Pío XI: Los mártires son de Dios, no del bando nacional El papa Pío XI aclara que los mártires son de Dios y habla de cuatro bandos en la Guerra Civil Española, en su mensaje del 14 de septiembre de 1936

Pío XI
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Al referirme a la primera, a mi entender más importante, y casi desconocida alocución papal sobre los mártires en la guerra de España, me he permitido titular con unas palabras que no son las que Pío XI utilizó, aunque sí me parece que resumen una parte capital de su interesante mensaje.

En este documento he comparado tres publicaciones: el texto íntegro de la alocución papal Vuestra presencia en italiano, disponible en la web del Vaticano, y las traducciones accesibles al castellano, en las que faltan textos a mi entender fundamentales: aquellos en los que el Papa se refiere no a los mártires, sino a la guerra.

Pío XI y los cuatro bandos de la guerra
El 14 de septiembre de 1936 tuvo lugar una audiencia del papa Pío XI a peregrinos españoles, denominados incluso en la publicación oficial del Vaticano prófugos o refugiados. Aunque las mayores referencias fueran hacia quienes eran perseguidos por causa de su fe católica, el Pontífice habla de cuatro partes, de lo que podríamos llamar cuatro bandos constituidos en torno a la guerra de España (o “los sucesos”, como con más frecuencia dice).

Tras denominar a los peregrinos “refugiados de vuestra y nuestra querida y tan atribulada España”, el Papa manifestó que su presencia despertaba en el corazón “sentimientos contrastantes y opuestos”, que le llevaban al mismo tiempo a “llorar por el íntimo y amarguísimo pesar que nos aflige” y “exultar por la suave e impetuosa alegría que nos consuela y exalta”. La paradoja, sobre todo en cuanto a la alegría, se explicaba con una cita de la carta a los Hebreos, ya que el Papa veía a los refugiados “como veía el Apóstol a los primeros mártires”, es decir como personas admirables “de las que el mundo no es digno”. De hecho, eran los refugiados los que, según el Papa, se manifestaban alegres: “Venís a decirnos vuestro gozo por haber sido considerados dignos, como los primeros Apóstoles, de sufrir pro nomine Iesu” (Hechos de los Apóstoles, 5, 41), y en concreto los “obispos y sacerdotes perseguidos e injuriados precisamente ut Ministri Christi” (por ser ministros de Cristo, cita de la Carta a los Corintios, 6, 1).

Un vez expuesta la comparación con hechos y citas evangélicas que permiten darles esa calificación, expresaba Pío XI un elogio personal acerca de quienes habían padecido esa persecución: “Es todo un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y de martirios; martirios verdaderos, con todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de ancianos venerables, de jóvenes en la primera flor, hasta la intrépida generosidad que pide un puesto en el carro junto a las víctimas que espera el verdugo”. Tales comportamientos habrían provocado la “admiración de todos” y en particular del Papa, que “abrazando con la mirada y con el corazón a vosotros y a todos vuestros compañeros de tribulación y de martirio, podemos y debemos deciros, como el Apóstol a vuestros primeros predecesores en la gloria del martirio: mi alegría y mi corona” (Filipenses, 4, 1).

En el lado negativo, se lamentaba Pío XI por lo inusitado de la violencia ejercida: “todo ha sido asaltado, arruinado, destruido de las formas más villanas y bárbaras, con el desenfreno multitudinario, jamás visto, de fuerzas salvajes y crueles que se creerían incompatibles, no digamos con la dignidad humana, pero ni siquiera con la naturaleza humana, aunque fuera la más miserable y la que más bajo hubiera caído”.

