Alcalde socialista de Cuenca: “El obispo y su ayudante murieron como santos” Antonio Torrero, alcalde socialista de Cuenca en 1936, declaró que a Cruz Laplana lo mataron "por ser obispo, por ser sacerdote"

Facebooktwitter

Cinco mártires del siglo XX en España nacieron un 3 de mayo: un mercedario barcelonés, el obispo de Cuenca, monseñor Cruz Laplana, un sacerdote almeriense, otro capuchino valenciano y un claretiano tarraconense (que junto con otro compañero mártir, fue misionero en Guinea Ecuatorial). Jaime Codina Casellas, hermano mercedario de 35 años y natural de Aguilar de Segarra (Barcelona), fue asesinado en Estercuel (Teruel) el 5 de agosto de 1936, a apenas dos kilómetros de su convento de El Olivar, y beatificado en 2013 (ver artículo del 28 de diciembre).

En Cuenca no le odiaban, lo mataron por ser obispo
Cruz Laplana y Laguna, de 61 años y nacido en Plan (Huesca), sacerdote desde 1898, era obispo de Cuenca desde fines de 1922. Con motivo de la beatificación de Laplana, Víctor Pardo Lancina publicó el 29 de octubre de 2007 en El País un artículo titulado “El obispo combatiente”, en el que citaba la biografía del obispo publicada por Sebastián Cirac Estopañán (Vida de don Cruz Laplana, obispo de Cuenca, Barcelona, 1943) para asegurar que en las elecciones de 1936 en Cuenca, “por voluntad expresa del señor obispo fue presentado don José Antonio Primo de Rivera en la candidatura de las derechas”, y que por tanto lo que el biógrafo llama “ejercicio de cumplir con los deberes ciudadanos por Dios y por la Patria”, sería en realidad, según Pardo, “conspirar contra el Gobierno legítimo”, pues además para el general Fanjul -que aunque no llegara a publicar un bando de sublevación, apoyó a los mandos militares del Cuartel de la Montaña en su negativa a entregar armas a las milicias del Frente Popular- “el señor obispo era el consejero supremo”.

La supuesta intervención política de Laplana fue negada por el mismo Sebastián Cirac al declarar en el proceso de beatificación que “nunca en su vida intervino en política o tuvo aficiones por los partidos o caciques políticos. Su ejemplo, su preocupación y hasta su intervención, aconsejando, estuvo exclusivamente promovido por las necesidades de salvar a la Iglesia y a las almas”. Para el mismo proceso declararía el alcalde socialista de Cuenca en 1936, Antonio Torrero González: “como tal D. Cruz Laplana, no había nada contra él, como contra el otro señor; el meterse con ellos fue por ser obispo, por ser sacerdote. Yo, desde luego, puedo resaltar que el Sr. obispo, en política, huía de toda ella. La impresión en que se le tenía en Cuenca era que era buena persona, y no se le tenía odio alguno. En el Palacio no se encontró absolutamente nada, ni de cartas, ni de periódicos, ni de armas, nada que pudiera ser comprometedor para el Sr. obispo. Mi opinión sobre la muerte de los dos es que murieron como santos”.

Tras la llegada a Cuenca de las milicias anarquistas de Cipriano Mera, en la tarde del 20 de julio hizo explosión una bomba en la puerta del palacio episcopal. El 28 de julio el obispo es obligado a dejar su residencia en compañía de su mayordomo Manuel Laplana y de su familiar Fernando Español. Bajo custodia de milicianos es conducido al Seminario convertido en cárcel. Laplana y Español fueron fusilados en la carretera de Villar de Olalla (en el alto de Puente de la Sierra, kilómetro 5 de la carretera) en la madrugada del 8 de agosto. Los cadáveres quedaron abandonados en la cuneta. Fernando Español Berdié, oscense de Ardiles (1875), era sacerdote desde 1901, y prefirió ser cura de aldea a profesor del seminario hasta que Laplana le pidió que le ayudara en Cuenca. Allí fue como canónigo y familiar del obispo, del que no quiso separarse en la hora de la muerte, a pesar de que le dijeron que a él no le buscaban. Fue beatificado con el obispo en 2007.

El sacerdote Juan Garrido Requena, de 72 años y natural de Alcóntar (Almería), incardinado en la diócesis de Guadix, era capellán de las escuelas del Ave María en Granada, fue asesinado el 30 de agosto de 1936 en Enix (Almería) y beatificado el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar (Almería). Al estallar la guerra estaba en Almería, invitado por el obispo Diego Ventaja, al que acompañó al martirio. En la web de la diócesis citan este testimonio de un alumno:

«Era el que llevaba prácticamente el Colegio del Ave María del Sacromonte en Granada, aunque el padre Manjón era el director. Era una persona excelente, un llamado de Dios; daba buen ejemplo en el colegio; tenía un carácter abierto y alegre; era muy activo. Era un hombre piadoso, hacía apostolado entre los maestros y los alumnos, gozaba de fama de buena persona y era querido y estimado por niños y maestros.»

