Gómez Gómez (Colombiano de Tarso), Vicente Robles Gómez y Abelardo García Palacios (22 años); Melecio Pardo Llorente, Antonio Lasa Vidaurreta, Otilio del Amo Palomino, Primitivo Berrocoso Maíllo y Ángel López Martínez, de 23 años; Claudio López Martínez, de 25; Tomás Cordero Cordero, de 26 y Gabriel Barriopedro Tejedor, de 53.

La masacre del 14 de agosto de 1936 en Gijón
Ezequiel Prieto Otero (fray Eusebio de Saludes), religioso profeso capuchino de 51 años (nació en Saludes, León, en 1885, es uno de los seis beatificados (en 2013) entre el centenar de personas ejecutadas en el cementerio de Jove (Asturias). Lo sucedido en Gijón lo resume Antonio Montero en las páginas 346 a 348 de su Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939:
“En Gijón tuvo lugar a media tarde del 14 de agosto de 1936 como reacción a dos bombardeos que se hicieron ese día, un saca originada en la Casa del Pueblo, que dio lugar al fusilamiento, en el cementerio de Jove, de tres camiones de presos tomados unas horas antes de la iglesia-prisión de San José. Apenas se encuentran datos sobre esa matanza del 14 de agosto entre cuyas víctimas se han podido localizar doce eclesiásticos: los sacerdotes seculares: don Francisco Mayo Vega, don José Menéndez López y don Herminio González González; tres padres jesuitas, Nemesio González Alonso, José Antonio Yáñez González y Agustín Fernández Hernández; un padre paúl, Ricardo Atanes; y tres padres y dos hermanos capuchinos: PP. Bernardo de Visantoña, Ildefonso de Armellada, Arcángel de Valdivia, Fray Alejo de Terradillos y Fray Eusebio de Saludes. En el primer camión eran todos falangistas, en el segundo iban los doce eclesiásticos y en el tercero, presos políticos de distinta procedencia. Aunque no se sabe el número total de ejecutados la cifra ronda las 100 personas. La ejecución fue realizada dentro de las tapias del cementerio, sin que fuese posible identificar los cadáveres”. Jorge López Teulón añade que “la saca se montó como un espectáculo de masas, conducidos en pleno día en un camión descubierto, despacio entre las calles de Gijón a los gritos de la multitud contra los sacerdotes y contra la Iglesia. Conducidos al cementerio de Jove, inmediatamente todos los presos fueron puestos en filas y un piquete de marxistas los acribilló con varias ametralladoras”.
El vicenciano (sacerdote de la Congregación de la Misión) Ricardo Atanes Castro, de 61 años, había emitido sus votos en 1893 y fue ordenado sacerdote en 1899. Pasó 14 años en México predicando el evangelio a los indios mayas y otros 10 en Estados Unidos hasta volver a España en 1924. Tras 11 años en Orense, fue en 1935 a la residencia de Gijón (Asturias). Al estallar la guerra, le detuvieron, llevándole, según el relato publicado en 1937 por J.T. Lozano, “detenido a la Iglesia de la Compañía. Tendido en el suelo, enfermo, maltratado y escarnecido, estuvo allí algunos días sin ni siquiera darle de comer, hasta que por medio de las Hermanas de la cocina tuvimos que atenderle nosotros mismos, no sin acudir a toda clase de subterfugios. Había comenzado su calvario.
Poco a poco se fue agudizando más y más. Arrojadas de la cocina las Hermanas por el enorme delito de cuidar con esmero la comida de los infortunados presos, algunos días después, volvía a sufrir el hambre y el abandono. Ocasión hubo en que durante cincuenta y seis horas no se proporcionó ni un vaso de agua. En cambio, se le regalaba de día y de noche con exquisitas torturas morales y abundantes malos tratos. Otro día, insuficiente ya la Iglesia de la Compañía para contener ni aún de pie tantos detenidos, fue llevado el P. Atanes con un grupo a la Iglesia de San José. Fría de suyo y hedionda por las circunstancias higiénicas deplorables en que se les tenía, resultó para nuestro anciano un terrible calabozo. Hasta la guardia se conjuró para hacerlo más infernal. En la primera prisión habían tenido para custodiarlos carabineros y Guardias de asalto. Malos y todo, eran hombres algo educados. En San José los atormentaban más que custodiaban esbirros comunistas de los más bajos fondos sociales”. La saca, según este autor, se habría decidido porque, tras el bombardeo, “el populacho ya enfangado en todos los crímenes, irresponsable, ebrio de sangre y de venganza, con alaridos y convulsiones de epiléptico, rodeó la prisión mandando más que pidiendo la muerte de los inocentes presos”.
Los capuchinos fusilados y beatificados, además de fray Eusebio de Saludes, fueron los sacerdotes Ángel de la Red Pérez (padre Arcángel de Valdavia), de 54 años, y Joaquín Frade Eiras (padre Bernardo de Visantoña), de 58; y con 62 años el profeso Basilio González Herrero (fray Alejo de Terradillos) y el sacerdote Segundo Pérez Arias (padre Ildefonso de Armellada). El sacerdote más joven protagonizó, según Lozano, el siguiente episodio:
“Cuando los detenidos iban a ser montados en los camiones, alguien gritó:
El que sea sacerdote, que nos dé la absolución.
A lo que uno de los capuchinos, el Padre Arcángel contestó:
– Yo soy sacerdote. Hagan todos el acto de contrición, que voy a darles la absolución”.

