Los múltiples fusilamientos de los amigonianos de Godella Los terciarios franciscanos del noviciado de Godella (Valencia) fueron sometidos a simulacros de fusilamientos y de incendios, antes de su ejecución final

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Tres mártires de la guerra civil nacieron un 9 de marzo: una vedruna vizcaína, un amigoniano turolense -ambos martirizados en Valencia- y un coadjutor salesiano de Sevilla al que mataron en Barcelona, pero que también fue beatificado con los valencianos en 2001.

Francisca (de Santa Teresa) de Amezúa Ibaibarriaga, de 55 años y natural de Abandiano (Vizcaya), era carmelita de la Caridad de la comunidad de Cullera, fue asesinada con otras ocho compañeras vedrunas el 19 de agosto de 1936 en la playa de El Saler (ver el artículo “murieron cantando al Amor de los amores”).

Los múltiples fusilamientos de los amigonianos de Godella
Urbano Manuel Gil Sáez (fray Urbano), de 35 años y oriundo de Albarracín (Teruel), era terciario capuchino y fue asesinado el 23 de agosto de 1936 junto con otro amigoniano, el padre Florentín Pérez Romero, de 32 años, que habiendo quedado huérfano de padre fue internado en el asilo San Nicolás de Bari, de Teruel, de los terciarios capuchinos, cuyo hábito vistió desde 1919, con profesión perpetua desde 1927. En 1928 fue ordenado sacerdote por Luis Amigó Ferrer (1854-1934), que en 1889 había fundado la congregación de los Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores (amigonianos). Trabajó en Pamplona y, al estallar la guerra, estaba en la casa noviciado San José de Godella (Valencia).

Allí estaba también fray Urbano, que ingresó con su hermano Pedro, al quedar huérfanos de padre, en el mismo asilo turolense de San Nicolás. Vistió el hábito de novicio en Godella en 1917, e hizo sus primeros votos dos años más tarde. En 1926 le denegaron el permiso para hacer los estudios eclesiásticos; hizo votos perpetuos en 1928. Tras pasar por diversas fraternidades, vuelve al noviciado de San José en Godella en 1935, con permiso para iniciar la carrera sacerdotal.

Según el testimonio de Isidoro Burgos Subiela, el 22 de julio por la mañana, al terminar la misa, la casa fue invadida por milicianos que reunieron a los religiosos y les quitaron cadenas y relojes. Fray Urbano preguntó:

–Aunque sea imprudencia, ¿dónde debemos reclamar después nuestros objetos?
Por toda respuesta, enfurecidos, le hicieron callar con amenazas. Pusieron a los religiosos contra la pared, con ademán de fusilarlos. El que mandaba decía que no dejaran enfriar los cadáveres y los enterrasen todavía calientes. El padre Francisco de Ayelo, maestro de novicios, les dijo:
–Hagan el acto de contrición.
Y les dio la absolución. El padre Pérez, viendo inminente su muerte, hizo esta oración:
–¡Señor, si mi vida ha de servir para la salvación de España, desde ahora os la ofrezco!
Pero no fueron fusilados. Al tercer día, los encerraron en el coro de la iglesia, bajo el que iban almacenando colchones. Corrió la voz de que iban a quemar la iglesia. El padre Florentín, que lo supo, no pudo dominarse y, excitado tremendamente, gritaba:
¡Nos van a quemar vivos!
Hubo que calmarlo como se pudo. Después se supo que los colchones almacenados eran para dormir los milicianos. Los padres Francisco María de Ayelo de Malferit, Antonio María de Massamagrell y Florentín Pérez, con algún novicio, fueron llevados y bajados al patio central para simular su fusilamiento. Formado el pelotón de milicianos, y con las armas dispuestas a disparar, aparecieron los padres quienes mutuamente se dieron la absolución y prepararon para el martirio. También en alguna ocasión dispararon varias cargas cerradas con el fin de intimidar a los que habían quedado recluidos en celdas, después de haber bajado al patio a varios religiosos. El cuarto día -siempre según Isidoro Burgos-, el padre Tomás Sanz Poveda, el padre Florentín Pérez Romero, fray Urbano Gil Sáez y el propio Burgos, fueron llevados a Benaguasil. El padre Sanz acogió en su casa, por no tener donde ir, al padre Florentín y a fray Urbano. Hasta que un día llegaron por la mañana, para interrogar en el comité, a los dos religiosos, que ya no volvieron. Los retuvieron tres días, durante los cuales Concha Sanz les llevaba de comer: “El padre Florentín apenas comía; se encontraba muy decaído. Uno de los días, el último, cuando les llevé la cena al padre Florentín y a fray Urbano, no quisieron tomar nada de lo que les había preparado. Estaban llenos de presentimiento de que podía ser la última cena de su vida”. La mujer entonces fue a prepararles una taza de café con leche bien caliente. “Esto sí que lo tomaron. Preocupada, prontito, al día siguiente les llevé el desayuno. Ya no estaban en la cárcel”.

Según Isidoro Burgos, los sacaron de noche y la mujer del carcelero, como hacía frío, les entregó una bufanda a cada uno para que se abrigasen. Los fusilaron a la salida de la carretera de la Pobla de Vallbona a la general de Liria-Valencia; “juntamente con tres caballeros católicos de derechas: Joaquín Bonet Capella, Vicente Montón Gómez y Juan Garrido Fortea”.

Tuvo que pagar por lo que otros hicieron mal
Ángel Ramos Velázquez, de 60 años, natural de Sevilla, era artista y coadjutor salesiano de la comunidad de Sarriá (Barcelona), donde había profesado en 1897. Buscó refugio en varias pensiones, pero un antiguo alumno lo vio por la calle y lo denunció. El religioso le dijo al denunciante que si le había hecho algún daño, y el joven le dijo que se lo habían hecho otros y que él pagaría por ellos. El religioso le dijo que deseaba que Dios lo perdonara como lo perdonaba él. Se lo llevaron y no se supo más de él.

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