“El martirio de sangre es lo más hermoso”
Luis Valls Matamales (padre Ambrosio de Benaguacil), capuchino de 66 años, nació en Benaguasil (Valencia), fue asesinado en la capital de su provincia el 24 de agosto de 1936 y beatificado en 2001. Novicio capuchino desde 1890, fue ordenado sacerdote en 1900. Dedicado a la predicación, la confesión y la dirección espiritual. En la provincia de Valencia era tenido por uno de los predicadores más populares. Su sentida devoción a la Santísima Virgen la resumió en un librito: Historias, Novenas, Favores y Montielerías de Nuestra Señora de Montiel, venerada en su ermita de Benaguacil. Al abandonar el convento de Massamagrell (Valencia), una vez estallada la revolución, se refugió en casa de María Orts Lloris, en Vinalesa, quien declarará: “Tenía ardiente deseo de morir mártir. Mostraba gran serenidad de ánimo ante el peligro que corría. Nos decía: Rogad por mí para que no me eche atrás en el camino de la cruz; a mí me matarán, pero a vosotros no os pasará nada”. Detenido en la madrugada del 24 de agosto, en el comité del pueblo le acusaron de predicar en Benaguacil contra el comunismo, a lo que contestó: “Yo sólo he predicado la doctrina de Dios y el Evangelio”. Lo llevaron en coche y lo mataron a la altura de la casilla de los consumos, nada más salir de Valencia hacia Barcelona. Por el camino le insultaron y maltrataron. Fray Ambrosio había dicho en uno de sus sermones: “El martirio es una gracia de nuestro Señor. El martirio de sangre es lo más hermoso, es un segundo bautismo”.
Dos patronos para Guinea Ecuatorial
Pau Castellà Barberà, claretiano de 75 años, oriundo de La Selva del Camp (Tarragona), fue asesinado en Reus el 26 de octubre de 1936 junto con su compañero religioso Andreu Feliu Bartomeu, de 66 años, y ambos fueron beatificados en Tarragona en 2013. Castellà ingresó con 23 años como hermano coadjutor, en la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María, profesó en 1886 y en 1892 marchó, con 40 años, a las misiones de Fernando Poo (hoy Bioko, Guinea Ecuatorial), donde en 10 años murieron 30 misioneros claretianos, la mayoría jóvenes. Castellà estaba en 1895 en la isla de Corisco (o Mandyi), donde dos años más tarde dirigía a los braceros nativos; en 1900 estaba en Santa Isabel (hoy Malabo, capital de Bioko) y por sus dotes de mando pasó luego a San Carlos (de Luba) y María Cristina (probablemente cerca de Batete, en el suroeste de la isla). Las fiebres le obligaron a regresar a la Península en 1908. Vivió en Barbastro y desde 1921 en su localidad natal, La Selva del Camp (Tarragona).

De su mismo pueblo era Andreu Feliu, que fue monaguillo de la comunidad claretiana instalada allí desde 1868. Hasta los 17 años no dijo que quería ser misionero, y era demasiado tarde para empezar los estudios sacerdotales -según los parámetros de la época y la congregación-, de modo que lo admitieron como coadjutor, profesando en 1889. Fue sastre de la Universidad de Cervera (Lleida), más tarde de Zafra (Badajoz) y en 1903 marchó a Fernando Poo, donde también hizo de sacristán, enfermero, agricultor, encargado de limpieza, etc.

Después de 31 años, en 1934 regresó por motivos de salud y también fue a La Selva del Camp. Escondidos por un tiempo, tanto Feliu como Castellà fueron detenidos y condenados a muerte por el comité de Reus. Los mataron en la Riera de la Cuadra. Antes que ellos habían sido asesinados dos claretianos más de la comunidad de La Selva: Antoni Capdevila el 24 de julio y Sebastià Balcells el 16 de agosto.
Examinando lo sucedido en esa localidad, los mártires pueden ascender a diez u once.