El mártir ferroviario: “No podrán hacerme más daño que el que Dios les permita”
Álvaro Santos Cejudo, de 56 años (nació en Daimiel, Ciudad Real, en 1880), que fue hermano de las escuelas cristianas durante 8 años, luego se casó, tuvo 7 hijos y trabajó como ferroviario, fue asesinado el 17 de septiembre de 1936 en el cementerio de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), tras haber compartido prisión con los mártires de Santa Cruz de Mudela que fueron asesinados en Valdepeñas el 19 de agosto (ver post del 24 de enero).
Novicio lasaliano desde los 13 años, pasó ocho en ese instituto, dando clases a niños del barrio de Ventas en el colegio de Santa Susana de Madrid. Por dificultades familiares, tuvo que volver a la vida civil, se estableció en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), casó con María Rubio y tuvieron siete hijos antes de morir ella en 1931. Dos de sus hijas se hicieron religiosas trinitarias: “Quedó sorprendido, pues pensaba que solo una estaba decidida a irse al convento. Con los ojos en lágrimas, nos contestó: ¡Me vais a dejar solo!… bueno, sí, le ofreceré a Dios este doble sacrificio; tenéis mi permiso”. Rezaba cada día el rosario, iba a misa todos los días que podía, era adorador nocturno y defendía la religión en el ambiente ferroviario. Especialmente devoto del Sagrado Corazón, según su hija sor Natalia “entronizó su imagen en casa con una fiesta en la que participó toda la familia y algunos invitados. Cuando pasaba con el tren por la zona de Getafe, disfrutaba viendo el Monumento del Cerro de los Ángeles, lugar por el que sentía profunda veneración. Soportaba con resignación las contrariedades de la vida, diciendo: Dios lo quiere así, hágase su voluntad. Se olvidaba de sí mismo, viviendo solo para nosotras. No se quejaba nunca. Era un gran trabajador, y cuando le decían que pidiera permiso para descansar, decía: Ya descansaré en el cielo”.
Santos había estado a punto de morir en el momento de su detención, el 2 de agosto de 1936, según declaró un compañero que lo evitó:“Siendo maquinista y conduciendo un tren a Santa Cruz de Mudela, llegué hacia las tres de la tarde, y al separar la máquina del resto del tren para que le echaran el carbón, vi que frente a la carbonera había un vagón de refuerzo, y a Álvaro Santos descansando a su sombra. Su fogonero dijo a un maquinista de Madrid y a su fogonero: Ahí tenéis a un beato, católico, que no se merece vivir; entonces, el fogonero que venía con el maquinista de Madrid sacó la pistola y dijo: Aquí lo matamos. Cuando se disponía a disparar, yo le cogí la pistola, que se encasquilló, y le dije: ¿Matas a un hombre porque es católico y trabajador? ¿También os metéis en las ideas?. El fogonero respondió: Basta, si no lo matamos aquí lo entregamos al Comité, y que el Comité lo mate. El Comité mandó a varios miembros armados, quienes lo arrestaron y se lo llevaron a la cárcel”.
La acusación vertida en ese testimonio contra el fogonero de Santos es rechazada, como veremos más abajo, por sus familiares. Francisco del Campo Real, en su libro sobre el beato, no menciona al fogonero de Álvaro Santos, sino a “Julián, apodado ‘el loco’, el fogonero del ‘depósito’ de Madrid, que estaba de servicio ese día en el tren rápido, que llegó a las 14 horas a Santa Cruz de Mudela”, ante quien alguien a quien del Campo no identifica, habría acusado a Santos de que “tenía dos hijas religiosas, porque era un beato y no hacía más que oír misa”.
Al ser arrestado, Santos dijo: “¿Qué vais a hacer conmigo?, ¡Que sea lo que Dios quiera!”. Un amigo se lo comunicó a las pocas horas a su hermana “diciéndome que le llevara de comer y alguna manta y almohada, pero que no le llevara colchón”. Entre las frases del ferroviario recogidas durante su estancia en el pósito de Santa Cruz se cuenta esta: “Cuando somos bautizados se nos perdona el pecado original, pero cuando derramamos la sangre por Jesucristo, como la derramaré yo, se nos perdonan los pecados de toda la vida. Nunca seremos probados más allá de nuestras fuerzas. Dios es muy bueno. Mis enemigos no podrán nunca hacerme más daño que el que Dios les permita”.
En el pósito visitaban al ferroviario su hermana y su hijo varón -tenía dos hijas religiosas- para llevarle de comer, aunque no podían dirigirle la palabra por orden de los vigilantes.
El 17 de septiembre, cuando su hijo fue a llevarle la cena, le dijeron que lo habían trasladado a Alcázar de San Juan para tomarle declaración. Supieron que lo habían encerrado en el convento de los Trinitarios,convertido en prisión, la misma iglesia en que tantas noches había hecho la adoración nocturna. Esa misma noche lo sacaron de la iglesia para llevarlo al cementerio, donde fue fusilado. Se comentó por Alcázar que murió gritando: “¡Viva Cristo Rey!”.

La versión del fogonero
En un mensaje que me envió el 13 de marzo de 2014 un nieto del que fue fogonero de Álvaro Santos, me transcribe la versión que le dio su tía (a la que supongo hija del fogonero):
“Mi abuelo era el fogonero de Álvaro Santos, y ambos partieron con su máquina y tren hacia Santa Cruz de Mudela (no cito fechas porque, lógicamente, mi tía no iba a acordarse, sólo cito los hechos). Al llegar a la citada estación, se dispusieron a comer. Estando en ese cometido, se acercaron a ellos un grupo de milicianos preguntando por Álvaro Santos, a lo que éste les contesto: “Yo soy”. Un miliciano se dirigió a él y le indicó que les siguiera. En ese momento, mi abuelo les increpó muy enfadado, diciéndoles “No nos vais ni a dejar de comer tranquilos”. Como lo dijo en un tono bastante enojado, los milicianos se echaron atrás en sus pretensiones y se fueron. Hay que suponer que éstos, los milicianos de Santa Cruz de Mudela, habían sido avisados desde Alcázar de San Juan por el Comité Local para que detuviesen a Álvaro Santos. Como no realizaron la detención, llamaron a Alcázar indicando que no lo habían hecho, y que Álvaro Santos y mi abuelo estaban volviendo a Alcázar, por lo que les dijeron que lo detuviesen ellos cuando llegasen con la máquina y el tren. Álvaro Santos y mi abuelo regresaron con la máquina a Alcázar, y nada más llegar a la estación, se acercó a ellos un grupo de milicianos ferroviarios para proceder a su detención, le indicaron que bajara de la máquina y que fuese con ellos. Mi abuelo ya no pudo evitar lo inevitable y Álvaro fue conducido a la prisión del pueblo, donde un mes más tarde, y al día siguiente de un bombardeo nacionalista sobre la localidad, le sacarían para fusilarle, junto a otros mártires locales.
Mi abuelo nunca se señaló políticamente, y lo único que procuró fue que no le faltase de nada a su familia. Al terminar la guerra, y tras el expediente de depuración que se llevó a cabo en toda la zona que había sido republicana, fue readmitido sin ninguna traba.”


José Menéndez García
, sacerdote dominico de 48 años (nacido en 1888 en Genestosa, Tineo, Asturias), fue asesinado el 21 de octubre de 1936 con otros cuatro dominicos del convento de Montesclaros (Cantabria) en los Montes de Saja, y beatificado en 2007.

La Hermana de la Caridad Victoria Arregui Guinea, natural de Bilbao, fue asesinada el 29 de octubre de 1936 en Gilet (Valencia), junto con su compañera de congregación Joaquina Rey Aguirre, la monja que casi ahoga a su asesino. Ambas fueron beatificadas en 2013.
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