Y, precisamente en este lamento, aparece una reflexión significativa sobre el agravante que supone que todo ello suceda en una guerra civil, que el Papa presenta como algo en sí más horrible que esas matanzas y destrucciones a las que acaba de referirse, dando a entender que son cosas distintas. Es una parte del discurso que no parece haber sido traducida, o desde luego poco o nada citada. “Y por encima de ese tumulto y de ese choque de desenfrenadas violencias, a través de los incendios y los estragos, una voz lleva al mundo la noticia verdaderamente horrorosa: Los hermanos han matado a los hermanos. La guerra civil, la guerra entre los hijos del mismo país, del mismo pueblo y de la misma patria. ¡Dios mío! La guerra es siempre -siempre, incluso en las hipótesis menos tristes- una cosa tan tremenda e inhumana: el hombre que busca al hombre para matarlo, para matar el mayor número posible de ellos, para dañarle a él y a sus cosas con medios cada vez más potentes y mortíferos. ¿Qué decir cuando la guerra es entre hermanos? Se ha dicho bien que la sangre de un solo hombre derramada por su hermano es demasiado para todos los siglos y para toda la tierra; ¿qué decir en presencia de los estragos fraternos que se siguen anunciando ahora?”.

Aún más lamentable sería una guerra civil entre católicos, que eso eran los españoles para el Papa: “Y hay una fraternidad que es infinitamente más sagrada y más preciosa que la hermandad humana y patria; es aquella que une en la fraternidad de Cristo Redentor, en la filiación de la Iglesia católica, que es el Cuerpo Místico del mismo Cristo, el tesoro plenario de todos los beneficios de la Redención. Y precisamente es esta sublime fraternidad la que ha hecho la España cristiana, y ésta es la que se ha llevado y se lleva la mayor parte de los presentes sufrimientos”. A partir de este punto sí es conocido el siguiente párrafo, que vuelve a centrar la atención en el fenómeno persecutorio: “Se diría que una preparación satánica ha vuelto a encender, con mayor viveza en la vecina España, aquella llama de odio y de ferocísima persecución manifiestamente reservada a la Iglesia y a la Religión católica, como único verdadero obstáculo para la irrupción de aquellas fuerzas que ya han dado prueba y medida de sí en el conato de subversión de todos los órdenes, desde Rusia a China, desde México a Sudamérica”.

Pío XII recapitulaba los motivos de su dolor -sin repetir ya la palabra martirio, y poniendo en primer lugar la guerra civil: “por los muchos males y masacres, más en particular por tanta masacre entre hermanos, por tantas ofensas a la dignidad y a la vida cristiana, por tanto estrago para el patrimonio más sagrado y precioso de una gran nación”- para alertar acerca de lo que veía peligrar en el mundo entero y particularmente en Europa: “los tristes hechos de España dicen y predican una vez más hasta qué extremos están amenazadas las mismas bases de todo orden, de toda civilización y de toda cultura”, amenaza que “es más grave y se mantiene más viva y activa cuanto más profunda es la ignorancia y el desconocimiento de la verdad, cuando hay un verdadero y satánico odio contra Dios y contra la humanidad redimida por Él, dirigido contra la Religión y la Iglesia católica”.

Viceversa, lo mismo que quienes querían destruir la civilización dirigían un “odio privilegiado” contra la Iglesia, todo ataque contra ella era visto por Pío XI como ataque a la civilización: “donde se combate a la Iglesia y la Religión católica y su benéfica acción sobre el individuo, sobre la familia, sobre las masas, se combate en unión con las fuerzas subversivas, por las fuerzas subversivas y por su mismo fatal resultado”. En definitiva, ya que “el único verdadero obstáculo a su obra es la doctrina cristiana y la práctica coherente de la vida cristiana”, había que evitar la incoherencia de aceptar la colaboración con dichas fuerzas cuando ellas las pedían, poniendo “en guardia a todos contra la insidia con la cual los heraldos de las fuerzas subversivas tratan de dar espacio a cualquier posibilidad de acercamiento y cooperación de la parte católica”.

Hacia el final de su intervención, retomaba Pío XI la mención a los mártires -a la que añadía la de los confesores, es decir, la de quienes dan testimonio sufriente de la fe pero no mueren por ello-, al afirmar que lo sucedido era promesa de un futuro mejor: “ha añadido confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia de España, heroica adhesión que (lo sabemos con indecible consuelo) ha dado lugar a imponentes y piísimas reparaciones y a un despertar de piedad y de vida cristiana tan vasto y profundo, que representa el anuncio y el inicio de cosas mejores y de días más serenos para toda España”.

Y aquí suelen acabar las menciones a este texto, con el anuncio del Papa de que iba a dar la bendición a los presentes. Pero, según el texto oficial italiano, el Papa quiso incluir en los bendecidos a personas no presentes, “por encima de cualquier consideración política y mundana”. Y esos tres grupos, distintos de los mártires sobre cuyo ejemplo ha estado hablando, no son otros -aunque por supuesto el Papa se cuida mucho de explicitarlo- que los nacionales -o mejor dicho aquellos dentro del bando sublevado que quieren defender a la Iglesia-, la comunidad internacional -o al menos aquellos que quieren frenar la guerra civil española- y los republicanos o, para ser más exactos, aquellos que dentro del bando republicano persiguen a los católicos.

A los primeros, “cuantos han asumido el difícil y peligroso deber de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es tanto como decir los derechos y la dignidad de las conciencias, la primera condición y la base más sólida de todo bienestar humano y civil”, les advierte de la facilidad de corromperse con un uso excesivo de la fuerza o la búsqueda de otros fines: “porque demasiado fácilmente el empeño y la dificultad de la defensa la vuelven excesiva y no plenamente justificable, aparte de que no menos fácilmente intenciones no rectas e intereses egoístas o de partido se mezclan para enturbiar toda la moralidad de la acción y toda la responsabilidad”. Hacia quienes “han tratado de intervenir en nombre de la humanidad”, va el reconocimiento papal, a pesar de “constatar la ineficacia” de tales esfuerzos, pues para cuando el Papa hablaba -aunque tampoco lo mencionó-, cualquier intento de intervención activa en favor de la paz había sido sustituido por el Pacto (firmado por 27 países el 3 de septiembre: el Vaticano no lo firmó) y el Comité de No Intervención (que se reunió en Londres el día 9).

Por último, se refiere el Papa a los perseguidores y como, obviamente, no van a leerle, se refiere a lo que “nos resta por hacer a Nosotros y a vosotros: amar a estos queridos hijos y hermanos vuestros, amarlos con un amor particular, hecho de compasión y de misericordia; amarles y, no pudiendo hacer otra cosa, rezar por ellos; rezar por que vuelva a sus mentes la serena visión de la verdad y que vuelvan a abrir sus corazones al deseo y a la fraterna búsqueda del verdadero bien común; rezar para que retornen al Padre que les espera ansiosamente, y que hará una fiesta muy alegre por su regreso; rezar para que estén con nosotros cuando dentro de poco […] el arco iris de la paz aparezca en todo el cielo de España, llevando el alegre anuncio a todo vuestro grande y magnífico país de una paz, decimos, serena y segura, consoladora de todos los dolores, reparadora de todos los daños, satisfactora de todas las justas y sabias aspiraciones compatibles con el bien común, anunciadora de un un futuro de tranquilidad en el orden, de honor en la prosperidad”.

A quienes quieran colaborar conmigo en la investigación documental, les recuerdo que pueden visitar esta Enciclopedia sobre los Mártires en formato wiki.

Antes de terminar, remito a unas informaciones sobre el mártir italiano Odoardo Focherini, beatificado ayer; puesto que esta información no precisa que es mártir, vaya esta otra fuente, hebrea, que sí lo precisa. Esta crónica en italiano confirma que fue beatificado como mártir (de ahí que no haga falta milagro), como lo son todos los que han sido encarcelados por odio a la fe (como es el caso, ya que lo encarcelaron por salvar judíos, obra de caridad que hacía impulsado por la fe), aunque luego mueran por otras causas.

Me despido del amable lector que haya llegado hasta aquí, pidiendo para él y para todos la protección de los mártires y de su Reina, Santa María.

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