Seis beatos, tres en proceso, y uno o dos olvidados
La documentación de la Causa general sobre La Selva del Camp deja claro que fue un lugar particularmente castigado por la persecución religiosa, que se cobró ocho (en realidad diez) muertos entre sus residentes:

El Estado 1 remitido por el ayuntamiento, señala a los dos claretianos (aunque a Castellá le pone como segundo apellido, incorrectamente, Jordá). Hay otros dos hijos de esta localidad beatificados como mártires: el párroco Andreu Prats y el carmelita Carles Barrufet.
SorribasAdemás, se hace referencia a tres que están en proceso de beatificación: los sacerdotes seculares Antoni Figuerola Girona y Joan Barbarà Arbós (asesinados en Reus los días 25 y 26 de septiembre), incluidos en la causa de Josep Dachs Carnè y 80 compañeros del clero de Tarragona. En el pie de la página se menciona a Xavier Sorribas Dot (en la imagen), claretiano nacido el 7 de noviembre de 1909 en Torelló (Barcelona) y asesinado el 26 de julio de 1936 en Lleida, que residía en el convento de los Misioneros del Corazón de María en La Selva del Camp, y que fue beatificado el 21 de octubre de 2017 dentro de la causa de Mateu Casals Mas y 108 claretianos más de Barcelona, Valencia y Lleida, sobre la que se hizo un proceso informativo (1949-51), que tras el cerrojazo a las causas entre 1964 y 1983 fue validado en diciembre de 1991. La positio o biografía de los candidatos a ser beatificados fue entregada a la Congregación para las Causas de los Santos en 2006.

A estos cinco beatos y dos en proceso hay que añadir otro sacerdote claretiano de 46 años, Vicente Gumá, que habría sido la primera víctima mortal de la persecución religiosa (no de la revolución, pues se cita a un falangista, Andrés Hortet, asesinado el 20 de julio) al que mataron el 21 de julio en el asalto y quema de su convento, y que “según rumores, fue quemado vivo”.
Hay que añadir dos claretianos más ya beatificados como mártires, que vivían en esa comunidad y de los que el ayuntamiento se olvida: Antonio Capdevila Balcells, el primer mártir claretiano (para ser exacto: el primero en morir de los beatificados), asesinado el 24 de julio en Vimbodí, donde las gentes piadosas guardaron piedras empapadas en su sangre, y Sebastià Balcells Tonijuan, que antes de esta persecución ya había tenido que salir huyendo dos veces del colegio claretiano de Xàtiva (Valencia).

En el Estado 2 (no residentes asesinados en la localidad) se habla de un sacerdote llamado José Barrabé, “del pueblo de Vallmoll”, asesinado en septiembre de 1936 en el “cruce de la carretera de Reus a Montblanch con la de esta villa”, que sería la undécima víctima susceptible de ser mártir, quedando al margen el falangista Andrés Hortet y el comerciante José Arbós, del que dice la Guardia Civil en el folio 43 que era “comunista”.

La documentación recoge en su último folio (61, es en realidad el más antiguo en su fecha, 19 de abril de 1939), nombres de los que fueron a asesinar al beato Pau Castellà en la casa donde estaba refugiado (el 26 de septiembre) y al sacerdote Antoni Figuerola en su casa (25 de septiembre), así como el hallazgo de un religioso muerto en su celda del convento claretiano de San Agustín: “No se ha podido saber hasta la fecha quién era” (debía ser el que el Estado 1 llama Vicente Gumá), y termina con la enigmática frase: “se supone que había otros”. La documentación que describe la persecución religiosa (folio 41), describe que “se llevó a cabo una recogida general de imágenes de los domicilios particulares, que fueron destruidas por el fuego en la plaza”.

En cambio, la documentación sobre Vallmoll no da ninguna pista no da ninguna pista sobre el sacerdote José Barrabé, es más, dice que no hubo asesinatos en esa localidad, que la persecución religiosa fue más suave porque “fue destruido el templo parroquial y la artística Capilla de la Virgen del Rosario” pero “para el cura párroco se comportaron bien” (folio 16) y prueba de ello son los informes redactados en 1943 por el responsable de la Guardia Civil, que certifica que ninguno de los dirigentes del ayuntamiento -ni el alcalde ni los concejales, a pesar de que todos eran de Esquerra Republicana, de UGT o de la CNT, y de que participaron activamente en la quema de la iglesia, destrucción de las campanas, cobro de impuesto revolucionario a las gentes de derecha- había sido procesado.

Puede suscribirse a esta lista de correo si quiere recibir en su e-mail la historia del mártir de cada día.

Puede leer la historia de los mártires en Holocausto católico (Amazon y Casa del Libro).

Facebooktwitteryoutube

2 opiniones en “Alcalde socialista de Cuenca: “El obispo y su ayudante murieron como santos” Antonio Torrero, alcalde socialista de Cuenca en 1936, declaró que a Cruz Laplana lo mataron "por ser obispo, por ser sacerdote"

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *