Persecución religiosa en España: “Han matado a un gran número de seglares” (Pío XI) Pío XI consideraba peculiar de la Revolución Española, en la encíclica Divini Redemptoris, las matanzas masivas de seglares en la persecución religiosa

Ejecutados en el Patio del Cuartel de la Montaña tras su rendición el 20 de julio de 1936.
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Continuando con la tarea de saber qué dijeron los papas sobre los mártires en la guerra de España, presento hoy la segunda intervención -esta vez aún más solemne de Pío XI: la encíclica Divini Redemptoris.

Si de la primera –la alocución Vuestra presencia, a los peregrinos-refugiados españoles presentes en Roma, a los que calificaba de mártires- he destacado aspectos que o nunca se dieron a conocer, o han sido olvidados (particularmente las referencias al bando nacional -advirtiéndole de la facilidad con que se exagera en el uso de la violencia- y al bando republicano, pidiendo que se rezara por los perseguidores y que se contara con ellos –“para que estén con nosotros”– tras la guerra), de la segunda intervención papal puede decirse que está igual de virgen en cuanto al caso que se le ha hecho. Y es que lo que Pío XI resaltaba es que la persecución se ensañó particularmente con los fieles laicos. Y lo que se ha venido resaltando hasta hoy día es precisamente lo contrario: que se ensañó con las personas consagradas. Además, criticaba el Papa lo que llamaba conspiración del silencio, ¿le habrían hecho más caso si hubiera hablado -un suponer- de un telón de acero?

Conspiración del silencio
El 19 de marzo de 1937 publicó Pío XI la encíclica Divini Redemptoris “sobre el comunismo ateo”. El Papa ponía nombre a esos perseguidores a quienes en 1936 dejó en el anonimato. En el punto 5 de la encíclica se refería Pío XI al “crecimiento amenazador de las corrientes ateas”, retrotrayéndose al momento en que regresó de “la Unión Soviética” la misión de socorro que envió en 1924, cuando, dice el Papa, “Nos condenamos el comunismo en una alocución especial dirigida al mundo entero” (Nostis qua, de 18 de diciembre).

En continuidad con ese mensaje, mencionaba Pío XI las cinco encíclicas con que “hemos levantado una solemne protesta contra las persecuciones desencadenadas en Rusia, México y España; y no se ha extinguido todavía el eco universal de las alocuciones que Nos pronunciamos el año pasado con motivo de la inauguración de la Exposición Mundial de la Prensa Católica, de la audiencia a los prófugos españoles y del radiomensaje navideño. Los mismos enemigos más encarnizados de la Iglesia, que desde Moscú dirigen esta hucha contra la civilización cristiana, atestiguan con sus ininterrumpidos ataques de palabra y de obra que el Papado, también en nuestros días, ha continuado tutelando fielmente el santuario de la religión cristiana y ha llamado la atención sobre el peligro comunista con más frecuencia y de un modo más persuasivo que cualquier otra autoridad pública terrena”.

Al denunciar la primera persecución, la republicana, a la que había dedicado la encíclica Dilectissima Nobis el 3 de junio de 1933, Pío XI no habló para nada ni del comunismo ni del martirio. En la Divini Redemptoris mencionaba a España en otros dos pasajes: en el punto 18 denominaba conspiración del silencio al hecho “de que un periodismo tan ávido de publicar y subrayar aun los más menudos incidentes cotidianos haya podido pasar en silencio durante tanto tiempo los horrores que se cometen en Rusia, en México y también en gran parte de España, y, en cambio, hable relativamente tan poco de una organización mundial tan vasta como es el comunismo moscovita”.

“Asesinados en masa por el mero hecho de ser cristianos”
El punto 20 de la Divini Redemptoris estaba dedicado íntegramente a lo que titulaba “horrores del comunismo en España”. Reconocía particularidad gravedad en la destrucción de las cosas sagradas y en la persecución contra los seglares: “También en las regiones en que, como en nuestra queridísima España, el azote comunista no ha tenido tiempo todavía para hacer sentir todos los efectos de sus teorías, se ha desencadenado, sin embargo, como para desquitarse, con una violencia más furibunda. No se ha limitado a derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le ha sido posible, ha destruido todas las iglesias, todos los conventos e incluso todo vestigio de la religión cristiana, sin reparar en el valor artístico y científico de los monumentos religiosos. El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de un modo particular a aquellos y a aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con los pobres y los obreros, sino que, además, ha matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados aún hoy día en masa, por el mero hecho de ser cristianos o al menos contrarios al ateísmo comunista. Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubieran creído posibles en nuestro siglo. Ningún individuo que tenga buen juicio, ningún hombre de Estado consciente de su responsabilidad pública, puede dejar de temblar si piensa que lo que hoy sucede en España tal vez podrá repetirse mañana en otras naciones civilizadas.”

Un inmenso trabajo por hacer
El mismo Papa había condenado el nazismo cinco días antes con la encíclica Mit brennender Sorge. A la vista de estas dos encíclicas, parece obvio que la humanidad se habría ahorrado bastantes millones de muertes violentas de haberle hecho caso. Pero ¿qué caso se le ha hecho en cuanto a dar importancia a los martirios de laicos en la guerra civil española? De los 1.528 mártires que, Dios mediante, habrán sido beatificados el próximo 13 de octubre, son laicos 62 (4%) y pertenecen al clero diocesano 170 (11%). El proporcionalmente abultado 85% que constituyen los 1.296 mártires pertenecientes a órdenes religiosas supone ya casi el 49% de los 2.661 muertos que les causó la persecución religiosa. En cambio, solo ha sido beatificado poco más del 4% del clero secular sacrificado en la misma persecución, y una parte porcentualmente insignificante de los laicos.

Lo menos que se puede constatar es que el trabajo aún por hacer –si se quiere dar por válido lo que dijo Pío XI, y en consecuencia hacerlo conocer y apreciar aunque solo sea por los católicos- es inmenso.

Que esos mártires y su Reina nos conciencien para poner un grano de arena en esa tarea.

Y al lector que haya aguantado hasta aquí, le recuerdo que puede visitar esta Enciclopedia sobre los Mártires en formato wiki.

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